La primera y única vez que escribí una carta a los reyes magos yo tendría 7 u 8 años. Entonces pasábamos por lo más especial del período y mi abuela y mi tía cosían mis ropas.
Blusas, vestiditos…todo se hacía en aquellas dos máquinas de coser. Una vez mi tío llevó dos pulóveres anaranjados a casa, uno para su hijo y otro para mí. Dos iguales, pues entonces nadie miraba si el botón estaban del lado derecho o izquierdo que indican que la pieza es para hombre o mujer.
Tuve hasta una trusa roja hecha con un trozo de tela elastizada. Y otras muchas ropas creadas así, con retazos. En casa nunca me dejaron saber las interioridades de la época, si faltaba jabón o detergente, arroz o pan.
Los niños de aquellos años –al menos la mayoría- no supimos de regalos traídos por reyes magos o por algún viejo regordete vestido de rojo y blanco que atravesara el mundo en un trineo para repartir obsequios.
Mas, un día supe que la noche antes del 6 de enero se podía escribir una carta y dejarla debajo de la cama, se debía anotar lo que quisiéramos.
Tomé una hoja de libreta, un lápiz de mi mochila de ir a la escuela, y me cuidé de hacer trazos legibles en aquel papel que rompería indignada días después.
Pedí una sola cosa y lo reyes magos olvidaron pasar aquella noche por mi casa, o a St. Claus se le rompió el trineo antes de llegar, porque al otro día mi “carta” permanecía debajo de la cama. Y mi abuela no tenía ninguna saya nueva.


