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Posts etiquetados ‘Santa Clara’

DSCN9398Mairelys es una de las mejores locas que conozco. Le digo loca y me pregunta por qué. Creo que se ofende, pero le explico que mi definición de loca es ser emotivas, dejarse llevar por la intuición y hacer las cosas distintas a la regla, al como la hace la mayoría. Loca y feliz.

Ella es emotiva. Pronuncia las palabras con intensidad. Es, además, muy ocurrente, tanto que se le ocurrió -por iniciativa propia, sin imposiciones departamentales de por medio- pedirme a la altura de su 2do o 3er año de carrera, que yo fuera la tutora de su Tesis de licenciatura. Lo dijo letra a letra y hasta ese momento, lo que yo tenía como sospecha pasó a ser una confirmación: esta niña es loca.

Se deja llevar por la intuición. Intuye cuándo hay buena “botella” en la carretera. (¡Vamos, a quién en su sano juicio se le ocurriría viajar a diario de Santa Clara a La Habana para ver al novio, y después que se mudaron, viajar con semejante frecuencia de Santa Clara a Jatibonico!)

Hace las cosas distintas. No se queda en el aire acondicionado de las redacciones a esperar que la noticia le caiga del cielo. No, corre micrófono en mano detrás de un funcionario para que le conceda una entrevista, o se queda a un costado de la calle para graficar los baches mientras los camiones pasan tan cerca que le echan aire…

Pero de todas sus locuras las que más adoro son las que la hacen auténtica. Es sincera, no toma decisiones pensando en quedar bien o por lo que vaya a pensar o decir alguien más. Es muy familiar y defiende la amistad.

Tal vez por eso me enfurece cuando algún sesudo la tilda de superficial porque no se ha aprendido tantos libros como él, o porque se maquilla –claro está, más que él- o cuando alguien gesticula encima de ella y le grita para tratar de imponerle un criterio… Estereotipos al fin y al cabo porque Mairelys no maquilla las palabras que dice, y los gritos no le hacen dudar de lo que cree.

Es una loca buena, de las que se merecen tener una foto pegada en los postes del alumbrado público, con un “Se busca” bien grande, porque los locos buenos no abundan por estos días.

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MejunjeDice un amigo que Santa Clara es una ciudad prostituta –o prostituida. Le pregunto por qué. Me dice que le abre las piernas a todas las modas, las tendencias, los movimientos artísticos, literarios, que acoge varios estratos sociales y que hasta tiene un adjetivo que la identifica: es tolerante.

Tolerante. Y menciona varios lugares donde la ciudad tiende –según él- a prostituirse. Señala el Mejunje, un centro cultural que desde hace más de 15 años aboga por la diversidad sexual, cultural… y donde las paredes del patio están pintadas de grafitis, y me muestra uno que dice: “no a la prostitución, sí al sexo gratis” y en la cafetería del lugar hay una escultura hermafrodita. Me pregunta si este no es suficiente ejemplo.

Habla del reparto Condado, famoso por su marginalidad, pero donde puedes ir a comprar cualquier cosa que se te ocurra. “¿Qué quieres, un pedazo de cometa, un casco de astronauta, un avión de la II Guerra Mundial?, me dice, ¡pues ve al Condado!”

Sigue, y menciona el malecón. Sí, porque Santa Clara es la única ciudad de este país que no tiene mar, ¡pero tiene malecón! Y el “malecón” en cuestión es el muro que colinda con el teatro principal, y donde se reúnen muchos jóvenes a tocar guitarra, fumar, conversar, y llamarle malecón a ese espacio que queda a más de 50 kilómetros del mar.

Me expone además, que en esta ciudad vienen escritores a buscar sus “musas” y cantantes a decir que como este público hay pocos… ¿nunca te has preguntado qué pasa? –me cuestiona- y me cita un caso más sustancial para él: imagínate que a los integrantes del equipo provincial de beisbol los hospedan en otro municipio, a kilómetros de distancia, para que “puedan descansar”, sino las novias no los dejan…

Cuando yo lo dijo -exclama entre indignado y asombrado- que esta ciudad de santa nada más tiene el nombre.

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Me invitaron a un panel sobre periodismo cultural en el contexto de la Feria del Libro en Santa Clara. Decliné la invitación y alegué que no tendría qué decir ante tantos otros que estarían. Pero me insistieron y convencieron. (Casi tienen que tentarme con café) El encuentro sería a las 2:30 pm de este sábado y yo amanecí en La Habana, a más de 300 kms y de 4 horas de viaje…

La madrugada anterior escribí –a lápiz y en la única libreta que tenía en ese momento- estas letras que leí:

Cuando Alexis Castañeda me invitó a hablar de periodismo cultural pensé que se trataba de una broma, por aquello que me repitieron tantas veces cuando yo aún no superaba el medio metro de estatura: “cuando los mayores hablan, los niños se callan”… y esta vez sería yo la más pequeña –en edad y tamaño.

Pero él me dijo que era en serio, y entonces sentí el mismo desafío, los mismos nervios, la misma tensión que ante la cuartilla en blanco. ¿Qué decir de periodismo cultural sin repetir palabras de Fernando Rodríguez Sosa, Mercedes Rodríguez, Yandrey Lay o el mismísimo Alexis?

Por esas extrañas asociaciones de la mente pensé, pues, en dos periodistas amigos: Michel Contreras y Luis Sexto.

Michel Contreras escribe de deportes, es fanático al Barça y al beisbol. Hace predicciones en atletismo y se la pasa escuchando a Joaquín Sabina o Amy Winehouse.

Luis Sexto escribe generalmente –para los impresos- de política nacional. Es fanático al periodismo literario, a los manuales de estilo. Se arriesga a entender la economía. Y aunque en su juventud escuchó a Nino Bravo, ahora se detiene más en Andrea Bocelli.

Los dos son talentosos. Y cultos. Conocen de Quintiliano como de Quevedo. De James Joyce como de Dulce María Loynaz. De Truman Capote como de Elena Poniatowska…

Los dos, además, podrían hacer periodismo cultural. Y lo creo por varias razones; por ejemplo: afirman que las personas son más que aquello que ejercen, y que en cada uno hay una historia. Que en todo tema existen matices. Que una obra es más que su sinopsis. Que al escribir no se debe descuidar ni la forma ni el contenido. Que a veces se carece de tiempo, o de espacio para publicar en un medio, pero esa no es excusa para cumplir burocráticamente con la información.

Lo creo, sobre todo, porque coinciden en que para hacer periodismo en cualquier temática es necesario antes leer, leer mucho, y vivir. Y escribir solo cuando tenemos algo que decir.

Lo creo, en definitiva, porque si les pregunto qué se precisa para hacer periodismo cultural, seguramente me desafiarán con una hoja en blanco, y quedaré tan nerviosa, tan tensa, como cuando Alexis Castañeda aseguró que era en serio, muy en serio, mi presencia en un debate donde –aunque los mayores hablen- los niños no tenemos que hacer silencio.

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C-A-F-E

caféMarian me visitó para caminar y conversar hasta el cansancio. Pero antes de emprender la jornada nos fuimos a tomar café.

Con un tacita delante me dice: “el café, niña, se toma como dice mi papá”:

Caliente
Amargo
Fuerte
Escaso

Y me deja pensando, porque en verdad los tres primeros requisitos los necesito, ¡totalmente! Pero por favor, que el último no se haga realidad…

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He llegado a casa con papeles de caramelos, de galleticas, de… de todo un poco en mis bolsos. Como si en esta ciudad tuviéramos que cargar con la basura como parte del equipaje.

Quienes han estado en Santa Clara sabe que las papeleras las ubican en la zona central de la urbe, si caminas algunos metros fuera, te quedaste papel o lata en mano…

Es entonces cuando se me sale lo de ecologista y trato de “educar” a quienes van conmigo en eso de que la basura no se debe desperdigar por las calles. “No, busca un cesto y bótala, pero no la tires a tu paso”.

Ah, pero aquel día iba yo con mi primo David, quien desde sus 12 años sorprende de vez en cuando mis 24. “Cómete este caramelo, pero dame el papel y lo botamos en la casa”, “recoge ese papel de galletas que pusiste al lado del banco”, “el cucurucho de maní no lo dejes ahí”. Ya lo tenía tan “educadito” que terminó de comer su pizza camino a la casa y el cartón donde la traía estaba lleno de grasa. Miró para los lados y claro, no había ni un cesto. Me lo pone delante y me dice: “mira, ya terminé, ¿también lo vas a guardar ahí en tu bolso?”.

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