Monólogo interior

Mi concentración se escapa. Mi sueño también. Me quedan los desvelos y la incertidumbre de no saber qué me sucede. O de saber precisamente qué me sucede. Me enredo cuando intento explicarme a mí misma. Y ningún libro de filosofía me responde. Ni los de poesía.

Busco refugio en palabras que llegan de lejos. Y la lógica indicaría que dos personas, casi totalmente desconocidas, podrían estar más desconfiadas de las letras que viajan en papeles, precisamente por aquello de que el papel soporta lo que le pongan. Pero la lógica tampoco responde. Ni la sensatez.

Y mis argumentos se están tornando más egoístas. Y le digo que no quiero interferir cuando él escribe para dejarle trabajar porque yo quiero leerlo. Quiero leerlo. Y lo que parece un trabalenguas es todo un dilema entre mi razón y mis emociones.

Imploro tener capacidad para controlarme y no irme hacia su buzón todos los días. No irme en un abrazo. Pero cualquier ruego es escuchado excepto ese. A mi Padre Nuestro le robaron precisamente el “No me dejes caer en la tentación”.

Ilustro a una amiga todo esto. Ella me pregunta a quién le escribí el mensaje, y por quién tantos desvelos, y esos pensamientos poderosos. Y sobre todo, lo de Imprevisible, Benedetti. Y Consagración de la primavera. Le digo.

Le digo que me desvela, y me quedo leyéndolo. Que me desvela, claro, porque lo pienso. Y porque tengo mapas y sé de distancias, aunque yo tenga vocación de Penélope.

Le hablo… Le digo de circunstancias, y de Ortega y Gasset, y otra vez de Benedetti… y que no quiero agobiarlo con tantas letras mías, pero sigo escribiéndole sin límites porque me alivia saberlo bien. Me alivia saber que ha tenido un día tranquilo. O que ha descansado.

— ¿Y ya le dijiste todo esto?
— ¿Decirle qué?
Y continúo hablando. Le digo de miedos. Tengo miedo.
— ¿Miedo tú? Si eres una de las personas más valientes que conozco.
— Tal vez no sea tan valiente. O solo lo sea cuando se trate de defender opiniones. De defender la familia. Defender a las personas que quiero. Defender lo que pienso.

Me desahogo. Mi amiga sale de sus silencios. Nota que en verdad me estoy diciendo todo esto a mí, en voz alta, porque lo necesito. Necesito saber qué me sucede. Y ella –dice- ya lo sabe.

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