A la orilla del mar

…Y cuando crees que naufragas en tu mar propio, sin botella con mensaje que te salve, alguien construye un puente, te jala del brazo, y te sujeta fuerte:

“Deseo que esté todo bien por allá mientras intento aferrarme al poder de las palabras para hacerme sentir cerca desde este rinconcito en donde amanecí embriagándome entre tus botellas con la voz de Sabina repicando en mis oídos (…) te ofrezco una imagen tomada el sábado pasado mientras salía a hacer unas fotos por encargo. De camino sentí la obligación para conmigo de dejar de pedalear para oprimir el obturador de la cámara. No hubo margen a recomposición de imagen. Sabía que era la mejor toma y quise llevármela conmigo… con la mera intención de hacértela llegar luego como premisa de quien te espera de pie… ansioso por verte regresar a esta orilla tan tuya”.

Me la entrega junto a un abrazo de los que me consta son únicos, por “rompehuesos”. De esos abrazos que une cualquier pedazo suelto sin cirugías. Me aferro al mensaje como el náufrago a su tabla. Al menos hoy puedo decir, como José Martí, que “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”.

Regreso a la orilla del mar, sin ahogos ni alucinaciones. Me abraza, y estoy a salvo.

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