atril

Idilio a orillas del mar, Joaquin Sorolla

Diez años después de que el barco saliera del puerto, que navegara por varios mares sin rumbo fijo y sorteara calmas y tempestades, ya cuando el navegante sentía el cansancio y añoraba tierra firme, encontró un mensaje en papel amarillento.

En sus memorias, tiempo después, escribiría:

Yo estaba vestido de habanero, tú dijiste adiós con la mirada mientras que sonaba un tal Romeo en un balcón de la vieja Habana. Y a lomos de un unicornio azul te perdiste por el malecón, yo me hice la señal de la cruz, tú no me dejaste otra elección (…) De repente, tú cambiaste de semblante: me empezaste a ver galante, yo te dije “eres mi atril”. Luego por fin bailamos, yo prometí no pisarte, tú eras cien libras de arte y me empezaste a acalorar.

Eres mi atril…Eres mi atril…Así se repite diez años después, contemplando aquel paisaje soleado en el que todavía quedan muchos pedazos de mar por descubrir. 

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