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Archive for the ‘botellas’ Category

– ¿Sayo, traes tus papeles?

– Traigo mi identificación siempre conmigo, porque si me muero no quiero que me entierren como indigente.

Ese podría ser para muchos un mal chiste, pero quien esté en la Ciudad de México ahora mismo, sabe que la muerte es una realidad. Dicho eso nos fuimos a ver dónde podíamos ayudar: centros de acopio, albergues, mover escombros o transportar  donaciones.

Sayonarah Rocha es estudiante de doctorado, es brasileña y está en México por dos meses. Eso era todo lo que sabía de ella hasta el día del terremoto. Eso, y que mide más o menos 1.50 metros, y que se ponía nerviosa de tan solo pensar en la alarma sísmica. En Brasil no hay terremotos que la espanten, así que desde que llegó a México, ella se declaró aterrada ante la posibilidad de protagonizar un terremoto.

Quien la ve no piensa que podría mantenerse en pie, inquebrantable, ante algún desastre natural, y mucho menos ante uno desconocido para ella. Sin embargo, después del terremoto del 19 de septiembre en México, ella lloró una sola vez. No conozco a nadie que ese día no haya llorado de miedo, al menos una vez.

Ella vio toda la destrucción, los escombros, los desaparecidos. El miedo la hizo más valiente. Quiso ayudar, pero tenía poco dinero y lo que más se necesitan son donaciones: agua, medicamentos, ropa, pañales y comidas para niños, alimentos…

No tenía mucho dinero para comprar esas cosas, así que después de dos noches sin dormir por la impotencia de no poder hacer demasiado, se atrevió a escribirle a sus amigos y solicitarles le enviaran dinero. Sus amigos, que saben que ella es una persona honesta y que ha estado asustada, comenzaron a depositarle: 10 reales, 20 reales, 50 reales. Y Sayonarah, una y otra vez, sacaba la calculadora para transformar los reales en pesos mexicanos y saber cuánto podría comprar.

Anoche, mientras dormía, Sayonarah creyó escuchar la alarma sísmica y se espantó. Despertó muy asustada y creyó que su cama se movía, al igual que las paredes. “Estoy enloqueciendo”, pensó. Necesitaba sentirse útil para no enloquecer, por eso hoy escribió a sus amigos y les pidió dinero para donaciones. Y salió a la calle a ayudar. Hoy, dice, será la primera vez desde el terremoto que va a poder dormir.

Está más tranquila porque sabe que mañana va a poder donar agua, medicamentos, y algo más si el dinero le alcanza para algo más. Sus amigos confiaron en ella, saben que cada centavo será para las víctimas del terremoto.

Sus amigos, desde lejos, ayudarán a que ella pueda dormir, que no enloquezca, que no tenga miedo. Sus amigos saben que Sayonarah ha sido una mujer valiente.

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Foto: Mario Guzmán (EFE)

La primera vez que viví un terremoto en México, el 8 de septiembre de 2017, me asusté tanto que pensé hacer las maletas y regresarme a Cuba. Entonces fue un temblor de magnitud 8.2 con epicentro en Chiapas, casi en la frontera con Guatemala. En la capital mexicana apenas se sintieron movimientos oscilatorios, pero mi susto fue tal que me cuestioné qué hago yo aquí, a fin de cuentas, entre un terremoto en este país y un huracán entrando a Cuba, prefiero el viejo conocido, al menos los ciclones se pronostican, los sismos no.

Ese día y al otro, algunos mexicanos bromearon conque todo había sido una mala pasada de la naturaleza al escucharlos ensayar, para las fiestas patrias del 15 de septiembre, el himno nacional:

“Mexicanos, al grito de guerra
el acero aprestad y el bridón,
y retiemble en sus centros la tierra.
al sonoro rugir del cañón.”

Sí, hicieron chistes, porque para burlarse de las desgracias, el mexicano también se parece al cubano.

Hasta entonces mi mayor miedo en este país era escuchar la alarma sísmica, esa alerta que funciona en la zona metropolitana de la Ciudad de México y que cuando registra a lo lejos un epicentro de mayor de 5 grados, se activa un minuto antes de que las ondas sísmicas lleguen a la capital, y en esa mezcla de sirena y de audio va repitiendo: “Alarma sísmica, alarma sísmica…” y se apaga justo en el momento que empieza a temblar. O que se supone que empieza a temblar. A veces, la mayoría de las veces, era tan imperceptible que la única que temblaba era yo.

Este 19 de septiembre de 2017, la alarma sísmica no se activó a tiempo. El centro del temblor fue tan cerca (en Puebla, a unos 200 kms de la capital mexicana) que no tuve el aviso que tantas veces me había asustado en balde. La alarma no sonó un minuto antes, nos descontaron esos segundos de sobrevivencia. Muchos no pudieron evacuar y quedaron atrapados mientras las paredes crujían y los cristales caían estrepitosamente al suelo. Las lámparas parecían péndulos. Los edificios se sacudieron hacia los lados y a la vez, de arriba abajo, como si la tierra los quisiera despertar de un letargo de años.

El terremoto fue de 7.1, pero ahora no se fue a la frontera con Guatemala, se ensañó en el mismo centro. Y yo me estremecí también con más fuerza. Las calles se llenaron de personas y de escombros. Los altoparlantes y radios alertaban de no encender cigarros porque podía haber fugas de gas, que nadie regresara a los edificios hasta que se evaluara la infraestructura, porque muchos de los que no colapsaron estaban a punto de venirse abajo. En las calles los carros parecía marea: unos trabajan de escapar de la ciudad, otros de ir por sus hijos a las escuelas. Todos escapaban de algo, todos iban hacia alguna esperanza.

La comunicación estuvo entrecortada, había muchas zonas sin conexión. Las llamadas no salían de México, el terremoto se había tragado también muchas voces, los había convertido en gritos. Salí a ayudar, se necesitaba mucha ayuda para mover escombros. Un muchacho mulato y delgado que traía en su mochila un perrito me escuchó hablar y me dijo: tú eres cubana. Y sí, él también lo era. Más tarde una mujer rubia, con su bebé de meses, me volvió a decir las mismas palabras a modo de contraseña: tú eres cubana. También ella. Pensé que somos muchos cubanos en México y que yo aun no sabía nada de los que conozco, ni ellos de mí. Empecé a caminar en medio de la ciudad destrozada para hallar zonas con wifi, hasta que me pude conectar y ahí, parada en medio de tanta sirena de ambulancia y de helicóptero sobrevolando, supe de los demás. Estaban vivos.

Lloré al hablar con un amigo y le dije: tengo miedo. Me respondió: no te preocupes que a nosotros, como en los muñequitos de Elpidio Valdés y la abuela de Weyler, nos van a enterrar en La Habana.

 

Texto publicado originalmente en El Toque

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“Lo que más admiro en los demás es la ironía, la capacidad de verse de lejos y no tomarse en serio”.

Jorge Luis Borges

 

 

Ya me habían dicho, varias veces, la trillada y manida frase de: “Tú vales mucho”. Pero nunca alcanzó una dimensión tan alta como aquella mañana.

Me fui con mi abuela al mercado agropecuario de mi natal Santa Clara. Escogíamos las frutas, vegetales para la semana, frijoles… Cuando pasamos delante de uno de los puestos, un guajiro le soltó a mi abuela, voz en cuello y emocionado:

“¡Abuelaaaaa! ¡Le cambio a su nieta por 20 libras de carne de res!”

Morí de risa y aun años después, lo recuerdo y me río. Nunca antes de ese día tuve un precio real en las balanzas del mercado. 20 libras de carne de res. Yo no sé si me quiso decir vaca o que me quería llevar para su casa. Quizá fue su mejor piropo, porque créanme, ¡en Cuba la carne de res está cara!

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Júrame
Que aunque pase
Mucho tiempo
Nunca olvidaré el momento
En que yo te conocí.

(Una canción de por ahí…)

 

 

A veces quienes dicen no prometer nada en absoluto son los primeros en caer en la tentación y el juramento. Se juran, por ejemplo, un café en la mañana, un ramo de romerillos, una copa de vino mezclado con lluvia, una ducha, unos labios, o la desnudez sin pudor de quienes pierden la ropa de solo mirarse.

Te prometo amor que solamente
Yo tengo en mi mente pedirte una noche”.

Y les dan (como a Sabina) “las diez, y las once, las doce y la una, las dos y las tres… Y desnudos al anochecer nos encontró la luna”. Juntos.

Terminan dándose más de una noche, y más de un pedazo de piel, porque se prometen rosas y espinas, Principitos y zorras, desafiar lo impensable, derribar muros y puertas, y curarse de viejas heridas.

“Yo te prometo que yo
Seré quien cuide tus sueños
Y cuando tú estés despierta
El que te ayude a tenerlos.

“Yo podría prometerte el mundo
Tu prométeme una madrugada”.

Y vuelve el atardecer y los sorprende sentados la orilla del mar, así como por casualidad, o causalidad, o destino, se encuentran. Y ya solo quieren saber (como Borges) con qué pueden retenerse.

Sí, a veces quienes dicen no prometer nada en absoluto son los primeros en descifrar la grandeza del TE y del QUIERO. Juntos. Si los dejan

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Deja que te hable de mis sueños

que tras el tiempo se escondieron

pero que contigo han vuelto.

Jarabe de Palo (Realidad o sueño)

 

 

Te miro y tiemblo, como en aquella canción que nunca escuchamos. Tal vez por la lluvia y lo gris del día –o a pesar de la lluvia y del gris del día- se revuelven aquí dentro todos los recuerdos que no hemos tenido:

La noche que invocaste a Galeano porque tenías una mujer atravesada entre los párpados, la desnudez inquebrantable que describiste minuciosamente citando a Dalton, y aquel par de poemas que no deben ser para nadie más, porque nadie más entendería Los formales y el frío, o Los amorosos, como nosotros.

El atardecer frente al mar. Y el vino tinto, y el cumpleaños inventado para celebrar, fuera de fecha, porque el día que todos fueron yo no llegué a tu fiesta. Y los conciertos en casa, con Sabina, Ana Belén, Melendi, Buena Fe, Serrat, Carlos Varela, Enya, Adele, Lecuona…

Tu mano en mi rostro cuando yo te decía, como Carilda, que eras mi Muchacho loco, y que Me desordeno. Tus brazos cuando me envolvías en ese abrazo tuyo.

Los libros de Kundera en la madrugada, las fotos viejas que no nos hicimos, los versos de Martí y las citas de Fernando Ortiz y Guillén que nos volvieron ajiaco y mezcla de congo y carabalí.

Las veces que busqué a tientas tu mano, los ramos de romerillos que adornaron la mesa, el café acabado de colar, las conversaciones largas mientras derrumbabas las murallas de La Habana y domesticabas a este animal salvaje.

La noche que reescribimos A la orilla de la chimenea, solo porque mencionamos par de estrofas: Puedo ponerme cursi y decir / que tus labios me saben igual,/ que los labios que beso en mis sueños.

La madrugada que se esfumaron los miedos, y la cordura se quedó en el mínimo. La noche que se hizo día mientras te pedía una y otra vez: mírame. Mírame, porque ya me perdí, y estoy loca. Y te quiero.

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tiemblo

Si hubiera respondido: bien, a la pregunta de esa noche, habría mentido miserablemente, y en mayúsculas.

¿Cómo estás? Casi todos me preguntaron, cuando la tierra dejó de moverse. ¿Cómo estás?

Y no, yo no estaba bien. No podía estarlo, acababa de vivir el único terremoto, sismo, temblor o en su sinónimo: el miedo que me estremeció los cimientos.

Mientras el edificio se movía hacia los lados, toda yo estaba temblando también. De miedo.

No tuve tiempo de un último pensamiento para nadie (en caso de que fuera la última vez que pensara), estaba demasiado atenta a no caerme de mis propias piernas.

Duró más de un minuto el movimiento telúrico, y pasaron horas para que yo parara de llorar, para que pasaran mis mareos y para que decidiera que la cama era otra vez un lugar seguro.

Aun cuando todo se detuvo, yo no dejé de temblar. Mis amigos me preguntaban: ¿cómo estás? Y yo no podía disfrazar mi realidad. Si hubiera respondido: bien, a la pregunta de esa noche, habría mentido miserablemente, y en mayúsculas.

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Los huracanes me asustan al borde de las lágrimas. Desde niña, cuando el techo de mi casa se quebraba un poco más cada año y los vientos se enfurecían contra mi isla caribeña. Cada huracán me arrancaba de tajo las sonrisas. Fueron los días más infelices que recuerdo. Aun hoy, cuando el techo de mi casa resiste las ráfagas, me ensombrezco cuando anuncian que algún fenómeno de esos tocará alguna parte de Cuba.

Hoy, justamente hoy, mi familia se adelantó a la felicitación por mi cumpleaños, porque temen que Irma, ese engendro del mal previsto a pasar por Cuba, tire toda comunicación. También hoy una gran amiga se adelantó, ella vive en Miami (la otra orilla, porque Cuba vive en dos orillas). Me ha escrito el mensaje más hermoso que podría recibir hoy. Lo publico, por lo inesperado de la sorpresa, porque ambas amamos a Joaquín Sabina, y porque me desanubló el día:

“Adelantado por si Irma no me deja….

Llevo días viendo los post de tu cumple y pensando que canción de Sabina podía dedicarte, el repertorio es largo y aunque tengo algunas (muchas) que son favoritas no sabía cuál escoger. 40 y 10 que en tu caso serían 20 y 10 es excelente para la ocasión, pero por que no Rosa de Lima con Jimena que tuvo sueños rodando por peldaños de caracol, o Princesa Barbi Super Star si tú eres la supervedette de este cuento. Pensé en Bruja que está a la espera de su príncipe azul pero es mejor vestirse de la Magdalena y a veces y adentrarse en La negra noche y disfrutar del milagro de los besos robados… Como no acordarse de benditos malditos cuando tú eres una rara excepción. Te deseo hoy que no vivas en el número 7 de la calle Melancolía, que cierres los bares y que hagas excesos, que sea peor para el sol y que al final mañana lo niegues todo. Que te seques esas lágrimas de mármol y que seas por un rato una Chica Almodóvar que te pongan un whisky sin soda y que no te cierres nunca por derribo, que no sean los últimos versos los que escribes pues no voy a negarte que has marcado estilo sin despeinarte ( o más bien despeinada) por el agudísimo filo de la navaja y además tienes que escribir el “blog” más hermoso del mundo… Y aunque él (J.S.)no quiere 14 de febreros ni cumpleaños feliz yo si deseo que tus 30 bailes más que nunca el rocanrol de los idiotas y que cuando te despiertes no recuerdes nada de la noche anterior por las demasiadas cervezas ( o tequilas). Que seas como Chavela una gata valiente de piel de tigre con voz de rayo de luna llena. Y sal del boulevard de los sueños rotos a defender el pan y la alegría con esa boca que es tuya… Túmbate como Eva a tomar el sol para si te dan a elegir escojas la del Pirata Cojo con pata de palo porque si de algo estoy segura es que hay más de cien mentiras que hacen que no nos tomemos las pastillas para no soñar … Y como ves este texto está lleno de puntos suspensivos porque mismo si hay amores que pasan hay otros nuevos que llegan puesto que la vida es como el tren de Leningrado póngase sus medias negras y no permita la virgen que hayan noches de bodas sin que primero te den las 10 y las 11…. Pisa el acelerador que quien más quien menos ha robado o le han robado el mes de abril pero siempre puedes comprar septiembre en las rebajas de enero… Haz mucho ruido sin romper cristales, pásate 19 días y 500 noches de fiesta y cuando amanezca por fin bájate en Atocha o en Madrid ( que es el mejor equipo) y con más (pero mucha más) pena que gloria disfrute de los TA y que se mueran todos los peces por su boca y esta loca no escribe más por hoy…
De tanto pensar decidí regalarte todas todas las canciones de Sabina, nadie las merece más….”

Gracias, Elizabeth López Rodríguez

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