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Abril

Nunca más volvió a escuchar Quién me ha robado el mes de abril sin acordarse de su copa de vino tinto. Cuentan que allá, en los Madriles, hasta Sabina lo supo a gritos.

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Geografías

“La añoranza es un cachorro dormido en una perrera doméstica”
Luis Sexto

 

En una tienda distante de su país natal, una señora de unos 75 años quiere conversar y no sabe, no encuentra, no tiene… con quién. Por eso comienza a hablar en voz alta -no por locura, sino en espera de un interlocutor. Y lo encuentra:

– Allá en mi tierra les gusta comer con más picantico. Yo soy del Oriente de Cuba, ¿saben?
– ¿De Santiago?
– No. De Holguín. Yo soy de Holguín. Allá hasta el queso sabía diferente. Y mi familia tenía unas tierritas. ¡Como me acuerdo de eso!

Cuando se está así de lejos -a un mar de distancia- un olor, un sabor, nos puede arrastrar ráfagas de recuerdos, y llevar una vez más a casa. Como un himno del desterrado, la añoranza de volver a los olores y sabores reales, queda latente.

– Yo hace 23 años que salí de allá. De Cuba…
– ¿Y hace mucho que no regresa?
– … Yo nunca regresé.

Pandora

Cuidadosamente abrió la caja. Después de varios años sombríos, recuperó la llave que había lanzado al fondo del mar.

Una bolita con un corazón. El único corazón que no miró con rechazo.

Cuidadosamente abrió la caja. Ahí estaba, otra vez, su sonrisa.

Ítaca

Cuando despertó, Odiseo aun no estaba allí.

Penélope se acercó otra vez –una más- a los hilos y los acarició como si entretejiera su destino.

 

“…ella le pidió que la llevara al fin del mundo.
Él puso a su nombre todas las olas del mar…”

Pero se extravió en el regreso. Ella nunca lo supo. Ítaca quedaba lejos…

alegorías

Un pedazo de mar envuelto por unas manos cariñosas le dibujó una sonrisa. Un auténtico regalo para quien se dice y desdice en medio de naufragios y botellas al mar.
Arena, conchas, caracoles… todo azul y un trocito de verde. Ahí cabe la felicidad, que a veces viaja en formas insospechadas.

“¿Qué es en definitiva el mar?
¿por qué seduce? ¿por qué tienta?
suele invadirnos como un dogma
y nos obliga a ser orilla.”

Como tabla de náufrago llegó a su isla.
Primero fueron las fotos, y los sonidos: esas aguas enviadas trozo a trozo para calmar añoranzas. El mar… en el que ya ardieron todas las naves y soplaron todas las brisas. Y desde un muelle lejano, alguien espera el reencuentro. Se anuncian más bienvenidas que despedidas. Hay puerto seguro.

Con regalos así, ¿quién dijo que todo está perdido?
El mar…

“…el mar no se avergüenza de sus náufragos.”

pliegues

Vio su habitación: colorida, intensa, como acabada de salir de un cuadro de Miró. Observó a su alrededor y sonrió con ese amanecer. Le gustaron los colores, la mañana, la habitación… El día antes había soñado con hacerlos duraderos. Perdurables. Quiso atrapar ese instante también en un cuadro… pero no sabría qué hacer pincel en mano.

Volvió a sonreir, pero ahora con más nostalgia y torpeza que en la última sonrisa. En su rostro había arrugas. Recordó la última luna, y el último amanecer sin esos pequeños pliegues. Quiso recuperar su tiempo, “…pero ya no era ayer sino mañana”. Un día más. Maldito Miró. Bendito Miró.

Lev

Coyoacán, Ciudad de México.

Dos turistas, mapa en mano, tratan de ubicar la calle Viena, y en ella el museo que otrora fue la casa de León Trotsky; ese lugar donde vivió desde que se alejó tormentosamente de la Casa Azul de Frida Kahlo. Ese lugar donde transcurrieron varios meses de 1939 y 1940 en los que aparentemente no pasaría nada… y sin embargo sucedieron los dos atentados: el primero fallido, el segundo definitivo.

Los dos turistas se detienen frente a una mujer, porque creen que los orientará mejor que un mapa. Si es residente de esa zona, ella debe ser, por ende, una mujer-brújula. Y ellos la necesitan.

— Señora, por favor, ¿Puede decirme cómo llegar a la casa de León Trotsky?

Y sin vacilar demasiado, ni mostrar extrañeza alguna, les respondió:

— Lo siento. Yo hace poco que me mudé y aun no conozco bien a los vecinos. No sé dónde vive el tal León ese que ustedes buscan.