levedad

— Cuando en verdad te mueras, ya no tendré lágrimas para llorarte.

— ¿Por qué lo dices?

— Porque te has muerto muy seguido, en mis sueños. Y te lloro muy seguido, en mis sueños. Tal vez por eso vengo cada mañana a tomar el café contigo, y en las tardes prendo velas a la virgen para que me aleje esas pesadillas.

— ¡Quédate! Si tanto me lloras, quédate…

— No. Nos aburriríamos. Moriríamos de tanto aburrimiento. Y el aburrimiento es una pena imperdonable.

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