Aprendiz

─ ¿Y tú qué le dijiste?

Esa era la pregunta más temida cuando llegaba llorando o con alguna queja o a contar mis peripecias, en las que alguien me había insultado o había sido injusto conmigo.

Dicen que esa pregunta frecuentemente la hacen los padres. Conmigo, la frecuencia e intensidad de esa pregunta, la gana mi prima. Yunia.

Cada vez que llegaba a contarle algo y ella preguntaba, con toda su pose de ofendida: ¿Y tú qué le dijiste? Yo sabía que otra vez me había dejado ganar por knock out. Después de esa pregunta, invariablemente venía el regaño y el reproche, también a modo de interrogante: “¿por qué te les quedas callada?”

Yunia tiene la misma edad que yo. Pero aprendió no solo a defenderse antes que yo. También aprendió a lavar, cocinar, limpiar, y llevar una casa antes que yo. Y a sobrevivir en la jungla de asfalto que es la calle del día a día, antes que yo, que vivía en mi burbuja.

Dicen que de niñas, cuando aprendimos a caminar, nuestros padres nos echaban a pelear, como si fuéramos gallos de pelea, y la valla era la sala de la casa de mi abuela Dominga. Dicen que desde entonces, al llegar al medio del ruedo, yo volvía veloz hacia mi papá. Veloz y llorando, porque no quería pelear. No sé si era porque no quería pelear con ella o simplemente porque demoraría muchos años en saber cómo responder a las peleas o discusiones de los demás.

Digamos que Yunia, de cierta forma, me enseñó a pelear. O a defenderme -que no es lo mismo, pero es igual.

Llegar a ella y que me preguntara “¿Y tú qué le dijiste?” era acceder lentamente a mi propio enterro. La última vez que me lo preguntó, acto seguido salió en mi defensa, y casi sale, además, a buscarme, aunque tuviera que manejar 19 horas. El abusador en ciernes se ganó su cólera, y un cierre -punto final de la discusión- que lo dejaría en manos de la providencia divina, a las puertas de San Pedro, con transferencia directa no al cielo, sino al infierno: “La dejas tranquila, y solo te diré algo más: de aquí nadie se va debiendo, Dios te pondrá en tu lugar”.

Después de eso entendí que debía responder ante el abuso, salirme del perímetro de protección que me garantizaba mi familia, y aprender a golpear con palabras. Yunia me diría -meses después- que se cumplió la profecía de que el alumno supera al maestro. A veces me dice que afloje…pero me lo dice con cierto orgullo porque he aprendido la lección. Es entonces cuando me dice, así en general: “Estoy orgullosa de ti”, y en ese momento las lágrimas se me escapan, porque la orgullosa de ella siempre he sido yo.

Lo que ella no sabe que tuve que aprender -no tanto para que los demás no me siguieran pasando por arriba a lo bulldozer, sino por el miedo que me daba llegar a ella sin una respuesta para su pregunta:

─ ¿Y tú qué le dijiste?

2 comentarios sobre “Aprendiz

Agrega el tuyo

  1. Muy lemotivo. Me encantó. Solo k un virgo no tolera ver una pifia ortográfica, y mucho menos en otro Virgo. Profecía en lugar de profesía. Gracias por el post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: