Ciclones

                                                                                                      “Nadie sabe en qué noche de octubre solitario,de fatigados duendes que ya no ocurren, puede inmolarse la perdida infancia junto a recuerdos que se están haciendo”.

Mario Benedetti

 

 

Le temo mucho a los ciclones. No sé si por el ruido que hacen al golpear las paredes y los árboles, que promete arrancarlos. O si es por las imágenes que luego veo en la televisión.

Y odio a la TV porque me muestra ciclones, y me recuerda que la temporada dura la mitad del año, como si eso fuera alguna ventaja. Y Entonces me quedo sobresaltada la mitad de todos los años. Y vivo a medias.

Tengo mucho miedo desde que comienza junio hasta que acaba noviembre. Así ha sido desde que pasó aquel que se llamaba Lily y se cayeron tantos árboles que luego yo no podía ir a casa de mi tía hasta que los recogieron de las calles.

Lily se llama una prima mía. ¿Por qué le habrán puesto su nombre al ciclón, si ella no causa esos daños? Es verdad que una vez se escapó de la escuela para ir a jugar al parque, pero la pobre, no merecía que luego sus compañeros de aula hicieran bromas de su nombre a causa del ciclón.

Dice el profesor que me enseñó de historia, mapas y dinastías, que él tiene tres miedos: a la electricidad, a los truenos, y a las ranas. En aquella clase yo nada más recordaba uno, un solo miedo que según los meteorólogos, tiene ojo, velocidad de traslación, y vientos sostenidos.

Pero si rememoro el año del ciclón Lily es porque la casa de mi infancia tenía el techo de tejas viejas. Tejas y vigas. Yo había visto por la televisión la devastación de años anteriores, pero nunca había estado entre vientos intensos. Mis abuelos sí, y como prueba me contaban del Flora.

Yo debí estar muy nerviosa cuando se fue la corriente y el viento gritaba afuera. Mi abuela se empeñó en preparar la carne que había, porque “si esto dura mucho se nos echa a perder”.

En lo que estaba la comida agarré mi mochila, fui para el cuarto y me dispuse a “ayudar”. Hice un pequeño equipaje. Puse ropas de los tres habitantes de la casa, una sábana y una toalla. Todo, para si teníamos que salir corriendo debajo de aquella ventolera.

Por suerte no necesitamos huir, sino hubiésemos tenido que dormir con una sola sábana, secarnos con una sola toalla, y hacer magia con la ropa, pues de ninguno dispuse un conjunto completo.

Y seguí guardando, y rellené el espacio con un jabón, un cepillo de dientes…

A la hora de comer mi abuela sirvió los primeros platos. Pero de la olla había desaparecido la carne. Se alarmó, “cómo, si no tenemos gatos”. La carne estaba en mi mochila. Si teníamos que correr debíamos  llevar también comida, ¿no?

Anuncios

4 respuestas a “Ciclones

  1. Bien por ti, Leydi: bloguera previsora vale por mil. De verdad, estoy impresionado por la coincidencia. De todos modos, si un día coincidimos en una comida, me voy a cuidar mucho de tu mochila. Un beso.

  2. Yo, que de ciclones sé bien poco, lo que más disfruto es la gente revuelta, animada. En el fondo me parece que a la gente le gustan los ciclones– a la gente que no es de Santa cruz del Sur o Pinar del Río– es como si el nuevo acontecimiento los llenara de ganas de hacer cosas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s