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mujerPasarás por mi vida sin saber que pasaste.
Pasarás en silencio por mi amor y, al pasar,
fingiré una sonrisa como un dulce contraste
del dolor de quererte… y jamás lo sabrás.

José Ángel Buesa

 

Y mientras otra copa de vino se diluye dentro de mí, mientras otra vez escribo, edito y al final publico algo de dos. Mientras…

Quisiera diluir tu recuerdo con el vino. Que te fueras con el vino, desde mis labios hasta mi interior. Tragarte con vino. Quererte con vino. Olvidarte con vino.

Mas, no te nombro. No te acaricio. No te beso.

Y te vas diluyendo, al fin, poco a poco, sin saber que alguna vez estuviste en mi boca, en mis manos, en mi piel…

Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.

Amoríos

amoriosPorque te extraño, y te extraño más de lo que confieso. Para ser sincera, aun no lo confieso, no te lo digo a ti, pero te extraño. Eso, regodéate, imagina que lo pronuncio: te extraño.

Imagínalo, pues por ahora mi voz no está. Tampoco yo. Yo no estoy para decirte muchas palabras. Decirte, por ejemplo, que te quiero. Pero eso ya lo sabes. Te quiero.

Imagíname. Ahora solo me tienes en fotografías, en trozos de letras que te escribo alguna que otra vez. Imagíname frente a la taza de café, conversando café mediante, mientras planeamos alguna travesura.

¿Sabes? He soñado que hablamos mucho, mucho. Y luego despierto y no estás. Y me queda una tristeza honda, pero no te preocupes, que se desvanece durante el día. No te preocupes, porque yo no quiero que te preocupes por mí. No quiero que te desveles por mí. No quiero que llores por mí. No quiero que sufras mi ausencia.

Yo te extraño –aunque no te lo diré. Yo te quiero –eso lo diré ahora y mientras viva. Yo siempre volveré a ti. Tú eres mi hombre más trascendente y mi lealtad más segura. Feliz primer diciembre sin mí, papá.

Te odio, mi amor

labiosDespierto a medianoche y te hablo. No sé si estás despierto, ni siquiera sé si estoy despierta, pero te hablo. Se me escapa un pedazo de poema, y me preguntas qué nombres digo, qué digo, qué nombres… Y menciono a Dulce María Loynaz y a Carilda Oliver Labra. Me ves sin entender, sin entenderme, sin entenderlas. Te cito versos de cada una:

La Balada del amor tardío, de la Dulce María:

“Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?”

Y me guardo la palabra atardecer, y la escondo de todos, y de mí misma, porque los atardeceres son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe es un atardecer. Y no lo digo, solo lo escondo.

Y cito también Se me ha perdido un hombre, de Carilda:

“Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme
el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.”

Y me guardo la palabra manos, y la escondo de todos, y de mí misma, porque tus manos son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe son tus manos. Y no lo digo, solo las escondo.

Miro tus manos, cada vez más nítidas, y no. Cada vez más cercanas, y no. Como los atardeceres. Efímeros. Efímeras.

Despierto a medianoche y te hablo. Me quedo repartiendo palabras al zar, poemas al zar, te busco al azar, y no hay nadie. No hay más nadie que yo –sola- en la habitación. No sé si estás despierto, no sé si existes. Ni siquiera sé si estoy despierta, no sé si existo. Mas, se me escapa un pedazo de poema, un atardecer, y tus manos…

camilo-y-cheDurante mucho tiempo pensé que cuando Fidel Castro muriera, yo iba a llorar mucho, mucho, como cuando murió el Che Guevara. Más bien: como cuando yo descubrí que había muerto el Che Guevara.

Mis abuelos me hablaban del Che en presente. Mi abuelo, que lo conoció, me asaltaba con anécdotas…y así yo tuve a Ernesto Che Guevara vivo, hasta que yo tuve 7 años y en la escuela, como parte de la ceremonia del 8 de octubre, nos colgaron al cuello una pañoleta azul que nos hacía pioneros moncadistas,  y nos hicieron jurar a coro: “Pioneros, por el comunismo: ¡Seremos como el Che!”

Yo juré, como cualquier niño que jura disciplinadamente que se va a portar bien, y regresé a casa con mi nuevo aditamento. En la noche, al término del noticiario que siempre vi junto a mis abuelos, pasaron un documental en homenaje al Che. Ahí relataron cómo murió, en la selva boliviana, en 1967. Ese documental destrozó a la niña inocente que yo fui, rompió algo dentro, y recuerdo que me encerré a llorar.

Al otro lado de la puerta que nos dividía, mis abuelos trataban de tranquilizarme: “¡pero si fue hace 26 años!”. Para mí, que siempre lo tuve vivo, lo habían acabado de matar. Ese 8 de octubre de 1994 –y no en 1967- murió el Che para mí.

En 1997 encontraron sus huesos bajo el aeropuerto de Vallegrande. Y los llevaron definitivamente para mi ciudad, en Santa Clara, Cuba. Entonces desfilé por delante de una urna pequeña, y lloré otra vez. Lloré, porque sí era cierto que estaba definitivamente muerto.

Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos, fueron los héroes de mi infancia. Mis abuelos me contaron cómo desapareció la avioneta donde iba Camilo, en octubre de 1959. Cómo se lo tragó el mar, y cómo semanas después, cuando miles de personas lo habían llorado, la noticia de que había aparecido, recorrió Cuba. Y cómo junto con la noticia, las personas se lanzaron a las calles, a festejar, porque lo creían vivo, y querían verlo. Querían verlo para creer.

Como yo, que hasta que estuve delante la urna del Che, fue que accedí a la idea de su muerte. Pensé que en aquel año 1959 -el convulso 1959- la idea de que Camilo Cienfuegos desapareciera, fue la que destrozó a  mis abuelos, y a muchos de su generación.

Camilo Cienfuegos había desaparecido para siempre. Desaparecido.

Yo también tuve, pues, un héroe enterrado en mi ciudad –el Che- y otro desaparecido –Camilo. Y la palabra desaparición, creó mucha incertidumbre. ¿Alguna vez lo habrían de encontrar?

Años más tarde aprendí a acercarme a los héroes nacionales no como estatuas en un pedestal, sino como personas de carne y hueso. Y por tanto, con luces y sombras, con aciertos y desaciertos.

Camilo murió a los 27 años. El Che murió a los 39. Fidel murió a los 90.

Fidel murió a los 90 y muchos no querían aceptar la noticia. Quizás aprendieron más tarde que yo que todo ser humano muere. Muere. Tal vez necesitaron ver su urna para creer.

En estos días, entre tantos textos que mencionan a Fidel, entre tantos documentales, entre tanto Fidel, Fidel, Fidel… mi subconsciente me salva.

Me salva. No me deja soñar con Fidel. No me permite idealizarlo. Después de partirme en dos por su muerte, y de volverme a unir, me fui a dormir, con una tranquilidad pasmosa. Y soñé. Soñé que estaba asistiendo a un funeral grande, que miles de personas lloraban, que yo era niña de nuevo y mis abuelos estaban conmigo, agarrándome de la mano, y mi abuelo me alzó para que yo pudiera ver. Entonces pasó un jeep militar y ahí, en la urna, pude leer el nombre (mi subconsciente me daba una última estocada): Camilo Cienfuegos.

fidel-castroA Dalia, porque mi primer pensamiento fue para ella.

 

Yo solo tuve un abuelo. Bueno, no. Tuve, como toda persona, dos abuelos. Pero solo conocí a uno: Alfredo, mi abuelo materno. El otro, Ramón, murió antes de que yo naciera. Murió incluso antes de que mi padre pensara agarrar su primer cigarro. Tal vez por eso, para suplir la carencia del abuelo que me faltaba, me refugié en Macholo, la figura paterna más cercana a mi papá.

Con uno y con otro hablé de deportes, sobre todo de béisbol, bebí café, ron…y discutí de política. Yo quería entender la parte de la historia de Cuba que no me contaron, la que no está en los libros, la que ellos vivieron.

Mi abuelo –Alfredo- luchó en el Ejército Rebelde. Yo descubrí, por sus evasivas, que había temas que no debía mencionarle. Él descubrió, por mis insistencias, que ya yo no era aquella niña que se creía todo al pie de la letra, sin cuestionar nada.

Macholo me contaba anécdotas sin tapujos, sin medir palabra alguna, sin temores.

Yo, como muchos jóvenes cubanos, crecí escuchando versiones diferentes de nuestra historia, de nuestro país y los dirigentes: ensalzados por unos, repudiados por otros.

Ayer, tras la muerte de Fidel Castro, pensé en ellos dos. En Abu, mi Abu, y en Macholo, mi Macholo. Por primera vez en mucho tiempo me sentí partida en dos mitades exactas, dividida –como tantas familias- dividida.

Y lloré. Lloré por mí, porque me sentí rota. Y lloré por mi abuelo, que a esas horas estaría al menos consternado. Y volví a llorar cuando recordé los reclamos que yo le hice tantas veces: si era por eso, por una Cuba así, que había luchado. Y lloré de pensar las tantas veces que él habría sufrido por mis impertinencias, por aquellas palabras que yo le soltaba como puñetazo: “¿fue para esto?”

Y lloré. Lloré por las otras tantas veces que quizás él se preguntó dónde había quedado la niña dócil que subía por un extremo del sofá de madera hasta llegar al otro extremo donde estaba el televisor Krim 218, que transmitía en blanco y negro el discurso de Fidel. Dónde, dónde estaba esa niña que llegaba a la pantalla de la televisión, ponía sus manos como queriendo agarrar aquel rostro, y besaba el cristal mientras decía: “papá Fidel, papá Fidel”.

Lloré todo lo que tenía para llorar por mi abuelo. Mentalmente le pedí las disculpas que le debo. Disculpas porque no era a él a quien yo debía cuestionarle tanto.

Luego me sequé las lágrimas. Ya no había para más. Mi otra mitad pensaba en la botella de ron que estaría tomando Macholo de estar vivo. Pensé en él, en nuestras conversaciones, y no volví a llorar ni una sola vez. Ni una sola.

Muchos de mis amigos estaban peleándose en las redes sociales, celebrando o llorando, ofendiéndose, irrespetándose, y eso me pareció más doloroso.

Desde alguna parte un amigo me envió una foto de su trago de ron: “Me tomo un Havana Club 7 años a la salud de la Cuba de Fidel”. Y yo desde el otro lado alcé mi vaso –también con ron- “Por Macholo”.

avion-se-va“Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos…”

Mario Benedetti

 

 

— ¿Qué vas a hacer?

— Regreso.

— ¿Te amenazan y regresas?

— ¿Qué voy a hacer? No es fácil esto. Allá son implacables. Iré con buena cara. Me arreglaré todo lo que pueda antes de bajar del avión.

Me dan deseos de abrazarlo y deseos de golpearlo al mismo tiempo, por hacer un chiste con algo tan grave, por tomarse a la ligera su propia vida y (egoístamente, pienso) por dejarme así, en vilo, esperando noticias suyas hasta que llegue. Hasta que ese avión aterrice -lo sé- no tendré paz.

Cualquier otra persona pediría algo diferente. Pediría algo así como: pon una velita por mí, reza por mí, pídele a todos los santos por mí… o alguna de esas cuestiones tan folclóricas entre cubanos. Él no. Él pide, en cambio:

— Pon una alerta de Google Noticias con mi nombre… si pasa algo, por ahí sabrás.

Y me dan ganas de gritarle. De gritarle, de escupirle en un grito: Te odio. Te odio. Te odio.

No de negarlo tres veces, no de desconocerlo tres veces, sino de odiarlo. Odiarlo tres y cuantas veces pueda, cuantas veces alcance a gritarle: Te odio.

Pero me calmo, porque aunque logre quebrar mis nervios, yo no lo odio. No tengo capacidad para odiar. Y porque ya tengo entrenamiento en eso de autocontrolarme cada vez que un amigo se va o regresa. Su caso es diferente, lo sé. Pero es su vida, es su decisión –pienso- y yo solo estoy siendo egoísta en grado muy. Muy egoísta. Tremendamente egoísta.

Hago acopio de paciencia y le pregunto al fin, luego de un prolongado silencio:

— ¿Cómo hago eso de poner una alerta en Google Noticias?

— Te explico: escribe mi nombre en Google Noticias. Listará noticias sobre mí. Abajo, al final de la página, hay un botón que dice “Crear alerta”, sigue los pasos, y cualquier noticia sobre mí irá a tu email. Es un modo de estar justamente alerta, y no desesperarse.

¿Y no desesperarse? ¿En serio? Lo odiaría ahora mismo con la misma intensidad que lo quiero, estoy más que desesperada, y… ¿me dice que una alerta en Google Noticias es una buena forma de no desesperarme? Me calmo, otra vez. O lo intento al menos, por él. Y me despido, porque no puedo –aunque quiera- seguir esta conversación.

— Está bien. Ya lo hice. Te quiero.

— Yo también te quiero.

Y me quedo aquí, delante de la pantalla de la computadora todo el día, esperando…

Don´t worry…

mujer-cine…be happy

 

 

Me pierdo entre los cafés. Me fugo a las cafeterías. Hasta una servilleta sirve pata anotar mi felicidad. El olor del café, el sabor del café…Yo.

Me escondo. Es tiempo de esconderme en mis propias letras, y de renovarme en las ajenas. Por eso me regodeo entre tantos libros, bibliotecas, librerías. Parece un mar, y me fascina.

Regreso a mí con la piel erizada de palabras. Y por primera vez me pierdo, yo sola, en un cine. En muchos cines. Conmigo misma.

Me reconozco cada día más. Hago lo que me gusta. Me agrado cada día más. Y soy inmensamente feliz.