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Al-fon-si-na

Sucumbí al pedazo de mar que miró por última vez. Al que entró para no volver. Ella y el mar se fusionaron en uno…

Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos… En el viento, al pasar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida, rodará… rodará…

Sucumbí a sus letras, a las que entré y de las que no volví igual. Alfonsina… El mar…

Límites

“Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías sobre ti misma,
auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.”

Borges

Él le escribió, sobre una calle, un poema de Borges:

“Te ofrezco cualquier agudeza que puedan contener
mis libros, cualquier hombradía o humor en mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.”

Años después, en las paredes de la ciudad, amaneció escrito, con tinta roja y letras dispersas:

“Hace frío sin ti,
pero se vive.”

Todos acusaron a Dalton.

Ayer el viento lo agitó todo: las hojas secas del último otoño, las cintas de las películas mudas, las fotos de la posguerra…

porque así como todas las fotos de la guerra son la última foto,
todas las cartas de amor son la primera carta”.

Y se miraron por última vez en el ocaso, frente a los bancos de aquel parque que nunca recorrieron juntos.

“¿quién nos dirá de quién, en esta casa,

sin saberlo nos hemos despedido?”

Borges

Para G.O.

Querido G.O.: Nos mandan a decir, los del Ministerio de la Verdad, que debemos bajar la cabeza, como Winston, y envolvernos en la grisura del día a día, dejar de sonreír y no pensar –porque ya sabes lo que nos decían: nosotros no estamos aquí para pensar. Ellos quieren que nosotros ni siquiera estemos aquí, que nos vayamos a reescribir la historia en otra parte, pero sin olvidar –porque no nos dejarán olvidar- que ellos se quedan con nuestras familias. El Ingsoc está dejando carteles rojos por todas partes: “El Gran Hermano te vigila”. ¿No te parece demasiada amenaza que sean carteles rojos? A mí me gusta el color rojo, pero no los del Ingsoc, por eso les he enviado una foto mía de recuerdo, donde les muestro las dos cosas que ellos quisieran cortarme: la lengua, y el dedo del medio. Un abrazo en cada uno de tus huesos no apaleados.

Foto de familia

“Detrás de todos los gobiernos,
de las fronteras y la religión
hay una foto de familia,
hay una foto de los dos”.

Carlos Varela

 

Mi voz es de pura sorpresa. Su voz es más bien triste, disfrazada en una risa que sí le sale espontánea. Pese a las distancias, al lodo, la lluvia que lo moja, al mar que tiene cerca y que yo solo imagino, pese al abrazo que solo nos decimos y las lágrimas que nunca dejamos correr cuando hablamos, pese a todo, tenemos una conversación bastante normalita (in full cuban mode):

— Muérete de la risa. Escucha esto (y pone el celular en dirección a un amasijo de sonidos confusos, de instrumentos de viento). Imagínate, estoy en un parque y acaban de llegar los de la Banda Municipal de Conciertos, y ellos creen que tocan bien.

— ¡Ñooooo, pensé que como es el día mundial del Jazz, me ibas a sorprender con musiquita, y mira lo que me has tirao!

— ¡Ah, no, Tata, la de la onda rara esa del jazz eres tú! Yo qué voy a saber qué día es hoy, si ni he visto un almanaque. ¿Estás bien?

— Sí. Estoy bien.

— ¿Y vas a dar una vuelta hoy, a escuchar jazz en alguna parte?

— No. Me quedaré en casa.

— Cuenta, cuenta, que te conozco, ¿qué te pasa?

Y le cuento. Le digo todo (todo sobre unas manos y unos labios), como a un psicólogo que al final te extiende una recomendación (pero él no recomienda nada, solo sonríe). Y en voz más baja, casi en un murmullo, le pido: Dile a Mima. (A Mima, porque él sabe que Mima puede llevar mi diario más íntimo).

— ¿A Mima? ¿Qué le voy a decir, si ya olvidé lo que me dijiste? A ver, si lo repitieras de nuevo…

— Te divierte, ¿no? Te confieso que me pasan cosas muy raras, te las digo, y te divierte.

— Claro, mija, ya sabes lo que creo: que para acercarse a ti hay que ser suicida. Y no pensé que todavía quedara algún suicida en este mundo.

Seguimos hablando, ya entre carcajadas. Los de la Banda Municipal de Conciertos son insistentes en su repertorio destroza-canciones, y nos reímos.

— Hay un cuadro de Víctor Manuel que me recordaste ahora mismo.

— Tú y tus rarezas.

— Sí, mira, porque la niña tiene la cabeza sobre el hombro del niño. ¿O eran jóvenes y no niños? ¿Eran hermanos, acaso? No sé, tengo que volver a verlo…

— Ya me voy, Tata. Me tengo que ir.

Y antes de que yo pueda abrir la boca y despedirme (en una despedida normalita, de las que llevan besos y abrazos), cuelga. Cuelga porque él se sabe mi Cuba y mi bandera, mi Habana y mi Santa Clara (como en la Foto de familia, de Carlos Varela). Y él nunca se ha podido despedir de mí…

 

¡lepra!

La abrazo, y cuando logra desatarse de mis brazos, huye gritando: ¡Lepraaaaa!

Me gusta abrazarla, no solo porque a ella no le guste, sino porque es una de las personas importantes en mi vida, y a las personas que considero importantes, las abrazo.

Mi abrazo es una huella, como quien deja una cicatriz. Abrazo así, como un te quiero. Por eso, aunque me encanta abrazar, solo me permito ese contacto con poquísimas personas. A pocas –a esas que quiero. Y a ella la quiero.

Por eso la abrazo, para acortar las distancias que vendrán. Y le recuerdo que desde que el almanaque cambió de 2016 a 2017, ella no me abraza. Y le anuncio, sí, le anuncio, que la abrazaré pronto. Y me dice que no se me ocurra. Pero a mí no se me ocurre, en verdad, no se me ocurre, solo respondo al instinto de hermana y corro a abrazarla.

Entonces ella ríe y también corre –pero en dirección contraria a mí. Ríe y huye gritando: ¡Lepraaaaa!

Preludios

Se fue, imaginando que la lluvia corría por las ventanas, por las piedras, por las calles. Se fue pisando los charcos. Todos le dijeron que afuera el sol ardía en la piel, que la sequía había dejado la tierra árida, agrietada, descolorida. Casi todos la creyeron loca. Ella estaba viviéndose. No importaban las voces de los demás, en ese momento no había otro sonido que el de la lluvia golpeando el cristal de la ventana. Quiso salir a empaparse, a pisar los charcos, a beber de esas gotas. Quiso…Y lo hizo. Por un momento llovió solo para ella.

filosofía

– Ya lo decidí. Este. Lo quiero.

– …pero está roto, niña.

– Yo lo quiero

– Pero está roto…

– Todo habrá de romperse alguna vez.