sin-cera (y sin velas)

sinceridadConfirmo una vez más que hasta en mis descaros soy sincera. Me pasé casi dos meses sin visitar a mi abuela paterna. Cuando al fin la vi, le llevé un ramo de flores. “Abuela, como hace tanto que no vengo, traje rosas para que el regaño sea menor”.

A un amigo, al abrazarlo luego de varios años, le comento: “ya puedo empezar a mortificarte; porque como hace mucho tiempo no me ves, y ahora solo tenemos par de días para actualizarnos, no los vas a malgastar regañándome”.

Más recientemente llamé por teléfono a una periodista amiga. Una casi madre, casi abuela; muy sabia, y otra vez amiga. Le saludo y ruego me perdone por tantos silencios. Inmediatamente le expongo, desinhibida, que me decidí por el inicio del año porque como en estas fechas todo es paz, ternura, buenos deseos… sabía que no iba a reprenderme. Y le cito el ejemplo primero, el de mi abuela paterna, que luego de mi ramo de flores solo atinó a decirme:

“Ay, niña, ¡tú eres más descarada! Pero una descarada sincera, ¿sabes?”

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