Noticias desde Friolandia

Friolandia (Foto: cortesía del autor, o sea, A)

Friolandia es un lugar muy… frío, claro. O al menos eso dice él. Y si no lo dijera él, yo lo sabría por las fotos que me manda, donde hay mucha nieve, y solo en determinadas épocas del año hay primavera y sol y días dignos de ir a la playa o a la montaña.

Él, que no se llama él, sino A, es la única persona que conozco en Friolandia, y por tanto, todas las noticias que recibo de ese país, me llegan directamente a través de su vida. A, que tampoco se llama A, y claro que tiene un nombre completo, como su madre -y Dios- manda, no le gusta que lo mencione porque se sonroja al leerse en mis textos. O al menos eso dice.

Yo he escrito de él otras veces, pero solo él lo sabe, y luego me hace reclamos y me dice que no lo eleve tanto, que es una persona simple y con defectos. Y entonces a mí me da por mencionarle sus virtudes y decirle que es mi héroe porque, literal, me ha salvado en varias ocasiones (entre ellas, de un terremoto). Además, también me regaló la foto que tengo de fondo de pantalla en el celular, y que algún día, cuando yo tenga casa propia, la voy a poner en un marquito en la sala de mi casa para que todo el que me visite la vea.

Llegado este punto me parece estarlo oyendo: “¡Qué mala eres, Juliana!” porque yo, aunque no me llame Juliana, y él mismo reconozca que soy #PuraTernurita, me dice así: Juliana. Una vez me pidieron escribir con un seudónimo -cosa que no hice- y lo único que venía a mi mente era ese nombre: Juliana.

Le dije que haría un libro de sus hazañas, que son muchas, en verdad, y que lo haría por dos razones principales:

  • Porque me gusta sonrojarte.
  • Porque eres lo más cercano a un héroe que conozco.

Creo que no me hizo caso, o pensó que bromeaba. Lo cierto es que terminé de escribirle y comencé a teclear todo esto de un tirón. También lo hago como travesura. Verán: cuando logro que se sonroje o que se ponga incómodo con mis halagos, él, A, se pone a divagar y a hablarme de cosas que a veces no entiendo. Como una vez que me dio una clase técnica de los Boeing, o la noche que me explicó hasta cómo reparar un carro…

Yo pongo entonces mi mejor cara de picardía y leo todo el sermón que me envía en textos. Textos breves unas veces, largos otras -depende del tiempo que tenga para regañarme- donde me dice que no, que él no es un héroe, y me sugiere libros de personas que sí lo son. Yo anoto los títulos y sigo con la mirada más pícara que nunca. Y me divierte cómo trata de convencerme mientras me repite hasta el cansancio que no, que no debo escribir sobre él.

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