…pasada por piano

paraguasEstoy escuchando a Ignacio Cervantes –le digo. Y es demoledor, y lo último que quiero es echarme a llorar con ese piano de Cervantes que me devuelve trozos de mí. Trozos. A mí en pequeños trozos…

Me comenta que en días así también llora con Cervantes. Y con Bebo y Chucho. Y con la Camerata Romeu que le interpreta piezas de José María Vitier. Y no sé si con Lecuona… Yo lloraría con la música de todos ellos en este instante.

A sabiendas de que las lágrimas cuando estorban hay que soltarlas, me pregunta si puede terminar de destruirme.

Claro –pienso- como si fuera las ruinas de un edificio que hay que tirar para levantar -en su lugar- uno nuevo.

Me asalta con una canción. Otra. Otra…

Piano y más piano. Y se revuelven mis tristezas y mis lluvias. Se revuelve todo y me quiebro un poco.

Ahora sí pueden recogerme en menudos pedazos –le comento- como en el poema de Byrne.

Y para aliviarle su “¡Ay, chica, no me digas eso!” le aseguro que hoy, irremediablemente, yo iba a llorar. Con o sin música. Pero con música hasta las lágrimas saben mejor.

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