No me busques, ya me he ido…

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Hay personas que se empeñan en reaparecer cuando perciben que las palabras ya no les corresponden. Escribo de poemas intensos, de abrazos para contrarrestar el frío que empezaba a calar por dentro. Y reaparecen.

No dicen a tiempo, pero se aferran en volver a destiempo. Solo por el egoísmo de quedarse sin alguien que les deje palabras en tropel. Palabras por correo, palabras en mensajes, palabras en botellas.

Yo, que de un tiempo a esta parte he aprendido que los afectos –cuando pasajeros- llevan fecha de caducidad, cuando quiero decir algo, me desbordo. Como ahora, contra todo manual establecido.

Sobre todo porque no quiero que me suceda como en los versos de Dulce María Loynaz:

Vivía- pudo vivir- con una palabra apretada entre los labios.
Murió con la palabra apretada en los labios.
Echaron tierra sobre la palabra.
Se deshicieron los labios bajo la tierra.
¡Y todavía quedó la palabra apretada no sé dónde!

O como la Última noción de Laura, de Mario Benedetti…donde, luego de tantos silencios, ella admite que:

Usted Martín Santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
(…)
usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin su vida.

Decir a destiempo es dejar morir las palabras. Tal vez por esa razón, cuando he escrito de soledades o de extrañar a alguien, y reaparecen personas que nunca pronunciaron las suyas, yo –de visceral que soy- los convierto en fantasmas. ¿Por qué vienen? ¿Por qué en ese momento? ¿Querían que me aprendiera sus palabras? Qué pena. Lo siento. Llegan tarde… Aun cuando esté sola, cuando esté acompañada, o cuando me abrace a alguien –o no-, desconfío profundamente de aquellos que dicen te quiero a destiempo.

Para ellos -como Alfonsina Storni- no estoy. “Le dices que no insista, que he salido…”

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5 respuestas a “No me busques, ya me he ido…

  1. Hola, te saludo a destiempo, acabo de llegar de la Ciénaga, mi nuevo refugio, y en la distancia pensé en tus noches sabineras pasadas por vino, tenía muchas ganas de leer tu blog, brillante este post, como todo lo que haces, hasta cuando lastimas lo consigues hacer con suavidad, solo al final uno descubre que le creció una cicatriz que apenas sintió, tienes toda la razòn, la desconfianza es la mejor receta, es casi un precepto griego: vivir dudando de todo, y de todos; ahora que te leo me da por pensar en nuestro socio sabina, porque a veces yo también quisiera reír como llora Chavela…..

    1. No, no dije que la desconfianza sea la mejor receta. Textual: desconfío profundamente de aquellos que dicen te quiero a destiempo.
      Y confío, y mucho, en quienes me tratan con cierta transparencia.
      Chavela es irrepetible. Creo que ni tú, ni yo sabrá reír como llora Chavela…

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