Cuba Libre

Ilustración de Conrado Massaguer

Hay en el mundo una mujer que se llama Dalia. Y es mi tía.

Dalia me contó, en el balcón de la casa de mi abuela Dominga, en Santa Clara, que cuando ella se fue de Cuba, solo se pudo llevar a sus hijos. Y digo “solo” como si con eso no se llevara todo lo necesario… porque literalmente se llevó un hijo en cada mano, sin más equipaje que la ropa que llevaban puesta.

“No dejaban sacar nada. Recibían un telegrama anunciando que te había llegado la salida y como los del gobierno lo leían antes, enseguida iban a hacerte un inventario en la casa, hasta de los juguetes. Te daban una fecha para que salieras de tu casa, no importaba si tenías o no dónde esperar hasta el viaje. A la niña no le pudieron quitar la esclavita de plata cuando pasó por la aduana, porque la tenía atorada. A mí sí me quitaron mi anillo de bodas.”

“Las cartas llegaban ripiadas, allá mis hermanos tenían que ponerse a armarlas, como un rompecabezas, para saber qué decían. No sé por qué lo hacían, pero en el Correo las cortaban en trocitos.”

Dalia me contó Cuba a través de su vida. Una Cuba que yo desconocí hasta esa tarde-noche en el balcón de la casa de mi abuela Dominga. Una Cuba a la que yo había tenido acceso solo a través de libros ya eliminados de librerías y bibliotecas, y que algún amigo me prestaba, forrado en papel periódico. Esa era la forma de prestarnos los “libros prohibidos”, incluso dentro de los muros de las instituciones estatales: envueltos en su propia propaganda.

Pero Dalia me mostraba esa historia vívida, en la que se estremecen hasta las tripas. A veces no hay mejor manera de contar la historia que con otra historia. La personal. Un país es eso: un conjunto de historias personales que se entretejen.

Ya sus hijos, los niños que salieron de Cuba solo con la ropa que llevaban puesta, son mayores. Ahora regresan a Cuba a ver a su familia, y a ver cómo la casa que tenían se convirtió en cuartería, a palpar el sentir de los hombres y mujeres que les son contemporáneos, pero que nunca fueron a la misma escuela. La escuela a la que ellos fueron quedaba a más de 90 millas. No ir a la misma escuela es muy importante. Las más de 90 millas son muy importantes.

Ahora regresan. No ven la abundancia de la que escucharon en los discursos verde olivos, ni el azúcar exportado al por mayor, ni las tierras sembradas a diestra y siniestra… La Cuba que recuerdan vive solo ahí: en el recuerdo. La prosperidad que les habían prometido, de la que suponían estarse perdiendo todos estos años, fue solo eso: promesas.

Una tarde, luego de una caminata, de esas en las que se reviven las historias, Dalia y yo nos sentamos a pedir un trago en un bar de la calle Martí, en Santa Clara.

— ¿Qué va a querer? Le preguntó el cantinero.

— Dame una mentirita -le respondió ella.

— ¿Qué le de qué? Y afianzó en mí la mirada, como pidiéndome que le pasara en limpio aquella nota, como si necesitara una traducción.

— Que quiere un Cuba Libre.

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