Mamá, no te “vayes”…

miedo a la oscuridadDicen que mis desvelos comenzaron desde temprana edad. Cuando todas las luces de la casa se apagaban, yo empezaba a llorar.

El pediatra dijo a mis padres que yo padecía de “miedo nocturno”, literalmente temor a la oscuridad. Término este que -ante la fuerza de mis lamentos- mi familia modificó a terror, pánico nocturno.

No hubo otro tratamiento que dejar alguna lámpara encendida. Tal vez si me hubieran leído alguna historia antes de ponerme en la cuna…

Me dicen, además, que cada madrugada, cuando todo parecía tranquilo, si alguien despertaba a tomar agua o ir al baño, y yo lo escuchaba, comenzaba a gritar alto, muy alto: “Mamá, no te vayes…” “Mamá, no te vayes…”

Una y otra vez gritaba. Repetidamente. Parada en la cuna, y alcanzando malamente a sostenerme de la baranda, con mi escaso tamañito.

Quizás al miedo a la oscuridad se le sumaba el temor al desamparo. A que mi madre se fuera a atrabajar y no regresara. Eso pienso ahora. En ese entonces yo solo sabía que mi mamá se iba, y yo no volvía a verla hasta la tarde. Hasta la tarde yo no volvía a ser feliz.

¿Desamparo? ¿Soledad?

Una aparente soledad que insisto en reclamar en estos tiempos. Aparente –digo- pues sé que al amanecer mi familia estará ahí, al alcance de un abrazo. Sin que yo tenga que despertar otra vez gritando: “Mamá, no te vayes…”

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