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Estruendos

Se derrumba una parte de la ciudad y se desborda el río. El poeta muere con una esquela en su mano:

“Son las dos de la tarde.

Tener amigos por solo una semana,
es el oficio más triste del mundo.
Y he aquí que los viajeros se consuelan
dando una falsa dirección:
disimulan sus lágrimas poniendo en hora los relojes.

En París, casi siempre, son las dos de la tarde.”(1)

Los relojes se detienen para verlo pasar: ataúd, escombros, y poeta. Un amasijo de letras y polvo. Todos los relojes del mundo, sincronizados, marcan las dos de la tarde.

 

(1) Yamil Díaz Gómez (Discurso en una esquina de Paris)

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terremoto en México 2017Desde el 19 de septiembre no lloro. No lloro y lo que veo dan ganas de gritar y llorar y derrumbarse como los edificios. Yo creo que, como muchos edificios, estoy agrietada, pero no me derrumbo aun.

No puedo llorar, o más bien, no debo. Miro a mi alrededor y casi todos quieren llorar, pero no deben, o están bloqueando emociones, como yo. En los centros de acopio, junto a los carteles de clasificación: agua, ropa, medicinas, juguetes, pañales y comidas para bebés…hay personas sentadas con otros carteles: Terapia psicológica. Nadie se acerca a contarle sus traumas. Y no porque no tengamos qué contar, sino porque estamos muy enfocados en seguir moviéndonos como hormigas laboriosas y no paramos a pensar en cuán dañados estamos.

Ayer mientras me duchaba me descubrí moretones en los brazos y en las piernas que no tenía, o que tal vez traigo desde el 19 de septiembre, pero que no había tenido tiempo de mirar. También siento a cada rato que el piso se mueve, y me espanto. Y pregunto a los demás si ellos también lo sienten o solo yo estoy enloqueciendo. Y sí, todos sienten que tiembla, todos estamos aterrados de que vuelva a sacudirse la tierra. Aun así, nadie se detiene a llorar.

Creo que el mantenerse en las calles, quitando escombros o en centros de acopio, alerta al gobierno de que no queremos que paren las búsquedas, que nadie valora como posibilidad inminente que tiren los edificios que peligran o que quiten los escombros ellos con maquinaria pesada, cuando los familiares de desaparecidos aun los buscan. En este país ya ha habido demasiados desaparecidos que no han buscado, como para permitirnos abandonar nuestras posiciones. Sí, porque México ahora es como un campo de batalla con posiciones muy estratégicas que cada cual defiende.

Creo, estoy convencida, que el día en que el gobierno pare las labores de rescate y empleen maquinarias para remover escombros y terminar de demoler, ese día todos vamos a volver a llorar. Ese día sentiremos que el terremoto fue más fuerte.

– ¿Sayo, traes tus papeles?

– Traigo mi identificación siempre conmigo, porque si me muero no quiero que me entierren como indigente.

Ese podría ser para muchos un mal chiste, pero quien esté en la Ciudad de México ahora mismo, sabe que la muerte es una realidad. Dicho eso nos fuimos a ver dónde podíamos ayudar: centros de acopio, albergues, mover escombros o transportar  donaciones.

Sayonarah Rocha es estudiante de doctorado, es brasileña y está en México por dos meses. Eso era todo lo que sabía de ella hasta el día del terremoto. Eso, y que mide más o menos 1.50 metros, y que se ponía nerviosa de tan solo pensar en la alarma sísmica. En Brasil no hay terremotos que la espanten, así que desde que llegó a México, ella se declaró aterrada ante la posibilidad de protagonizar un terremoto.

Quien la ve no piensa que podría mantenerse en pie, inquebrantable, ante algún desastre natural, y mucho menos ante uno desconocido para ella. Sin embargo, después del terremoto del 19 de septiembre en México, ella lloró una sola vez. No conozco a nadie que ese día no haya llorado de miedo, al menos una vez.

Ella vio toda la destrucción, los escombros, los desaparecidos. El miedo la hizo más valiente. Quiso ayudar, pero tenía poco dinero y lo que más se necesitan son donaciones: agua, medicamentos, ropa, pañales y comidas para niños, alimentos…

No tenía mucho dinero para comprar esas cosas, así que después de dos noches sin dormir por la impotencia de no poder hacer demasiado, se atrevió a escribirle a sus amigos y solicitarles le enviaran dinero. Sus amigos, que saben que ella es una persona honesta y que ha estado asustada, comenzaron a depositarle: 10 reales, 20 reales, 50 reales. Y Sayonarah, una y otra vez, sacaba la calculadora para transformar los reales en pesos mexicanos y saber cuánto podría comprar.

Anoche, mientras dormía, Sayonarah creyó escuchar la alarma sísmica y se espantó. Despertó muy asustada y creyó que su cama se movía, al igual que las paredes. “Estoy enloqueciendo”, pensó. Necesitaba sentirse útil para no enloquecer, por eso hoy escribió a sus amigos y les pidió dinero para donaciones. Y salió a la calle a ayudar. Hoy, dice, será la primera vez desde el terremoto que va a poder dormir.

Está más tranquila porque sabe que mañana va a poder donar agua, medicamentos, y algo más si el dinero le alcanza para algo más. Sus amigos confiaron en ella, saben que cada centavo será para las víctimas del terremoto.

Sus amigos, desde lejos, ayudarán a que ella pueda dormir, que no enloquezca, que no tenga miedo. Sus amigos saben que Sayonarah ha sido una mujer valiente.

Foto: Mario Guzmán (EFE)

La primera vez que viví un terremoto en México, el 8 de septiembre de 2017, me asusté tanto que pensé hacer las maletas y regresarme a Cuba. Entonces fue un temblor de magnitud 8.2 con epicentro en Chiapas, casi en la frontera con Guatemala. En la capital mexicana apenas se sintieron movimientos oscilatorios, pero mi susto fue tal que me cuestioné qué hago yo aquí, a fin de cuentas, entre un terremoto en este país y un huracán entrando a Cuba, prefiero el viejo conocido, al menos los ciclones se pronostican, los sismos no.

Ese día y al otro, algunos mexicanos bromearon conque todo había sido una mala pasada de la naturaleza al escucharlos ensayar, para las fiestas patrias del 15 de septiembre, el himno nacional:

“Mexicanos, al grito de guerra
el acero aprestad y el bridón,
y retiemble en sus centros la tierra.
al sonoro rugir del cañón.”

Sí, hicieron chistes, porque para burlarse de las desgracias, el mexicano también se parece al cubano.

Hasta entonces mi mayor miedo en este país era escuchar la alarma sísmica, esa alerta que funciona en la zona metropolitana de la Ciudad de México y que cuando registra a lo lejos un epicentro de mayor de 5 grados, se activa un minuto antes de que las ondas sísmicas lleguen a la capital, y en esa mezcla de sirena y de audio va repitiendo: “Alarma sísmica, alarma sísmica…” y se apaga justo en el momento que empieza a temblar. O que se supone que empieza a temblar. A veces, la mayoría de las veces, era tan imperceptible que la única que temblaba era yo.

Este 19 de septiembre de 2017, la alarma sísmica no se activó a tiempo. El centro del temblor fue tan cerca (en Puebla, a unos 200 kms de la capital mexicana) que no tuve el aviso que tantas veces me había asustado en balde. La alarma no sonó un minuto antes, nos descontaron esos segundos de sobrevivencia. Muchos no pudieron evacuar y quedaron atrapados mientras las paredes crujían y los cristales caían estrepitosamente al suelo. Las lámparas parecían péndulos. Los edificios se sacudieron hacia los lados y a la vez, de arriba abajo, como si la tierra los quisiera despertar de un letargo de años.

El terremoto fue de 7.1, pero ahora no se fue a la frontera con Guatemala, se ensañó en el mismo centro. Y yo me estremecí también con más fuerza. Las calles se llenaron de personas y de escombros. Los altoparlantes y radios alertaban de no encender cigarros porque podía haber fugas de gas, que nadie regresara a los edificios hasta que se evaluara la infraestructura, porque muchos de los que no colapsaron estaban a punto de venirse abajo. En las calles los carros parecía marea: unos trabajan de escapar de la ciudad, otros de ir por sus hijos a las escuelas. Todos escapaban de algo, todos iban hacia alguna esperanza.

La comunicación estuvo entrecortada, había muchas zonas sin conexión. Las llamadas no salían de México, el terremoto se había tragado también muchas voces, los había convertido en gritos. Salí a ayudar, se necesitaba mucha ayuda para mover escombros. Un muchacho mulato y delgado que traía en su mochila un perrito me escuchó hablar y me dijo: tú eres cubana. Y sí, él también lo era. Más tarde una mujer rubia, con su bebé de meses, me volvió a decir las mismas palabras a modo de contraseña: tú eres cubana. También ella. Pensé que somos muchos cubanos en México y que yo aun no sabía nada de los que conozco, ni ellos de mí. Empecé a caminar en medio de la ciudad destrozada para hallar zonas con wifi, hasta que me pude conectar y ahí, parada en medio de tanta sirena de ambulancia y de helicóptero sobrevolando, supe de los demás. Estaban vivos.

Lloré al hablar con un amigo y le dije: tengo miedo. Me respondió: no te preocupes que a nosotros, como en los muñequitos de Elpidio Valdés y la abuela de Weyler, nos van a enterrar en La Habana.

 

Texto publicado originalmente en El Toque

Cotización

“Lo que más admiro en los demás es la ironía, la capacidad de verse de lejos y no tomarse en serio”.

Jorge Luis Borges

 

 

Ya me habían dicho, varias veces, la trillada y manida frase de: “Tú vales mucho”. Pero nunca alcanzó una dimensión tan alta como aquella mañana.

Me fui con mi abuela al mercado agropecuario de mi natal Santa Clara. Escogíamos las frutas, vegetales para la semana, frijoles… Cuando pasamos delante de uno de los puestos, un guajiro le soltó a mi abuela, voz en cuello y emocionado:

“¡Abuelaaaaa! ¡Le cambio a su nieta por 20 libras de carne de res!”

Morí de risa y aun años después, lo recuerdo y me río. Nunca antes de ese día tuve un precio real en las balanzas del mercado. 20 libras de carne de res. Yo no sé si me quiso decir vaca o que me quería llevar para su casa. Quizá fue su mejor piropo, porque créanme, ¡en Cuba la carne de res está cara!

Foto de familia

“Detrás de todos los gobiernos,
de las fronteras y la religión
hay una foto de familia,
hay una foto de los dos”.

Carlos Varela

 

Mi voz es de pura sorpresa. Su voz es más bien triste, disfrazada en una risa que sí le sale espontánea. Pese a las distancias, al lodo, la lluvia que lo moja, al mar que tiene cerca y que yo solo imagino, pese al abrazo que solo nos decimos y las lágrimas que nunca dejamos correr cuando hablamos, pese a todo, tenemos una conversación bastante normalita (in full cuban mode):

— Muérete de la risa. Escucha esto (y pone el celular en dirección a un amasijo de sonidos confusos, de instrumentos de viento). Imagínate, estoy en un parque y acaban de llegar los de la Banda Municipal de Conciertos, y ellos creen que tocan bien.

— ¡Ñooooo, pensé que como es el día mundial del Jazz, me ibas a sorprender con musiquita, y mira lo que me has tirao!

— ¡Ah, no, Tata, la de la onda rara esa del jazz eres tú! Yo qué voy a saber qué día es hoy, si ni he visto un almanaque. ¿Estás bien?

— Sí. Estoy bien.

— ¿Y vas a dar una vuelta hoy, a escuchar jazz en alguna parte?

— No. Me quedaré en casa.

— Cuenta, cuenta, que te conozco, ¿qué te pasa?

Y le cuento. Le digo todo (todo sobre unas manos y unos labios), como a un psicólogo que al final te extiende una recomendación (pero él no recomienda nada, solo sonríe). Y en voz más baja, casi en un murmullo, le pido: Dile a Mima. (A Mima, porque él sabe que Mima puede llevar mi diario más íntimo).

— ¿A Mima? ¿Qué le voy a decir, si ya olvidé lo que me dijiste? A ver, si lo repitieras de nuevo…

— Te divierte, ¿no? Te confieso que me pasan cosas muy raras, te las digo, y te divierte.

— Claro, mija, ya sabes lo que creo: que para acercarse a ti hay que ser suicida. Y no pensé que todavía quedara algún suicida en este mundo.

Seguimos hablando, ya entre carcajadas. Los de la Banda Municipal de Conciertos son insistentes en su repertorio destroza-canciones, y nos reímos.

— Hay un cuadro de Víctor Manuel que me recordaste ahora mismo.

— Tú y tus rarezas.

— Sí, mira, porque la niña tiene la cabeza sobre el hombro del niño. ¿O eran jóvenes y no niños? ¿Eran hermanos, acaso? No sé, tengo que volver a verlo…

— Ya me voy, Tata. Me tengo que ir.

Y antes de que yo pueda abrir la boca y despedirme (en una despedida normalita, de las que llevan besos y abrazos), cuelga. Cuelga porque él se sabe mi Cuba y mi bandera, mi Habana y mi Santa Clara (como en la Foto de familia, de Carlos Varela). Y él nunca se ha podido despedir de mí…

 

Si nos dejan…

Júrame
Que aunque pase
Mucho tiempo
Nunca olvidaré el momento
En que yo te conocí.

(Una canción de por ahí…)

 

 

A veces quienes dicen no prometer nada en absoluto son los primeros en caer en la tentación y el juramento. Se juran, por ejemplo, un café en la mañana, un ramo de romerillos, una copa de vino mezclado con lluvia, una ducha, unos labios, o la desnudez sin pudor de quienes pierden la ropa de solo mirarse.

Te prometo amor que solamente
Yo tengo en mi mente pedirte una noche”.

Y les dan (como a Sabina) “las diez, y las once, las doce y la una, las dos y las tres… Y desnudos al anochecer nos encontró la luna”. Juntos.

Terminan dándose más de una noche, y más de un pedazo de piel, porque se prometen rosas y espinas, Principitos y zorras, desafiar lo impensable, derribar muros y puertas, y curarse de viejas heridas.

“Yo te prometo que yo
Seré quien cuide tus sueños
Y cuando tú estés despierta
El que te ayude a tenerlos.

“Yo podría prometerte el mundo
Tu prométeme una madrugada”.

Y vuelve el atardecer y los sorprende sentados la orilla del mar, así como por casualidad, o causalidad, o destino, se encuentran. Y ya solo quieren saber (como Borges) con qué pueden retenerse.

Sí, a veces quienes dicen no prometer nada en absoluto son los primeros en descifrar la grandeza del TE y del QUIERO. Juntos. Si los dejan