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paisaje

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

Sigo un camino que me llevará, inevitablemente, a alguna parte. Alguna vez tuve miedo de adentrarme demasiado y luego no encontrar la salida. Tuve (tengo) miedo a las heridas, a dejar pedazos de piel mientras camino. Mas, detenerme no es una opción.

mi-reloj“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar”.

Silvio Rodríguez

 

 

Él le dijo TE QUIERO de veinte formas posibles. Con sustantivos, con adjetivos, con verbos, con flores, con caricias, con canciones mientras hacían el amor, con comidas, con películas, con versos, con párrafos enteros, con gestos, con una llave de casa…

Le escribió un cuento que leyó para ella. Todos sabían que era para ella. Hasta ella lo sabía.

Él estaba enamorándose de ella, y se lo dijo, y lo hizo visible a plena luz del sol y a plena luz de luna.

— ¡Qué fotos me estoy perdiendo! – pensó mientras se la aprendía con los ojos. Como suele suceder en los museos, sin tocar cámaras ni objetos con las manos. Él solo la contemplaba, desnuda, como si fuera una escultura de un museo.

Y luego la agarraba con ambas manos, como figura pagana, para que el TE QUIERO lo escuchara solo ella, en un susurro.

Le regaló los acordes de una guitarra, el silencio de una calle de madrugada, el rocío sobre el pasto al amanecer, el atardecer a orillas del mar… Y le habló de tiempo, de mucho más tiempo juntos.

Ella, quizás espantada por las palabras que se hacían mayúsculas, o por inseguridades muy suyas, desapareció. Él no volvió a verla para un último TE QUIERO. No supo dónde, cuándo, la volvería a ver (si es que alguna vez la volvería a ver). Se quedó atorado entre el hoy y el lejano mañana, a solas con sus manos y con las letras que iba uniendo para aprender a pronunciar otras palabras.

citas

atardecer

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

Él le dijo que estaban bajo la misma luna, el mismo atardecer… Y desde entonces, donde quiera que estén, se citan mirando al cielo.

Retazos

cadena

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

Al despertar solo eso tenía: retazos. Una nota escrita a mano, justo al lado de su almohada, donde se suponía estaba otro cuerpo.

“Puedo ponerme cursi y decir
que tus labios me saben igual,
que los labios que beso en mis sueños”.

“Los besos que perdí,
Por no saber decir:
te necesito”.

Y la vida siguió…

¡Salud!

copa-vino-mujerSe termina la botella de vino al tiempo que se apaga la última canción de la noche. La noche ha sido larga, como la canción, como el vino, como las botellas que se vaciaron.

Hay palabras no dichas que le tapan la boca, como el corcho a la botella. Hay ropas de fiesta que no volverán a usarse. De haber, hay demasiado alcohol. Y ebriedad.

Hay…demasiados tragos y una sola noche. Demasiada música y un solo cuerpo.

Ya es el último trago. Se alza la última copa y se la bebe a su salud. Y la noche se detiene.

orillas

mar

Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig

“Guárdame el tiempo,
guárdamelo.
Te lo pido con rabia,
con ternura,
con todo lo que no es palabra”.

Carilda Oliver Labra

 

 

 

Vuelvo al mar. Me lleno los ojos de mar, y lo huelo despaciosamente.

Vuelvo a la orilla, y juego a atrapar el agua que se escapa. Me quedo, frente a todo, detenida; aunque quiera sentir que el agua recorre mi piel, toda, que me inunda.

Quiero atrapar cada gota, quiero que ese sonido me arrulle. Quiero tener tiempo, pero como el agua, también se escapa. Y no vuelve. Tampoco yo, cuando vuelva no seré la misma. Me llevo, sin embargo, este sonido, este olor, este arrullo como de romance.

Benedetti

benedettiDespertó a medianoche porque creyó estar alucinando. Despertó con el susto de haberse confesado al aire, a las paredes, a la habitación vacía. Despertó asustada porque pensó estar enloqueciendo. “Corazón coraza”, se escuchó decir. Pensó que alguien preguntó: “¿Qué?” y en medio de la alucinación, volvió a hablar: “Benedetti”.

Se levantó y fue a tomarse un vaso de agua. No tenía sed, aunque recuerda haber dicho que tenía sed. Fue hasta la cocina, aun asustada, por un vaso de agua, para con él tragarse los otros poemas que traía en los labios.