Él

Van Gogh--El sembradorÉl tiene una gorra del equipo de Villa Clara para ponérsela cuando nadie lo hace, cuando nadie cree que ese equipo pueda más. También tiene un pulóver negro con las letras VC (ese no cumple la misma función, pero lo socorrió una mañana que tenía todas sus camisas amontonadas cerca de la lavadora).

De las últimas cosas que ha visto o leído le ha conmovido mi post Huérfana de muñecas y el audiovisual Camionero. Y me lo dice casi culpándome por lo primero, como si él estuviera muy hombre ya para que una chiquilla le remueva las entrañas.

Le encanta el mar y lo tiene cerca, al punto de describirme esa relación así, sin piedad: “pero tú no entras corriendo por una calle y te tiras por la otra de cabeza al mar abierto todos los días”.

Prefiere el ron al wisky, “no porque algunos le llamen la bebida del enemigo, sino porque el sabor de la madera etílica me recuerda mucho lo que quiere el enemigo que yo muerda”.

Adora el cemento blanco, confiesa que no le agrada el cemento gris, y se lamenta porque no existe cemento negro que pueda juzgar… Nada, locuras recientes que él entiende.

Él, en definitiva, hace cosas que nadie hace. Por ejemplo, cuando conoce a alguien primero advierte y exterioriza sus defectos porque –dice- si la persona en cuestión persiste en conocerlo, ya encontrarán las virtudes (y modesto, añade: “si es que las tengo”).

Tiene una respuesta para todo, y una sonrisa por la que el sol le disputaría al mismísimo Rubiera el derecho a salir.

Una vez publiqué sus tres temores (a las ranas, a la electricidad, y a los truenos) y olvidé mencionar que esos son los únicos miedos que ha contado. Ahora no me atrevo a enmendarlo porque, ¿y si ha desarrollado alguna fobia a que lo conmuevan?

La duda me estremece porque el 4 de julio de este año me envió un correo con solo estos fragmentos de A mis cuarenta y diez y La del pirata cojo, ambas de Sabina:

“…pero sin prisas, que a las misas de réquiem nunca fui aficionado….”

“No soy un fulano con la lágrima fácil/ de esos que se quejan solo por vicio./ Si la vida se deja yo le meto mano/ y si no aún me queda mi oficio./ Y cómo además sale gratis soñar/ y no creo en la reencarnación (….) Pero si me dan a elegir/ entre todas las vidas yo escojo/ la del pirata cojo….”

Eso y una promesa de volver a escribir pronto. El “pronto” se alargó hasta este 8 de noviembre y cuando yo no creía que él recordara las letras pendientes, encontré su nombre en mi buzón.

Entonces pensé sorprenderlo con otra botella, en definitiva él está lejos, (si estuviera cerca no le diría todo esto porque me pongo tonta y tartamuda). Con él escribir se me da más fácil que hablar.

Pero bien, que la sorpresa me la llevé yo cuando le envié el cuarto párrafo de todo esto que ahora mismo debe estar leyendo, y me acusó de plagiar la idea de un amigo nuestro. Según él, ese párrafo fue el comentario que el amigo dejó una vez en mi blog.

Le expliqué que era un recuerdo común, y que los recuerdos no pertenecen al primero que los cuenta, sino a todos los que lo vivieron. Le expliqué que yo estuve hasta la una de la madrugada hilvanando estas ideas, que no copié y pegué nada textual, y que por tanto él estaba siendo injusto conmigo. Le expliqué…

Incluso le dibujé mi mezcla de ira y desconcierto con una imagen rotunda: “ahora mismo estoy verde con los ojos rojos”. Pero él debe suponer que mi furia no es tal, o sabrá que lo quiero mucho y a las personas que quiero mucho les perdono todo, hasta que duden de mi originalidad (cuando la tengo).

Todo ese revuelo formé por un parrafito, porque que yo quería sorprenderlo y me esmeré para escribir algo que, aún a deshoras –una de la madrugada- no delatara mi cansancio del día. Cuando puse punto final y releí, ¡me parecía tan lindo!

Y aquí está, con las últimas palabras cambiadas, aumentadas, respondo a la provocación de: “¡Vamos a ver esa barbaridad que haces el sábado! (¡Dios mío, ayúdanos!….)” Ya es sábado, como le anuncié, publico acerca de él.

Él confía en su instinto. A veces más que en su propia mente. A estas alturas debe suponer –puro instinto- que el cuadro de Van Gogh, El sembrador, lo puse con toda intencionalidad. Y que este final no anunciado, todo el rejuego de bravezas y sobresaltos, solo ha sido una jugarreta mía para asustarlo.

Sí, para asustarlo y que sus ojos no terminen de leer todo esto en cierto estado líquido poco agraciado para él. De lo contrario corro el riesgo de que me asegure que “si alguien entra a esta oficina ahora y me ve así, ¡te juro que te mato!” Y si me mata, ¿cómo voy a decirle entonces que él es una de las personas más valiosas que tengo?

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7 respuestas a “Él

  1. Después de tal despliegue… solo creo que cualquiera quisiera ser ¨él¨, solo que si me tocara a mí, tendría una gorra de matanzas, jajaja.

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