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brevedad

annas-himmel2-1I

Escribir –decía Montserrat Roig– es un juego de solitarios.

Vivir a veces también lo es.

II

Como bola de billar que rueda -de un lado al otro, siempre a golpes- así pasa el tiempo suyo.

El suyo –cree- va de un lado al otro, entre golpes…

tu-ceviche_ii

Foto: Cortesía de @Tu_ceviche

El escritor Alberto Salcedo Ramos escribió una vez que hay platos preparados con tanta exquisitez que uno no sabe si comérselos, o enmarcarlos y ponerlos en la pared.

Yo nunca entendí ese silogismo entre la gastronomía y una obra de arte. Para mí, tan metida en mis libros, en mi mar y en mi café, solo eso podía ser digno de perpetuar: las historias, el sonido de las olas, el olor de un café recién colado. Ni más ni menos.

Y así estuve, sonriendo con escepticismo cada vez que releía aquella crónica de Salcedo Ramos.

Y como al que no quiere caldo se le dan tres tazas, y no se debe decir: De esta agua no beberé…el azar (bueno, una amiga) me llevó a comer ceviche. Me llevó porque quería compartirme su descubrimiento. Según ella era uno de los mejores lugares donde había ido a comer, y estaba en la calle Centenario 31-B, cerca de dos puntos que yo adoro: el centro de Coyoacán, y la cafetería El Jarocho.

Fui, con el mismo escepticismo conque terminaba de leer la crónica aquella de Salcedo Ramos. Tal vez por esa incredulidad solo le dije al chef: “Prepárame el ceviche que quieras, solo que no tenga picante”. Así como diciéndole: “Sorpréndeme”.

Me quedé mirando cada detalle del lugar: los contrastes de colores, los adornos minimalistas en las mesas, la limpieza, las servilletas de tela negra con letras blancas, la madera. Sí, se activaron mis sentidos y me descubrí acariciando la madera de la mesa y de una banca, llevándome los adornos con los ojos, oliendo la comida que se elaboraba y encantada con la música. Solo me faltaba comer el ceviche.

Y yo, que cuando estoy de malas soy la terquedad en dos pies, que salí de casa a regañadientes esa tarde, estaba más dispuesta a encontrar algún defecto que a admitir que ese pedazo de Coyoacán me había cambiado el semblante. Así que pedí pasar al baño –pero el baño también me gustó y por un momento pensé quedarme ahí un rato.

Yo, que cuando estoy huraña busco polvo hasta en las mesas acabadas de limpiar, me sentí felizmente derrotada: no había polvo en aquellas mesas. Y ya en un acto extremo de no dar mi brazo a torcer, miré al techo…pero tampoco había telarañas.

Sí, me fui a todos los extremos (parecía más inspectora de sanidad que comensal), mas, tuve que admitirlo: no quería salir de casa, no quería entrar a ningún lugar nuevo, y sin embargo, ahí estaba, extasiada mientras me aprendía el nombre: Tu ceviche.

Me trajeron el ceviche y lo probé. Y me sorprendí. El chef (tal vez intuyó que yo había estado de rezongona husmeándolo todo) me preguntó si me había gustado. Y yo no sabía cómo describir aquellos sabores. O sí sabía (pero me pareció demasiada atrevida la respuesta, y la dejé en mi pensamiento). Estaba increíble. Hasta deseos tuve que hacerle oración: “san Tu_ceviche que estás en la tierra…”

Me trajeron el ceviche y creo que ha sido la primera vez que le hago una foto a mi comida, porque estaba linda. Muy linda, además de deliciosa. Después de ese día he regresado varias veces. He regresado porque aquella tarde yo entendí que hay platos preparados con tanta exquisitez que uno no sabe si comérselos, o enmarcarlos y ponerlos en la pared.

quc3a9-es-periodismo-narrativoI close my eyes
Only for a moment
And the moment’s gone
All my dreams
Pass before my eyes
That curiosity

Dust in the wind
All they are is dust in the wind

Kansas

 

 

Había una vez…

Pero no, esta historia no empieza así. No existió un “Había una vez…” Las historias así requieren tiempo, mucho tiempo, y ellos solo tuvieron los días justos para describirse a medias, conocerse a medias, y lanzarse, también a medias, a un intercambio breve, brevísimo, de palabras.

Existieron letras que iban y venían de un continente a otro, de un país a otro, de una persona a otra. Luego fueron imágenes. Mezcla de palabras, fotografías que se complementaban, y los complementaban.

Es posible, claro que es posible, querer saber de alguien que apenas conoces. Y pedirle fotos de lo que ve, e intentar ver a través de sus ojos. Y querer un dibujo del atardecer, un dibujo con palabras.

No. No existió un “Había una vez…” porque las historias así requieren tiempo, y ellos en definitiva no se verán ni conversarán. Solo pretendieron construir un espacio digital y entrañable donde contarse sus historias con letras e imágenes.

Y así fueron quedándose… Y así fueron yéndose.

En definitiva los puentes digitales suelen ser efímeros, como el polvo en el viento…

reconstrucción

gatoÉl la ve de lejos y tal vez no repara mucho en ella, pero ella queda ahí, frente a él. Él se irá pronto, ya se ha llevado en los ojos cuanto ha querido, también a muchas como ella. Ella queda como siempre: inmóvil. Otros como él, otros distintos de él, la han habitado. Y se han ido. Luego, solo queda reconstruirse.

fantasmas

fantasmaTerminaron de hablar y juraron no volver a verse. Ella nunca hacía juramentos, pero esa vez se lo juró a sí misma –no solo a él.

Años después, muchos años después, se reencontraron en otra ciudad. Se saludaron como par de desconocidos –al menos eso pensó ella. Se saludaron como si no hubiera pasado el tiempo –al menos eso pensó él.

Ya ella se iba, caminando en otra dirección, cuando él la detuvo para decirle de pasiones lejanas y de sueños morbosos, de lugares por visitar y de nombres de hijos.

Él escuchó cuanto no hubiera querido escuchar. Escuchó cuánto la golpearon sus palabras, escuchó que ella lloró una vez, una sola vez, y se lo arrancó de esa vez y por todas, con unas pocas lágrimas.

Él lo sabía. Sabía que cuando terminaran de hablar, ella habría terminado de decir todo cuanto quería, y luego se iba a ir a llorar, pero a llorar una sola vez, y que ella cuando olvida no vuelve a recordar.

Se despidieron, ahora sí definitivamente. Eso pensaron los dos, hasta que años más tarde ella volvió a ver aquel nombre en su buzón de correo electrónico.

persistencias

pecescometa“Regálame un atardecer”. Casi con la insistencia del Principito que pedía que le dibujaran una oveja, con la urgencia de quien no puede esperar, le pidió la imagen de un atardecer.

También al otro día, y al otro.

Un atardecer. “Regálame un atardecer”.

Pero su necesidad era auténtica e inconfesable. Un atardecer…

Silvio y Serrat

trovaNo suele embriagarse en desvelos, mucho menos por quedarse viendo fotos a mitad de madrugada. Pero hoy continúa -como adicto- viendo fotos y y cubriéndose con canciones.

                              

“Como gasto papeles recordándote
como me haces hablar en el silencio
como no te me quitas de las ganas
aunque nadie me ve nunca contigo”.

Silvio Rodríguez

“No hay nada más bello
Que lo que nunca he tenido
Nada más amado que lo que perdí
Perdóname si hoy busco en la arena
Esa luna llena que araba el mar”.

Joan Manuel Serrat

 

Hay imágenes que le quitan el sueño. Hay una foto, o dos, que le devuelven la esperanza de que al despertar, va a beber de esa taza de café. Y entonces se duerme, esperando que sea la mañana. Y al fin…