Ítaca

Cuando despertó, Odiseo aun no estaba allí.

Penélope se acercó otra vez –una más- a los hilos y los acarició como si entretejiera su destino.

 

“…ella le pidió que la llevara al fin del mundo.
Él puso a su nombre todas las olas del mar…”

Pero se extravió en el regreso. Ella nunca lo supo. Ítaca quedaba lejos…

Anuncios

alegorías

Un pedazo de mar envuelto por unas manos cariñosas le dibujó una sonrisa. Un auténtico regalo para quien se dice y desdice en medio de naufragios y botellas al mar.
Arena, conchas, caracoles… todo azul y un trocito de verde. Ahí cabe la felicidad, que a veces viaja en formas insospechadas.

“¿Qué es en definitiva el mar?
¿por qué seduce? ¿por qué tienta?
suele invadirnos como un dogma
y nos obliga a ser orilla.”

Como tabla de náufrago llegó a su isla.
Primero fueron las fotos, y los sonidos: esas aguas enviadas trozo a trozo para calmar añoranzas. El mar… en el que ya ardieron todas las naves y soplaron todas las brisas. Y desde un muelle lejano, alguien espera el reencuentro. Se anuncian más bienvenidas que despedidas. Hay puerto seguro.

Con regalos así, ¿quién dijo que todo está perdido?
El mar…

“…el mar no se avergüenza de sus náufragos.”

pliegues

Vio su habitación: colorida, intensa, como acabada de salir de un cuadro de Miró. Observó a su alrededor y sonrió con ese amanecer. Le gustaron los colores, la mañana, la habitación… El día antes había soñado con hacerlos duraderos. Perdurables. Quiso atrapar ese instante también en un cuadro… pero no sabría qué hacer pincel en mano.

Volvió a sonreir, pero ahora con más nostalgia y torpeza que en la última sonrisa. En su rostro había arrugas. Recordó la última luna, y el último amanecer sin esos pequeños pliegues. Quiso recuperar su tiempo, “…pero ya no era ayer sino mañana”. Un día más. Maldito Miró. Bendito Miró.

Lev

Coyoacán, Ciudad de México.

Dos turistas, mapa en mano, tratan de ubicar la calle Viena, y en ella el museo que otrora fue la casa de León Trotsky; ese lugar donde vivió desde que se alejó tormentosamente de la Casa Azul de Frida Kahlo. Ese lugar donde transcurrieron varios meses de 1939 y 1940 en los que aparentemente no pasaría nada… y sin embargo sucedieron los dos atentados: el primero fallido, el segundo definitivo.

Los dos turistas se detienen frente a una mujer, porque creen que los orientará mejor que un mapa. Si es residente de esa zona, ella debe ser, por ende, una mujer-brújula. Y ellos la necesitan.

— Señora, por favor, ¿Puede decirme cómo llegar a la casa de León Trotsky?

Y sin vacilar demasiado, ni mostrar extrañeza alguna, les respondió:

— Lo siento. Yo hace poco que me mudé y aun no conozco bien a los vecinos. No sé dónde vive el tal León ese que ustedes buscan.

Magia

Cuántas veces subí las escaleras para mirar tus ojos, para hojearlos…

Y sigue subiendo, y sigue cayendo, ante el deseo de esa sola sonrisa.

Lo mira mientras ríe, le encanta que le encante esa risa de niño grande que llena todo de energía, como las famas y cronopios de Cortázar, como las noches estrelladas de Van Gogh, como las últimas líneas de una novela de Hemingway. Como él…

Lo mira como si fuere al mismísimo terco violinista que nadie conoce:

Contra todo pronóstico hoy existe/ un terco violinista que asegura/ que el amor nunca le resulta triste/ ni la existencia le parece dura.

Cada vez que descubre algo sublime, ella exclama con asombro: ¡Magia!

A él lo mira así cada día, como si fuera magia. Y es magia. Es magia poder mirarse en esos ojos, y sonreír con esa sonrisa.  

Inventario

Desde niña me gustan las flores blancas, las que otros negaban por descoloridas, a mí se me antojaban ideales para soñar. Ese contraste de blanco sobre verde me mantenía en paz, era como el lienzo virgen que todo pintor desea.

Yo nací en una ciudad sin mar, dentro de una isla donde la maldita circunstancia del agua por todas partes me obliga a sentarme en la mesa del café. La cercanía con el mar yo la imitaba con un ramito de flores dentro de un vaso de agua que ponía sobre la mesa de la cocina, y me quedaba ahí mirando los pliegues de los pétalos, como si fueran olas, hipnotizada por la textura.

En honor a la sinceridad, desde niña me gustan todas las flores, del color que fueran. Cada tarde, invariablemente, regresaba de la escuela con flores silvestres que iba recogiendo camino a casa. Salir a pasear conmigo era llevar una dosis mayor de tiempo y paciencia para que la niña que fui, se agachara a desprender cuanta flor quería. Siempre tuve a mano los romerillos.

Cuando tuve que vivir lejos de todas las flores conocidas, perdí de vista las flores silvestres, también dejé atrás -creí que para siempre- los romerillos. En verdad solo pregunté par de veces por ellos, porque andar anunciando que una hacía ramos de flores silvestres no es la declaración más sensata en estos tiempos modernos.

Hace unos meses volví a desandar otros caminos, maleta a cuestas, y llegué a vivir más cerca de las flores conocidas. A una sola persona -la que me recibió con un ramo desde el primer día- confesé cuánto me gustan.

Varias tardes después, ante mis lágrimas y mi confusión, él vino a traerme sus manos. Sus manos con unos cuantos romerillos, mientras se escondía el sol y se nos venía una mudanza encima. Desde ese atardecer yo supe que serían las manos, las suyas, toda mi tranquilidad. Con o sin flores, porque ya no necesito contemplar sobre la mesa la textura de los pétalos, o pedir que sean blancas para dibujarme olas de mar. Hay muchas cosas que ya no necesito…Mi mar queda cerca cuando él está. Aunque él no sabe…

…no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme
.