En ómnibus, entre dos provincias, el viaje se hace extenso y a veces aburrido. Aquella tarde el mío resultó…grrrr
Yo iba en el asiento 4, casi de chofer iba. Detrás, justo detrás de mí, dos niños con su abuela. Los nenes eran hermanos, o primos, no sé. Solo que se iban a pasar una semana en casa de alguna prima.
No habíamos salido de la ciudad y los niños comenzaron a impresionarse –o a redimensionar su asombro- de todo cuanto veían. Y lo manifestaban con una voz que al principio pensé que era broma, pero la mantuvieron durante todo el trayecto. Era como escuchar a dos personajes de dibujos animados.
-“Mira ese parque”.
-“¡Wow!”.
-Yo quisiera estar ahí, jugando con las estatuas.
-Sí, ¡wow!
-Abuela, ¿cuándo nos vas a llevar a la piscina?
-Sí, que queremos ver si encontramos pececitos, ¡wow!
Y la voz salía –de uno u otro- como la de los muñequitos de Dora la exploradora, o Diego, o…esas caricaturas que apelan a la participación de los niños.
-¿Cuántas estatuas hay en ese parque?
-Una, dos, tres… ¡wow!
-Abuela, una adivinanza: ¿Qué es amarillo, está alto y tiene tentáculos?
-Este…no sé
-¡El Sol, abuela!
-Pero no tiene tentáculos, sino rayos…
-Wow, abuela, otra adivinanza entonces: ¿Quién es una vieja gorda y ciega?
-No sé
-¡Tú, abuela! ¡Wow!
-Pero yo no soy ciega
-¿Ah, no? ¿Y por qué usas espejuelos?
Y así durante más de cuatro horas de viaje. Yo llevaba un libro, yo llevaba música, audífonos…pero nada aplacaba aquella situación. Cuando llegamos, en la Terminal una muchacha esperaba a aquellos dos niños y a la abuela.
Yo conocía a esa joven. La saludé y solo de pensar los días que le esperaban tuve deseos de decirle: “¿Así que tú eres la prima de estos nenes? ¡Wow!”



