Rómpeme y tírame a la basura

Abel Invernal es mi amigo. Y me jacto diciéndolo. Es mi amigo aunque nos separe un mar de distancia, aunque casi no lo vea, aunque no haya estado en esa estación de tren la noche que pasó el mayor frío de su vida, aunque me le escurra cuando podemos vernos, aunque aún le deba mi visita a su “Villa de París”.

Con Abel Invernal yo trataba de hablar solo de literatura. Ese es un tema que bien se le da. Es una de las personas más eruditas que conozco. Pero irremediablemente pasábamos de la literatura a la política. Y terminábamos asqueados.

Me escapé la última vez que pude verlo. Y lo hice porque no quería hablarle frente a frente de mis depresiones, que estaban muy lejos de ser tan asfixiantes como las suyas. Cada cual tenía su cuota de tristeza en esos días. Mezcla de tristeza y coraje de ver cómo nos han destruido a Cuba, muro a muro, calle a calle. Y se nos cae ese techo nacional sobre nuestras cabezas.

Pero yo no quería verlo a él. A Abel Invernal, y decirle, mirándole a los ojos, que mi realidad era menos asfixiante que la suya, que ya no pertenezco a ningún medio de prensa cubano, que ya no me pagan por publicar lo que ellos quieren, que ya no me tocaría lidiar con los funcionarios del gobierno y “los invisibles”, como él les llama.

“Los invisibles” son los miserables. Pero no los miserables de la novela de Víctor Hugo, sino personas míseras, hostiles, que asumen muy bien su papel de policía del pensamiento a lo George Orwell, y te advierten en privado que todo lo que tú escribes como periodista en Cuba –absolutamente todo- será revisado por ellos. Y te investigan, y te recuerdan (puro chantaje) –que aunque te vayas del país debes mantener perfil bajo y no hablar mal del gobierno cubano porque “tienes familia en Cuba”.

Abel Invernal nunca fue una cuenta falsa en las redes sociales. Como nada de falso tiene en la vida. Abel Invernal fue el seudónimo que utilizó Maykel González Vivero desde que se creó el perfil de Facebook. Y lo hizo para insinuar que vivía en un invierno –si bien también en un infierno. Lo hizo con la misma irreverencia conque José Martí vestía de negro guardando luto por la Cuba oprimida.

Pero ahora lo denuncian por escribir para un medio de prensa no estatal en Cuba, le denuncian además la cuenta digital, buscando que se la cierren, le quitan el único empleo fijo que mantenía en la radio cubana –precisamente sobre literatura, ese tema que tanto adora.

“Los invisibles” se lo habían advertido. Él había escrito sobre varios temas que incómodos para el gobierno cubano. Y le advirtieron que no siguiera escribiendo. Que se callara. Que debía atrincherar sus ideas. Que tenía familia…

Pero Abel Invernal no sería él si hubiera obedecido. Él no estudió en escuela militar para recibir órdenes. Pero vive en un país regido por militares. Y no obedeció. No obedeció en un país donde la obediencia es ley.

Abel Invernal es mi amigo. Por encima de leyes, de mares, de imposiciones políticas, o de frontera alguna. Es mi amigo y nuestro pensamiento no difiere en mucho. Solo que él siempre ha tenido la valentía que a mí me falta. La intrepidez que a mí me falta. Las agallas que a mí me faltan.

Él es más de lo que yo seré. Pero yo tampoco sería yo si siguiera ensordecida, obediente, airada cada vez que me recuerdan que tengo familia…y otra vez silencio.

Yo tampoco estudié en escuela militar para recibir órdenes. Aunque haya pasado mi vida entera en un país regido por militares. Aunque mi familia viva en ese país donde la obediencia es ley. Yo también me harté. Y no obedezco.

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