Ala rota

¿Te acuerdas, papá, cuando encontré aquel pájaro con un ala rota, y lo puse en tus manos y con mi inocencia de niña te dije: “Arréglala”?

Arréglala. No “Cúrala”, sino “Arréglala”.

Arréglala -como arreglabas el fogón, o mi librero, o los zapatos viejos. Arréglala -porque tú lo arreglas todo.
¿Te acuerdas?

Y cuando estuvo sana me acerqué a besarla y tú con tu sabiduría de hombre grande me dijiste: “¡Cuidado no te de un picotazo en el ojo, no le acerques tanto la cabeza!”

¿Te acuerdas, papá?

Hoy vi un ave rota. No solo su ala. Rota. Estaba en la acera y a unos cuantos metros de ella, unos hombres talaban un árbol.

Me acerqué a besarla. Ya sé que tampoco entiendes por qué me gusta besar aves.

Pensé en ti, que sabes arreglarlo todo. Y pensé también que si el ave aquella, o esta, da picotazos en los ojos, o se arrebata como los pájaros de Hitchcock, quizá sea porque los seres humanos lo merezcamos un poco.

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lápiz

Dice que soy como un lápiz. Que tengo grafito dentro, que tengo madera. Un lápiz con goma, y a veces borro cosas.

Dice que por eso debo escribir, para que nada se me olvide. Y porque soy una mujer-lápiz.

Pienso en muchas razones para volver a hacerlo. Escribir. Y no precisamente en un lápiz…

Debo escribir, por ejemplo, para regenerarme la piel. Para poner que tengo miedos, y alegrías, y viajes y proyectos, y que a veces lloro. Pero solo a veces, porque las últimas lluvias saquearon todo. Llovió tanto que hasta se desbordaron los diques.

También debo escribir porque cuando lo hago vuelve la memoria de todo. De los cocuyos que salía a buscar junto a mi hermano, de los batidos de frutas que nos hacía mi abuela, del olor del durofrío de mango, del sonido del mar que golpea las rocas en el malecón de La Habana, justo al final de la calle G. Todo recobra vida.

Más vida.

No me parezco a un lápiz, le digo. Quién sabe, me dice. Porque a veces siento un golpe muy raro dentro. Como de azufre, y viento, y sal, y grafito. Entonces escribo.

ahorros

— Tenemos que ahorrar dinero. Tenemos que ser más responsables.

— Sí. Ahorrar.

— Por ejemplo, hoy nos pintamos las uñas nosotras, y ahorramos $20 cada una.

— Anjá.

— Vamos bien. Nos arreglamos el pelo en la casa, y así guardamos unos $50 que es lo que cuesta…

— Anjá.

— ¿Sabes lo que significa?

— Que estamos creciendo y nos toca preocuparnos por nuestra economía, y…

— ¡Que podemos ir a esa cafetería que tiene el café delicioso y esos dulces franceses de morir!

Polaris

Estoy mirando el cielo. Son las 11 de la noche y estoy mirando el cielo. Las estrellas tratan de camuflarse con las luces de la ciudad, pero las sigo con la mirada para que no escapen, y las señalo y las atrapo con los dedos, como un niño que logra retener su botín. Un botín efímero que me regalo a mí misma. Las estrellas, como las nubes, invocan figuras que armo, uniendo punto a punto. Un ramito de nomeolvides, una bolsita de lavanda, una copa de vino tinto, un rostro conocido. Una osa menor. Y detengo el recorrido. Mirar al cielo es deshacer los techos sobre la cabeza. Entonces todo es posible. El escritor estadounidense Henry van Dyke escribió: “Alégrate de la vida porque ella te da la oportunidad de amar, de trabajar, de jugar y de mirar a las estrellas.” Y Séneca, el gran Séneca: “Desde todas partes hay la misma distancia a las estrellas”. Alguien más las estará mirando ahora mismo, pienso. Yo me quedo mirándolas. Escojo, entre todas las constelaciones, la Osa Menor. En ella empieza y termina todo. A ella miran todos los marineros del mundo. Señala el rumbo. Yo la miro. El mar se une en ese lazo sublime que termina en la estrella guía, la que marca el norte. Polar, se llama. Estrella Polar. La miro otra vez, claro. Apenas son las 11 de la noche y estoy mirando el cielo.

Geografías

“La añoranza es un cachorro dormido en una perrera doméstica”
Luis Sexto

 

En una tienda distante de su país natal, una señora de unos 75 años quiere conversar y no sabe, no encuentra, no tiene… con quién. Por eso comienza a hablar en voz alta -no por locura, sino en espera de un interlocutor. Y lo encuentra:

– Allá en mi tierra les gusta comer con más picantico. Yo soy del Oriente de Cuba, ¿saben?
– ¿De Santiago?
– No. De Holguín. Yo soy de Holguín. Allá hasta el queso sabía diferente. Y mi familia tenía unas tierritas. ¡Como me acuerdo de eso!

Cuando se está así de lejos -a un mar de distancia- un olor, un sabor, nos puede arrastrar ráfagas de recuerdos, y llevar una vez más a casa. Como un himno del desterrado, la añoranza de volver a los olores y sabores reales, queda latente.

– Yo hace 23 años que salí de allá. De Cuba…
– ¿Y hace mucho que no regresa?
– … Yo nunca regresé.