Imprevisible, Benedetti

Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón.

Leo a Benedetti. Y luego releo algunos trozos de lo que un amigo ha escrito. Me siento torpe por las coincidencias que antes no había notado.

Las circunstancias… Antes yo no accedía a Internet con tanta asiduidad, ni me quedaba conectada a Facebook más allá de media hora. Una hora a lo sumo.

Ahora entro, busco las palabras en su blog. Las leo. Las releo. Algunas me las aprendo. Me quedo absorta en lo que escribe. Historia. Filosofía. Política. Literatura. Y tanta vida suya pegada a esas letras.

Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor.

Me alarmó -apenas conocerlo- que anunciara iba a cerrar el blog. En un acto de declaración desesperada, ya no recordando a Benedetti, sino a Neruda, le pedí me dejara leer algunos post.

Para mí, que mis Botellas al mar son lo más parecido a un hijo, no podía permitir que alguien que no parece derrotado se diera por vencido tan fácilmente.

Leí. Y tuve que apurarme a hacer algunos apuntes- convencimientos de por qué no debía abandonar su espacio. Entre mis argumentos, uno muy egoísta: ya sus letras estaban incluidas en mi declaración de adicciones.

Sin temblor de más
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos.

Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna
maldición.

Sin pretensiones de glosar a Mario Benedetti y su Rostro de vos –ya que no dejo más rimas o interpretaciones que estos párrafos deshilachados, volví sobre sus huellas –las de él. Y sobre sus versos –los de Benedetti. Todo intento de evitar una sequía de palabras es válido. Yo quiero que tenga tiempo. Tiempo de escribir.

Mis huéspedes concurren
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos.

Pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan su hambre
miran y miran
y apagan mi jornada.

Hay cuestiones así de imprevisibles. Benedetti lo sabe. Cortázar lo sabe. Neruda lo sabe. Dulce María lo sabe. Yo estoy empezando a saberlo. Que cuando…

Las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van
no queda nada.

Ya mi rostro de vos
cierra los ojos
y es una soledad
tan desolada.

Tan desolada y tan soledad que ha venido a acompañarse de letras de un conocido- desconocido. Dice que me iré en un tren sin despedirme ni mirar atrás siquiera. Al menos así me ve en un sueño que persiste. Me voy con un niño, y él no tiene tiempo de alcanzarme un libro de tapas verdes que quiere darme.
Y yo me desvelo. Yo quiero que tenga tiempo.

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