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Archive for the ‘botellas’ Category

atril

Idilio a orillas del mar, Joaquin Sorolla

Diez años después de que el barco saliera del puerto, que navegara por varios mares sin rumbo fijo y sorteara calmas y tempestades, ya cuando el navegante sentía el cansancio y añoraba tierra firme, encontró un mensaje en papel amarillento.

En sus memorias, tiempo después, escribiría:

Yo estaba vestido de habanero, tú dijiste adiós con la mirada mientras que sonaba un tal Romeo en un balcón de la vieja Habana. Y a lomos de un unicornio azul te perdiste por el malecón, yo me hice la señal de la cruz, tú no me dejaste otra elección (…) De repente, tú cambiaste de semblante: me empezaste a ver galante, yo te dije “eres mi atril”. Luego por fin bailamos, yo prometí no pisarte, tú eras cien libras de arte y me empezaste a acalorar.

Eres mi atril…Eres mi atril…Así se repite diez años después, contemplando aquel paisaje soleado en el que todavía quedan muchos pedazos de mar por descubrir. 

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Tengo una amiga que se llama Jenny Pombo. Su frase más famosa, luego de un “Por favorrrrrrrrr” con la r arrastrada a ras del suelo, es soltar un estruendoso: “¡Aflójame las trenzas!”. Es, como ella misma se define, una persona tocaísima, fuera de serie, escapá. Y como diría un ser fino y divino de París llamado Elizabeth para calificar a personas como ellas: “es que estamos después de la coma y los tres puntos suspensivos, somos una talla muy aparte, estamos a otro nivel…”

Jenny Pombo y Elizabeth -siempre reina- son de las personas que quieres tener cerca para reírte a carcajadas, para tomarte un café riquísimo, contar desilusiones o pedirle descaradamente que te den parte de su comida, porque te gusta lo que están comiendo. Son más energizantes que las bebidas que recomiendan cuando haces ejercicios, y tienen esa luz natural de quien es sincero. Son de los bichos raros y valiosos a los que casi se les marca la aureola celestial encima de la cabeza y sudan agua bendita de lo bien que se portan (“¡Aflójame las trenzas!”)

Para no cansar: que son muy cultas y divertidas, no se andan mirando a los demás por encima del hombro y no envidian (HIN-BI-DIA, diría una). En estos días estaba conversando con alguien que se cree el ombligo del mundo por dos o tres autores que puede citar de memoria. “Sapingos intelectualoides”, dirían en mi tierra. Y con nebulosa incorporada. Cuando ya me estaba obstinando al límite de mi capacidad le dije, con la mayor convicción y convencimiento del que soy capaz: “Citando a la famosa y nunca bien ponderada Jenny Pombo en una de sus obras más populares: ¡Aflójame las trenzas!”

Aún debe estar buscando quién es la tal Jenny Pombo esa que él no conoce, qué libros ha escrito, y en qué obra popular es que está esa frase de “¡Aflójame las trenzas!” Debe tener loco a Google pero nunca, bajo ningún concepto, admitió que no sabía quién era. La arrogancia no se lo permite.

En su casa, con una taza de café mediante, Jenny debe estarse riendo.

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Se derrumba una parte de la ciudad y se desborda el río. El poeta muere con una esquela en su mano:

“Son las dos de la tarde.

Tener amigos por solo una semana,
es el oficio más triste del mundo.
Y he aquí que los viajeros se consuelan
dando una falsa dirección:
disimulan sus lágrimas poniendo en hora los relojes.

En París, casi siempre, son las dos de la tarde.”(1)

Los relojes se detienen para verlo pasar: ataúd, escombros, y poeta. Un amasijo de letras y polvo. Todos los relojes del mundo, sincronizados, marcan las dos de la tarde.

 

(1) Yamil Díaz Gómez (Discurso en una esquina de Paris)

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Quiero llorar, pero no puedo

terremoto en México 2017Desde el 19 de septiembre no lloro. No lloro y lo que veo dan ganas de gritar y llorar y derrumbarse como los edificios. Yo creo que, como muchos edificios, estoy agrietada, pero no me derrumbo aun.

No puedo llorar, o más bien, no debo. Miro a mi alrededor y casi todos quieren llorar, pero no deben, o están bloqueando emociones, como yo. En los centros de acopio, junto a los carteles de clasificación: agua, ropa, medicinas, juguetes, pañales y comidas para bebés…hay personas sentadas con otros carteles: Terapia psicológica. Nadie se acerca a contarle sus traumas. Y no porque no tengamos qué contar, sino porque estamos muy enfocados en seguir moviéndonos como hormigas laboriosas y no paramos a pensar en cuán dañados estamos.

Ayer mientras me duchaba me descubrí moretones en los brazos y en las piernas que no tenía, o que tal vez traigo desde el 19 de septiembre, pero que no había tenido tiempo de mirar. También siento a cada rato que el piso se mueve, y me espanto. Y pregunto a los demás si ellos también lo sienten o solo yo estoy enloqueciendo. Y sí, todos sienten que tiembla, todos estamos aterrados de que vuelva a sacudirse la tierra. Aun así, nadie se detiene a llorar.

Creo que el mantenerse en las calles, quitando escombros o en centros de acopio, alerta al gobierno de que no queremos que paren las búsquedas, que nadie valora como posibilidad inminente que tiren los edificios que peligran o que quiten los escombros ellos con maquinaria pesada, cuando los familiares de desaparecidos aun los buscan. En este país ya ha habido demasiados desaparecidos que no han buscado, como para permitirnos abandonar nuestras posiciones. Sí, porque México ahora es como un campo de batalla con posiciones muy estratégicas que cada cual defiende.

Creo, estoy convencida, que el día en que el gobierno pare las labores de rescate y empleen maquinarias para remover escombros y terminar de demoler, ese día todos vamos a volver a llorar. Ese día sentiremos que el terremoto fue más fuerte.

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– ¿Sayo, traes tus papeles?

– Traigo mi identificación siempre conmigo, porque si me muero no quiero que me entierren como indigente.

Ese podría ser para muchos un mal chiste, pero quien esté en la Ciudad de México ahora mismo, sabe que la muerte es una realidad. Dicho eso nos fuimos a ver dónde podíamos ayudar: centros de acopio, albergues, mover escombros o transportar  donaciones.

Sayonarah Rocha es estudiante de doctorado, es brasileña y está en México por dos meses. Eso era todo lo que sabía de ella hasta el día del terremoto. Eso, y que mide más o menos 1.50 metros, y que se ponía nerviosa de tan solo pensar en la alarma sísmica. En Brasil no hay terremotos que la espanten, así que desde que llegó a México, ella se declaró aterrada ante la posibilidad de protagonizar un terremoto.

Quien la ve no piensa que podría mantenerse en pie, inquebrantable, ante algún desastre natural, y mucho menos ante uno desconocido para ella. Sin embargo, después del terremoto del 19 de septiembre en México, ella lloró una sola vez. No conozco a nadie que ese día no haya llorado de miedo, al menos una vez.

Ella vio toda la destrucción, los escombros, los desaparecidos. El miedo la hizo más valiente. Quiso ayudar, pero tenía poco dinero y lo que más se necesitan son donaciones: agua, medicamentos, ropa, pañales y comidas para niños, alimentos…

No tenía mucho dinero para comprar esas cosas, así que después de dos noches sin dormir por la impotencia de no poder hacer demasiado, se atrevió a escribirle a sus amigos y solicitarles le enviaran dinero. Sus amigos, que saben que ella es una persona honesta y que ha estado asustada, comenzaron a depositarle: 10 reales, 20 reales, 50 reales. Y Sayonarah, una y otra vez, sacaba la calculadora para transformar los reales en pesos mexicanos y saber cuánto podría comprar.

Anoche, mientras dormía, Sayonarah creyó escuchar la alarma sísmica y se espantó. Despertó muy asustada y creyó que su cama se movía, al igual que las paredes. “Estoy enloqueciendo”, pensó. Necesitaba sentirse útil para no enloquecer, por eso hoy escribió a sus amigos y les pidió dinero para donaciones. Y salió a la calle a ayudar. Hoy, dice, será la primera vez desde el terremoto que va a poder dormir.

Está más tranquila porque sabe que mañana va a poder donar agua, medicamentos, y algo más si el dinero le alcanza para algo más. Sus amigos confiaron en ella, saben que cada centavo será para las víctimas del terremoto.

Sus amigos, desde lejos, ayudarán a que ella pueda dormir, que no enloquezca, que no tenga miedo. Sus amigos saben que Sayonarah ha sido una mujer valiente.

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Foto: Mario Guzmán (EFE)

La primera vez que viví un terremoto en México, el 8 de septiembre de 2017, me asusté tanto que pensé hacer las maletas y regresarme a Cuba. Entonces fue un temblor de magnitud 8.2 con epicentro en Chiapas, casi en la frontera con Guatemala. En la capital mexicana apenas se sintieron movimientos oscilatorios, pero mi susto fue tal que me cuestioné qué hago yo aquí, a fin de cuentas, entre un terremoto en este país y un huracán entrando a Cuba, prefiero el viejo conocido, al menos los ciclones se pronostican, los sismos no.

Ese día y al otro, algunos mexicanos bromearon conque todo había sido una mala pasada de la naturaleza al escucharlos ensayar, para las fiestas patrias del 15 de septiembre, el himno nacional:

“Mexicanos, al grito de guerra
el acero aprestad y el bridón,
y retiemble en sus centros la tierra.
al sonoro rugir del cañón.”

Sí, hicieron chistes, porque para burlarse de las desgracias, el mexicano también se parece al cubano.

Hasta entonces mi mayor miedo en este país era escuchar la alarma sísmica, esa alerta que funciona en la zona metropolitana de la Ciudad de México y que cuando registra a lo lejos un epicentro de mayor de 5 grados, se activa un minuto antes de que las ondas sísmicas lleguen a la capital, y en esa mezcla de sirena y de audio va repitiendo: “Alarma sísmica, alarma sísmica…” y se apaga justo en el momento que empieza a temblar. O que se supone que empieza a temblar. A veces, la mayoría de las veces, era tan imperceptible que la única que temblaba era yo.

Este 19 de septiembre de 2017, la alarma sísmica no se activó a tiempo. El centro del temblor fue tan cerca (en Puebla, a unos 200 kms de la capital mexicana) que no tuve el aviso que tantas veces me había asustado en balde. La alarma no sonó un minuto antes, nos descontaron esos segundos de sobrevivencia. Muchos no pudieron evacuar y quedaron atrapados mientras las paredes crujían y los cristales caían estrepitosamente al suelo. Las lámparas parecían péndulos. Los edificios se sacudieron hacia los lados y a la vez, de arriba abajo, como si la tierra los quisiera despertar de un letargo de años.

El terremoto fue de 7.1, pero ahora no se fue a la frontera con Guatemala, se ensañó en el mismo centro. Y yo me estremecí también con más fuerza. Las calles se llenaron de personas y de escombros. Los altoparlantes y radios alertaban de no encender cigarros porque podía haber fugas de gas, que nadie regresara a los edificios hasta que se evaluara la infraestructura, porque muchos de los que no colapsaron estaban a punto de venirse abajo. En las calles los carros parecía marea: unos trabajan de escapar de la ciudad, otros de ir por sus hijos a las escuelas. Todos escapaban de algo, todos iban hacia alguna esperanza.

La comunicación estuvo entrecortada, había muchas zonas sin conexión. Las llamadas no salían de México, el terremoto se había tragado también muchas voces, los había convertido en gritos. Salí a ayudar, se necesitaba mucha ayuda para mover escombros. Un muchacho mulato y delgado que traía en su mochila un perrito me escuchó hablar y me dijo: tú eres cubana. Y sí, él también lo era. Más tarde una mujer rubia, con su bebé de meses, me volvió a decir las mismas palabras a modo de contraseña: tú eres cubana. También ella. Pensé que somos muchos cubanos en México y que yo aun no sabía nada de los que conozco, ni ellos de mí. Empecé a caminar en medio de la ciudad destrozada para hallar zonas con wifi, hasta que me pude conectar y ahí, parada en medio de tanta sirena de ambulancia y de helicóptero sobrevolando, supe de los demás. Estaban vivos.

Lloré al hablar con un amigo y le dije: tengo miedo. Me respondió: no te preocupes que a nosotros, como en los muñequitos de Elpidio Valdés y la abuela de Weyler, nos van a enterrar en La Habana.

 

Texto publicado originalmente en El Toque

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Cotización

“Lo que más admiro en los demás es la ironía, la capacidad de verse de lejos y no tomarse en serio”.

Jorge Luis Borges

 

 

Ya me habían dicho, varias veces, la trillada y manida frase de: “Tú vales mucho”. Pero nunca alcanzó una dimensión tan alta como aquella mañana.

Me fui con mi abuela al mercado agropecuario de mi natal Santa Clara. Escogíamos las frutas, vegetales para la semana, frijoles… Cuando pasamos delante de uno de los puestos, un guajiro le soltó a mi abuela, voz en cuello y emocionado:

“¡Abuelaaaaa! ¡Le cambio a su nieta por 20 libras de carne de res!”

Morí de risa y aun años después, lo recuerdo y me río. Nunca antes de ese día tuve un precio real en las balanzas del mercado. 20 libras de carne de res. Yo no sé si me quiso decir vaca o que me quería llevar para su casa. Quizá fue su mejor piropo, porque créanme, ¡en Cuba la carne de res está cara!

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