No lo evito. Vuelvo a entrar una y otra vez a su blog para leer la misma entrada. Ella se declara un hámster. Dice que come mucho y al final justifica que tiene que ingerir más alimentos porque las personas inteligentes necesitan saturarse, o sobresaturarse, porque el cerebro, claro, trabaja más.
Me da gracia, mucha gracia ese post. Lo leo, vuelvo sobre él, porque dice que ni su hermano la invita a comer en restaurantes, que es más barato pagarle el funeral que un almuerzo.
Pero sobre todo me río porque ella es, en verdad, un hámster. Ve comida y ya está diciendo: “¡qué rico es comer!” (sin haberla probado), no engorda ni una libra (claro, porque todo se va para su cerebro, recuerden…) y vacía un plato detrás de otro.
Aun así, cuando estuvo en mi casa, mi abuela se compadecía de su delgadez y le servía mucha comida. Ella lo ingería todo y cuando mi abuela regresaba el plato estaba lleno, pero no “todavía lleno”, porque era la segunda vez que se servía. Entonces mi inocente abuelita, pensando que ella había comido poco, le decía y repetía: “¡tú no comes nada!”
Y yo asombrada, embobada: “¡cómo que no comeeeee!” pero la inocencia es así para las personas inocentes y mi abuela no me cree que ella es un hámster, y sigue pensando que ella, pobre muchacha delgadita, no come nada.



