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Septiembre

anoranzas_cumpleanosEl día de mi cumpleaños no me interesa. Las fechas señaladas no me interesan. Eso pensé mientras no me alejé de Cuba. Y así sucedía cada año. Yo, la irreverente de la familia en cuestiones de fechas, intentaba pasar por alto –y por bajo- cuanto día festivo hubiera.

Me despertaba cada vez con la misma mirada que las otras veces. Y alegaba que cada día era único, que no se repetía en el almanaque.

Pero hace un año me eché en una maleta y crucé el mar y las fronteras y la quietud de mi vida.

Me gustaría pensar ahora, como antes, que todos los días son iguales, que los cumpleaños no me interesan –mucho menos el mío. Pero no es cierto.

La lejanía duele en las entrañas solo ciertos días. Las añoranzas se rebelan solo ciertos días.

Y ahora amanezco lloviendo cada día de las madres, cada día de los padres, cada cumpleaños de alguien que quiero y no puedo abrazar.

Me gustaría pensar ahora, como antes, que todos los días son iguales. Pero no lo son. Sino no tuviera tantos altibajos desde que se anuncia septiembre. Se anuncia, comienza, termina septiembre. Y yo, más lejos de todos y más cerca de mí.

síntesis

lluvia-de-palabrasÉl permitió que todos escucharan a Carlos Varela. Y no una canción cualquiera de Carlos Varela. Permitió que todos escucharan Guillermo Tell. Ella le dijo que además debían escuchar Leñador sin bosque. Desde ese día sus recuerdos la golpean, y anda envuelta en silencios y desilusiones. Desde ese día ninguna música, ninguna palabra, ninguna historia, se escucha igual.

las-neuronas-no-se-regeneran-otro-mito-derrumbadoHace un año que escribí esto, hasta entonces impublicable…

 

Después del: “¿Vas a escuchar la clase desde ahí?” (Porque yo me fui a sentar junto a la puerta) lo segundo que le escuché fue: “Si te aburres, te paras y te vas, sin problemas”.

Y yo no tengo problemas con pararme e irme – ¡ya lo he hecho de tantas clases y tantas veces!- pero el asunto es el siguiente: una buena conversación no me aburre. Y una buena clase es una buena conversación.

Ahí me estuve, anotando en una agenda que una entrevista se debe planear, tener objetivos, una estructura y apropiarse del estilo. Y que la metáfora más cercana de entrevista es lucha. Lucha. Y gracias a ello ahora cada entrevista la desgrano buscando justamente eso. Lucha.

Una lucha por el uso de la palabra, con propósitos específicos.

“¿Esto parece una lucha?” Preguntaba incansablemente. Y ahora ando yo sacudiendo periódicos, buscando en qué parte de tantas páginas encuentro una entrevista que se parezca a una lucha.

Él se mueve por toda el aula hablando con las manos, y a veces, cuando nadie responde, se muerde los dedos, o los pone sobre los labios -pensando sólo él sabrá qué- como si quisiera soltar las palabras que otros no se atreven. “Se supone que ustedes quieren aprender a entrevistar a un científico, porque en el resto de las materias que llevan, ya les enseñaron a entrevistar a otra clase de bichos.”

Y vuelve a hilvanar  ironía y sarcasmo. Y como disfruto tanto de estas dos en toda conversación, me voy convencida de regresar la próxima vez. Porque habrá una próxima vez en que yo esté leyendo afuera del salón y él pregunte: “¿Te vas a quedar ahí?” y yo, sin tiempo a decirle que me deje terminar el párrafo para ponerle atención –porque por lo regular cuando leo no atiendo nada más, y menos a mitad de oración-  acoto que: “Si el profesor me lo permite”. Y me dice: “Vamos a preguntarle” –y ahí se quedó mi párrafo, inevitablemente a medias.

Lucha. “Una metaforita que es muy tontita –dice. Y si yo estuviera sentado donde ustedes, me preguntaría: ¿y en verdad me eché todo un semestre para esta jalada?”

Sí, las clases de Periodismo de Ciencia son toda una provocación. “Hay que optimizar el tiempo lo más que puedan: el de ustedes y el de la víctima”.

Y bien, yo no estuve todo el semestre. Soy, como él dice, una no alumna. Pero yo busqué estar ahí. Recorrí dos veces un edifico enterito días antes, buscando esa clase. Subí y bajé muchas escaleras por la necedad de no preguntar la dirección exacta. Por la necedad de querer encontrar algo yo sola. Y eso, como tantas cosas, no se me da. Así que acabé preguntado, claro.

“Aula de Cómputo 2, Edificio D… es el edificio nuevito entre el Auditorio de la Facultad y el estacionamiento de estudiantes”.

Y me quedo mirando esa mezcla de sustantivo y adjetivo: edificio nuevito. Y me dan deseos de describirle mi impresión con una palabra suya que retengo: Neta. ¿Neta? Ni que yo llevara tanto tiempo en la UNAM para saber cuáles son las construcciones viejas, y cuáles las nuevas. ¡Edificio nuevito!

De no estar totalmente convencida de querer ir, habría desistido. Ya no por mis despistes o por edificios viejos y nuevos, sino porque justo en la mañana de la primera clase, leí este mensaje: “Estoy empezando a sospechar que estás en verdad dispuesta a sentarte un rato en mi clase. Sólo Tutatis sabrá por qué quieres hacer esto, pero no seré yo quien intente convencerte de que no vayas”.

Y atiné a pensar (sí, porque yo a veces pienso), pensé: ¿está empezando a sospechar? Vaya, yo que daba por hecho que si digo que voy, es porque en verdad voy a estar. Y si no será él quien intente convencerme, ¿será que habría querido que alguien más me convenciera de no ir? Y como no tiene a quién acudir para trazar el Plan para el desarme de la terquedad de Leydi, pues…tal vez lo mencione para que yo solita renuncie.

Pero luego me dije que no, que estaba haciendo todo un Análisis del Discurso, que las clases de Metodología de Investigación han afectado las pocas neuronas que quedan; que la crisis migratoria cubana me ha dejado demasiado sensible y que por eso he mezclado todo. Y antes de regodearme en otro análisis y psicoanálisis, salí del departamento rumbo a la UNAM.

Además, quería saber si en las clases él era tan sarcástico como en los eventos; y escucharle algo nuevo que no fuera lo que ya había visto y re-visto en videos de YouTube.

Aunque fuera a hablar de ciencia, economía, o de Tutatis, de todos modos la criatura quería ir. Quería agradecerle la paciencia para explicarme mexicanismos como ¡Órale!, ¿Neta?… Chaaaale. Y el no haberme mandado a… (otro mexicanismo) por lanzarle todos mis temores, mis dudas, y hasta mis asombros.

Y entre todo, se me olvidó justo eso: agradecerle. Pero ¿qué más se le va a pedir a alguien que para nacer la sacaron con un fórceps?

albert-einstein-caricatura-candidmanEl ruido me pone irritable y airada. Por eso procuro el mayor silencio para leer o escribir. Y tengo mis manías intocables de mujer respingada que no mezcla los altos decibeles con la concentración. O termino al borde de cometer asesinato, como ese día…

Él rompió el silencio.

— Pero…

—  Acostúmbrense a escribir con ruidos, pues en una redacción, no se apaga la radio, hay que saber las últimas noticias…

Puse mi mejor mirada de desconcierto, seguida de mi mejor mirada de descontrol, seguida de mi mejor mirada de impotencia, seguida de mi mejor mirada de odio.

— Tienen deseos de matar a la señora de la radio, ¿verdad?

Y no. No haría como aquellos artesanos ingleses del siglo XIX, que destruyeron las máquinas que los reemplazaban de sus empleos durante la Revolución Industrial. Si había que atacar a alguien, que fuera al inventor. Y el inventor era él.

Antes se había paseado por toda la habitación, hablando en voz alta, como un loco. A diferencia de que este “loco” lo hizo a conciencia, sin agotamiento de sus facultades mentales. Diría que habló hasta que se cansó, pero no: habló hasta que quiso.

En unos instantes pasé de ser autista a idear una sublevación entre los ahí presentes. Pasé de admirarlo in perpetuum a quererlo matar in situ.

Tuve ganas de gritar. Tuve ganas de salirme. Tuve ganas… Tal vez todas manifestadas en mis ojos, que miraron aquella mano con otras ganas: las de paralizarla en el momento en que se acercó una vez más a la tecla Enter de su computadora para sintonizar el horóscopo del día. Demasiado para mí –pensé- mi única neurona va a colapsar.

Inconscientemente sujeté fuerte el mouse de la computadora. Inconscientemente, digo, porque lo apreté sin perderlo de vista a él. Debí tener la mirada de un asesino serial en ese momento. Debí, digo, porque justo ahí escuché una voz muy cerca de mí que dijo:

— ¡Vaya, tienes la posición exacta para dar en el blanco, no fallarías! Si lo haces te aseguro que todos te apoyamos, como Fuenteovejuna.

Y así es como él estuvo a punto de morir asesinado por el mouse de una computadora, en medio de un salón de clases, y ahogado en sus ruidos. Asesinado por una alumna que lo adora pero que cree firmemente que su única y querida neurona es incompatible con las ruidosas provocaciones del profesor.

Confesional

soledad_botePerdóname si hoy busco en la arena/ esa luna llena que arañaba el mar…

Serrat

 

Perdóname por esto –le escribe. Y vuelve a las confesiones que no le hizo aquella vez. Las que le hace a destiempo, las que le hace ahora bajo el efecto de la lejanía, de los ojos que ya no le ven.

Como los amores cobardes que “no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí”, a saber quién de los dos fue Dafne y quién Apolo. Quién huyó y quién se convirtió en laurel.

Y recorre su voz… aquella a la que antes acudía con las justificaciones más simples e inimaginables. La voz que ya no le dice de historias, ni de Scheherezada, ni de música, ni de imágenes. Por escuchar esa voz un poco más, habría revivido los libros de la Biblioteca de Alejandría, y le enlistaría un saco de dudas, para volver a hablarle y quedarse ahí, del otro lado del auricular, escuchando hasta aliviarse, hasta no retener otros sonidos, hasta aprenderse su voz.

Rememora esas manos que no llegan con algún atardecer para irse por alguna calle transitada. Las mismas manos que ahora ponen a prueba su paciencia, porque tiene que verlas de soslayo, sin detener la mirada. Solo quien ha perdido el aliento por unas manos puede comprender ese desespero de tenerlas cerca, sin rozarlas.

Quisiera perderse en sus ojos. Los ojos de los que una vez apartó la mirada para esconderse en lágrimas, por no soportar más nombres en aquellas pupilas. Por no hacer más oscura la noche.

En el laberinto en que se encuentra no hay hilos de Ariadna como en la mitología griega. Le salvaría seguir el rastro de su voz, de sus manos, de sus ojos… pero ya no están.

Páramos

paloma-heridaQuiero decir que estás sacudiendo mi juventud,

ese cántaro que nadie tomó nunca en sus manos,

esa sombra que nadie arrimó a su sombra,

y vos en cambio sabés estremecerla

hasta que empiecen a caer las hojas secas,

y quede la armazón de mi verdad sin proezas.

Mario Benedetti

 

Me alejo envuelta en silencios y termino por retornar a ti. A tus manos. A tus palomas. Termino por no verte, y sin embargo, encontrarte en la Alameda Central que nunca caminamos al atardecer, en la casa de Frida que no visitaste, y en los museos donde dejaste tus pasos.

Me habría encantado recorrer esos museos junto a ti, pero solo permaneces ya en  pedazos sueltos de poemas, de añoranzas, de cartas:

“Finalmente llegué a la monstruosa y contaminada y hermosa Ciudad de México y con un sol caribeño recorrí buena parte del centro histórico. Lo más impactante fueron sin dudas la Catedral Metropolitana y el Sagrario con sus altares platerescos y abrumadores, las ruinas y el museo arqueológico del  Templo Mayor con sus serpientes de piedra y sus guerreros jaguares, el Palacio de Bellas Artes donde pude ver una espléndida exposición de dibujos y fotografías de Picasso (por primera vez he visto originales del maestro), más todo lo de Orozco, Rivera y Siqueiros (y cuando vi las fotos de Frida también apareciste tú), el antiguo colegio jesuita de San Ildefonso, el Palacio de Minería y el Museo de Correos, todos edificios imponentes, repletos de ornamentos, barroquismo y murales, y el parque de la Alameda con sus fuentes y enamorados y el hermoso monumento a Juárez y la calle Madero con sus gentíos inmensos y comercios opulentos.”

Llegué tarde a ti, como suele sucederme. O tal vez llegué tarde a la Ciudad de  México, y ahora camino sin encontrarte. Y solo tengo unos versos fatídicos que me recuerdan a ti, que me regresan a ti, a tus manos, a tus palomas…

 

Usted martín santomé no sabe

cómo querría tener yo ahora

todo el tiempo del mundo para quererlo

pero no voy a convocarlo junto a mí

ya que aún en el caso de que no estuviera

todavía muriéndome

entonces moriría

sólo de aproximarme a su tristeza.

 

usted martín santomé no sabe

cuánto he luchado por seguir viviendo

cómo he querido vivir para vivirlo

porque me estoy muriendo santomé

 

usted claro no sabe

ya que nunca lo he dicho

ni siquiera

en esas noches en que usted me descubre

con sus manos incrédulas y libres

usted no sabe cómo yo valoro

su sencillo coraje de quererme

 

usted martín santomé no sabe

y sé que no lo sabe

porque he visto sus ojos

despejando

la incógnita del miedo

 

no sabe que no es viejo

que no podría serlo

en todo caso allá usted con sus años

yo estoy segura de quererlo así.

 

usted martín santomé no sabe

qué bien, que lindo dice

avellaneda

de algún modo ha inventado

mi nombre con su amor

 

usted es la respuesta que yo esperaba

a una pregunta que nunca he formulado

usted es mi hombre

y yo la que abandono

usted es mi hombre

y yo la que flaqueo

 

usted Martín Santomé no sabe

al menos no lo sabe en esta espera

qué triste es ver cerrarse la alegría

sin previo aviso

de un brutal portazo

 

es raro

pero siento

que me voy alejando

de usted y de mí

que estábamos tan cerca

de mí y de usted

 

quizá porque vivir es eso

es estar cerca

y yo me estoy muriendo

santomé

no sabe usted

qué oscura

qué lejos

qué callada

usted

martín

martín cómo era

los nombres se me caen

yo misma me estoy cayendo

 

usted de todos modos

no sabe ni imagina

qué sola va a quedar

mi muerte

sin su vida.

 

(Última noción de Laura, Mario Benedetti)

 

¡Victoria!

viqui“Mira, está tu nombre en la televisión –le digo”. Y claro, su hija acaba de ganar en su juego y la palabra final es justamente su nombre. Victoria.

Y me dice que claro, todos quieren tener una victoria en su vida.

Y yo me enorgullezco de mí misma porque tengo una Victoria en mi vida.

Y doy gracias –no a Dios, sino a Victoria- por estar en mi vida. Mi vida es otra desde entonces. Soy más segura de mí misma, más sonriente, canto y hasta aprendo pasos de música mexicana, me quiero más, y me ataco menos.

Lo de despistada no. El despiste eso sí que no lo cura ninguna Victoria del mundo. Eso es un sello de nacimiento. Siempre les recuerdo a todos, cuando me fallan los argumentos de que soy mononeuronal y demás…les recuerdo que así soy porque al nacer me jalaron con un fórceps.

Una Victoria en mi vida es todo lo que necesitaba. Más bien: esta Victoria en mi vida. Ella, que es quien me dice que en vez de preocuparme debo ocuparme, que confía en que yo pueda hacer las cosas, que cree que escribo bien, y que le puedo confesar los asuntos que a veces ni a mi madre le confieso.

Ella, que ahora mismo está trabajando –desde hace días, en verdad– para que yo tenga si no el mejor cumpleaños del mundo, al menos un cumpleaños sumamente memorable. Y me está haciendo panacota. Y la amo por eso, y por más.

La amo porque me acogió como hija con todo el saco de defectos que tengo. Y sabe que me pongo egoísta, y visceral cuando me enojo, y celosa muchas veces, y que en la cocina solo me queda bien el agua fría, y que soy necia como yo sola. Y aun así deja que yo llegue a su casa a revolverlo todo con mis locuras. Y que me ponga insistente a pedirle: “¡foto, foto!”

Y luego salimos y voy a correr por toda la yerba del jardín botánico, como si fuera una de sus perritas, y corro por toda la casa también. Y digo que estoy feliz. Y me dice que estoy loquita.

Y me presta una de sus playeras de la selección mexicana para ver el futbol. Y brindamos con cerveza. Con cerveza Victoria.

Hoy es mi cumpleaños. Y no puede ser mejor. Tengo una Victoria en mi vida.

¡Victoriaaaaaaaaaaaaa!