Pobrezas

Aquella niña miraba con ojos tristes. El papá la regañaba constantemente por acercarse al resto de las personas que esperábamos la guagua.

Ella tendría unos 6 o 7 años, una ropa sucia y pobre, y nos veía con curiosidad. Se me acercó, tomó mi mano y comenzó a contar uno a uno mis dedos –o parecía que contaba.  ¿Sería ese su medidor para saber si los demás éramos como ella? Luego me dijo los colores de mi pulso, uno que me regalaron hace un tiempo, y me mostró sus manos – sus 10 dedos, como yo- pero desprovista de bisutería.

El papá volvió a reprenderla. La agarró fuerte y le advirtió que no me molestara. Le entregué –recordando Los zapaticos de rosa de Martí – unas galletas y otro pulso que traía. En ese momento dudé qué pobreza es más fuerte: si la de bolsillo o la del alma.

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7 respuestas a “Pobrezas

  1. Por suerte, siempre anda perdido por ahí, lo mismo dentro de una botella que al borde de una parada, algún certero catador de pobrezas para certificarlas y deshacerlas de un golpe, con un azote de ternura.

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