añoranzas

niña-espaldas-en-campo-trigo2Los otros estadios no huelen igual. No saben igual. No me pertenecen. Y no les pertenezco.

El mío, el único estadio que extraño en el mundo, queda lejos. Lejos. Lejos…

Con mi padre y mi hermano ahí también crecí. Nos esmerábamos en terminar rápido los quehaceres hogareños para que mami no nos retuviera en nuestra escapada. “Que no se lleven a la niña” –reclamaba infructuosamente- porque la niña era la primera en apuntarse cuando mencionaban la palabra estadio.

Ahí, desde esas gradas, disfruté, sufrí, me sumé a los coros que gritaban al árbitro. Y aplaudí. Aplaudí como aplaudiría en un teatro. Salté. Salté como se suele saltar en conciertos. Me estremecí. Me estremecí como lo hacía en el cine.

Aún me estremezco de solo recordar el estadio. Mi estadio. El mío y no otro.

Definitivamente los otros no huelen igual. No saben igual. No me pertenecen. Y no les pertenezco.

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