Madre de la Caridad

La primera vez que mi madre me encomendó a la Virgen de la Caridad, yo aún estaba en su vientre. Le pidió que me protegiera, que yo fuera una persona saludable y tuviera suerte.

La protección —según ella— no tardó en llegar. Vino el mismo día en que nací: me sacaron con fórceps, y ella, madre primeriza de 27 años, me revisó completica apenas me tuvo en sus brazos, y respiró aliviada. No tenía ninguna malformación. Varias personas le habían contado historias de horror y misterios sobre las complejidades del parto y cómo un fórceps podía malograr una vida.

El deseo de salud, me dice, también se lo cumplió. No fui una niña enfermiza. Mis padres no tuvieron que cuidarme el sueño en un hospital. Salvo la faringitis y un soplo en el corazón, puedo alegar que mi único paso por la zona de doctores ha sido para chequeos de rutina o alegar que me desmayaré en defensa propia en el próximo análisis de sangre.

Dice mi madre que yo soy una persona con suerte, que todo me sale bien. Y para sustentarlo, dice que nací en septiembre. Dos días después del 8, que es el día de la Virgen. Contra ese argumento de mi madre no puede nadie: ni los filósofos, ni los sociólogos, ni los psicólogos… Nadie.

Iglesia del Buen Viaje. Santa Clara. Cuba

Cuando decidí irme a estudiar a México, mi madre volvió a encomendarme a la Virgen de la Caridad. Se sentó en un banco de la Iglesia del Buen Viaje y le pidió que velara por mí, ya que no podía hacerlo ella personalmente.

Fue así como una madre se quedó en Cuba, cuidando a mi hermano, y la otra se fue conmigo. Al menos eso cree mi madre, y la sola idea la calmó.

Luego de dos años y medio en México, un terremoto, otro viaje —esta vez improvisado— y un nuevo país, mi mamá aún prende vela a la Virgen, porque claro, a ella le dio la honrosa misión de cuidarme. Y la vida de una hija no se le confía así a cualquiera. Todo apunta, me dice, a que lo está cumpliendo.

Ermita de la Caridad. Miami. Estados Unidos

Mi familia puede catalogarse como católica no practicante. Esto es, que no van todos los domingos a misa, pero me dan una estampita de la Virgen para que guarde en mi cartera, me llevaban a alguna peregrinación el 8 de septiembre o al Santuario del Cobre.

En el Cobre justamente fue donde escuché que la Virgen de la Caridad era también Oshún. O Cachita, la Virgen mambisa. Pensé que, si era todos esos nombres, podía ser también mi madre. Y la de muchísimos más.

No recuerdo la primera vez que fui a la Ermita. No fue de los primeros lugares que visité cuando llegué a Miami. Pero recuerdo particularmente una vez que estuve.

La tía de mi mejor amiga acababa de morir. Murió de cáncer, en Camagüey, y ella no podía viajar de inmediato. Cuando alguien querido muere y estamos tan lejos, lo más cerca que estamos de Cuba es en un pedazo de mar. Por eso le dije que la acompañaba. Sin hablar. Sin notar siquiera que yo estaba ahí. La acompañé a la Ermita porque ella quería sentarse a llorar y no hay mejor lugar para llorar que un sitio donde te sientas menos desamparada.

Iglesia del Buen Viaje. Santa Clara. Cuba (II)

No sé si la Virgen de la Caridad me protege, si le debo mi salud, o lo que mi madre llama “mi suerte”. Sé esto: a ella se encomiendan los que se van de Cuba y los que se quedan en Cuba. Muchas personas confían más en la Virgen de la Caridad que en el sistema político.

La última vez que viajé a la Isla, fui con mi madre a la iglesia. No fue algo planificado: pasábamos por ahí y entramos. No sé qué habrá pedido o agradecido mi madre. Solo supe del momento en que me miró y mis lágrimas también salían a saludar.

La primera vez que mi madre me encomendó a la Virgen de la Caridad, yo estaba en su vientre. Ahora, casi 33 años después, ahí sentada, yo le estaba encomendando a mi familia. Supongo que la Caridad es un poco eso: la imagen maternal del reencuentro, la posibilidad de otro abrazo, el anhelo de sentarnos a orillas del mar a mirar Cuba. A llorar. O no.

(Publicado originalmente en OnCuba)

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