Paul

— El niño, Paul, no es mi hijo, es mi sobrino. O sea, el bebé de Yunia que es mi prima, no mi hermana (entonces ya el niño no sería mi sobrino…) pero ella, que me conoce desde 1987 y desde entonces ha soportado mis alegrías y torpezas, el pelearnos por la raspa de harina de mi abuela Dominga, y los desahogos emocionales… Ella, que tiene la misma cantidad de años que yo, que crecí admirándola… ella es lo más cercano a una hermana que tengo.
Cuando nació mi hermano, Alberto, el único hermano papá y mamá mediante, Yunia y yo teníamos 3 años. Cuentan que nos llevaron a las dos juntas a conocerlo. Aún la familia recuerda mis gritos descontrolados en pleno hospital materno: “¡Nooooooo, no lo veas! ¡No lo veas tú, que ese niño es mío!”
29 años después – o sea, ahora- ella sigue siendo mejor persona que yo. Y más madura que yo. Fíjense que me manda fotos del bebé en vez de -en pleno uso de la venganza que le está permitida- andar gritándome: “¡Nooooo, no lo veas, que este niño sí es mío!”

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