Certezas

Papá querido: Debo confesarte varias cosas. ¿Recuerdas cuando mi hermano y yo nos peleábamos por la reproductora de música y tú nos decías que estábamos discutiendo por un pedazo de chatarra? Tenías razón. Tú siempre tienes razón. Pero en ese entonces mi hermano y yo necesitábamos discutir por cualquier cosa: un sacapuntas, una jarra, una película, una fritura, un trompo… Éramos niños y eso es lo que hacen los niños y más si son hermanos, pelearse por todo. Nos decías que teníamos que compartir los juguetes, la comida, los libros, y te mirábamos atravesado, hacíamos como que no escuchábamos, y seguíamos peleando. Ya crecimos, papá, mi hermano creció más que yo, pero crecimos… ahora “nos tapamos” como dices cada vez que uno encubre al otro y hasta nos inculpamos para que no regañen al otro. Ese otro -entendimos después- es la otra mitad, si es que existe eso de las mitades y las naranjas picadas al medio. Ahora nos contamos hasta los chismes de barrio y nos reímos las gracias, aunque digas que la única que le ríe las gracias a él soy yo. Otra cosa: ¿Recuerdas cuando nos llevabas de niños a buscar lagartijas? Y jugábamos un rato con ellas como si fueran perritos pequeños, amarradas con un lacito, y luego las soltábamos, como mismo hacíamos con los cocuyos que atrapábamos en las noches, porque tú nos decías que esos animalitos tenían familia y si no los dejábamos libres las familias se iban a preocupar. Bueno, ahora tengo una lagartija en mi habitación, y se llama Yuya. Ya sé, es raro que un animal conviva conmigo y doblemente raro que tenga nombre. Yo nunca los nombro. Tengo un amigo que dice que cuando uno pone nombre a una mascota se encariña más, la hace parte de la familia. Debe ser por eso que yo ni tengo mascotas ni pongo nombres, porque no me gusta encariñarme, ni tener mascotas. Ya sabes: nada de animales cerca por más de un día, a menos que sean aves, porque las aves siempre las he necesitado en mi vida. Y aun así, no las poseo. Pero Yuya entró una tarde y se posicionó debajo de mi cama. Intenté que se fuera, pero resultó inútil. He dejado la puerta abierta para que escape pero no sale, no quiere irse. La he agarrado par de veces y siento cómo todo su cuerpo palpita, como si se fuera a infartar, aunque no sé si las lagartijas infarten, supongo que sí…y la vuelvo a dejar donde mismo porque me da lástima. No con ella, sino conmigo, porque si la desalojo volveré a estar sola. Algo más: ¿Recuerdas que siempre que estoy en una situación de esas llamadas embarazosas me escurro alegando que soy torpe? Por lo regular, casi siempre me funciona. Bueno, recientemente una amiga necesitó que cargaran a su hijo de dos meses y antes de que yo pudiera iniciar mi oración de torpezas y explicara que nunca he sostenido en brazos a un bebé tan chiquito y que se me iba a romper, y todas esas estupideces que suelo decir…antes de poder siquiera abrir la boca, ya tenía al niño en mis brazos y a su madre dándome indicaciones de cómo alimentarlo y cambiarle el pañal. Fue algo similar a aquella vez que en una boda lanzaron el ramo y yo, que ni me puse en la fila de las solteras, solo tuve que abrir las manos para que las flores no cayeran al suelo, porque yo iba pasando y el ramo me pegó directamente en el pecho… ¿recuerdas? ¡Inexplicable! Algo así como que en un juego de pelota el cátcher indique que el de primera va a robar base y el pitcher se vire y lance para el center field. Ah, me faltaba contarte que hace poco publiqué en Facebook la imagen del ultrasonido de Yunia, sí, tu sobrina, y muchos empezaron a felicitarme por mi embarazo. Este mundo, te digo, anda loco, aunque yo les repita que lo de “por obra y gracia del Espíritu Santo” solo sucedió una vez. Un beso, papá, y dile a la cotorra que me perdone: 16 años conmigo y aun se llama coti…

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