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Posts Tagged ‘abrazos’

brújulas

Con el ánimo de quien es niña de nuevo, quiso irse a jugar con las cosas que le llamaban la atención. Y casi todo le llamaba la atención: los parques, las aceras, los árboles, los pájaros, las casas, las pinturas, las sonrisas, las miradas…

Iba feliz, casi saltando –más que caminar- por esas calles desconocidas. Iba, a riesgo de extraviarse… Pero ya le habían advertido: si pierdes el norte, si te quedas sin brújulas, recuerda  que estoy a la distancia de un abrazo.

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“Detrás de todos los gobiernos,
de las fronteras y la religión
hay una foto de familia,
hay una foto de los dos”.

Carlos Varela

 

Mi voz es de pura sorpresa. Su voz es más bien triste, disfrazada en una risa que sí le sale espontánea. Pese a las distancias, al lodo, la lluvia que lo moja, al mar que tiene cerca y que yo solo imagino, pese al abrazo que solo nos decimos y las lágrimas que nunca dejamos correr cuando hablamos, pese a todo, tenemos una conversación bastante normalita (in full cuban mode):

— Muérete de la risa. Escucha esto (y pone el celular en dirección a un amasijo de sonidos confusos, de instrumentos de viento). Imagínate, estoy en un parque y acaban de llegar los de la Banda Municipal de Conciertos, y ellos creen que tocan bien.

— ¡Ñooooo, pensé que como es el día mundial del Jazz, me ibas a sorprender con musiquita, y mira lo que me has tirao!

— ¡Ah, no, Tata, la de la onda rara esa del jazz eres tú! Yo qué voy a saber qué día es hoy, si ni he visto un almanaque. ¿Estás bien?

— Sí. Estoy bien.

— ¿Y vas a dar una vuelta hoy, a escuchar jazz en alguna parte?

— No. Me quedaré en casa.

— Cuenta, cuenta, que te conozco, ¿qué te pasa?

Y le cuento. Le digo todo (todo sobre unas manos y unos labios), como a un psicólogo que al final te extiende una recomendación (pero él no recomienda nada, solo sonríe). Y en voz más baja, casi en un murmullo, le pido: Dile a Mima. (A Mima, porque él sabe que Mima puede llevar mi diario más íntimo).

— ¿A Mima? ¿Qué le voy a decir, si ya olvidé lo que me dijiste? A ver, si lo repitieras de nuevo…

— Te divierte, ¿no? Te confieso que me pasan cosas muy raras, te las digo, y te divierte.

— Claro, mija, ya sabes lo que creo: que para acercarse a ti hay que ser suicida. Y no pensé que todavía quedara algún suicida en este mundo.

Seguimos hablando, ya entre carcajadas. Los de la Banda Municipal de Conciertos son insistentes en su repertorio destroza-canciones, y nos reímos.

— Hay un cuadro de Víctor Manuel que me recordaste ahora mismo.

— Tú y tus rarezas.

— Sí, mira, porque la niña tiene la cabeza sobre el hombro del niño. ¿O eran jóvenes y no niños? ¿Eran hermanos, acaso? No sé, tengo que volver a verlo…

— Ya me voy, Tata. Me tengo que ir.

Y antes de que yo pueda abrir la boca y despedirme (en una despedida normalita, de las que llevan besos y abrazos), cuelga. Cuelga porque él se sabe mi Cuba y mi bandera, mi Habana y mi Santa Clara (como en la Foto de familia, de Carlos Varela). Y él nunca se ha podido despedir de mí…

 

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¡lepra!

La abrazo, y cuando logra desatarse de mis brazos, huye gritando: ¡Lepraaaaa!

Me gusta abrazarla, no solo porque a ella no le guste, sino porque es una de las personas importantes en mi vida, y a las personas que considero importantes, las abrazo.

Mi abrazo es una huella, como quien deja una cicatriz. Abrazo así, como un te quiero. Por eso, aunque me encanta abrazar, solo me permito ese contacto con poquísimas personas. A pocas –a esas que quiero. Y a ella la quiero.

Por eso la abrazo, para acortar las distancias que vendrán. Y le recuerdo que desde que el almanaque cambió de 2016 a 2017, ella no me abraza. Y le anuncio, sí, le anuncio, que la abrazaré pronto. Y me dice que no se me ocurra. Pero a mí no se me ocurre, en verdad, no se me ocurre, solo respondo al instinto de hermana y corro a abrazarla.

Entonces ella ríe y también corre –pero en dirección contraria a mí. Ríe y huye gritando: ¡Lepraaaaa!

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fin-de-anoYa es 31 de diciembre de 2016.

Casi todas las personas que quiero, tendrán su fin de año antes que yo. Casi todas, desperdigadas por el mundo, me dirán que ya es 2017 unas seis, siete, o una hora antes de que mi almanaque cambie.

A casi todas ellas he pedido fotos. Fotos. Y que me avisen cuando su año se haga viejo. Se los he pedido casi como súplica. Quiero saber, quiero estar ahí en ese momento, colarme al menos en pensamiento.

Y recordar al amigo que cada año me llamaba a casa justo a la medianoche, para unir nuestras algarabías. A la prima con la que debí pasar estas fechas y que me deja sus añoranzas en un mensaje. A la vecina que lanzaba agua desde su balcón, a la que salía con maletas para confesar su deseo más entrañable de viajar, a los que quemaban muñecos viejos…

Recordar, sobre todo, el 31 de diciembre con mi familia, en mi casa, con nuestras comidas e historias, con nuestra música y abrazos. Nuestros…

No estoy cerca de ninguno de ellos. Sin embargo, otro ambiente familiar me acoge para que no me sienta sola. Para que no esté sola. Y me aferro a estos abrazos, a sus abrazos, como el náufrago a su tabla, porque son mi salvación de hoy.

Un año que termina es el fin de un ciclo. Un año que comienza es otra hoja en blanco. Son días, como otros, pero con una fuerza trascendente para las familias y los que sentimos más allegados.

Yo estoy, como muchísimos de mis amigos, desperdigada por el mundo. Tendré mi 2017 unas seis, siete, o una hora después que casi todas las personas que quiero.

Mas, no me siento sola. No estoy sola.

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Septiembre

anoranzas_cumpleanosEl día de mi cumpleaños no me interesa. Las fechas señaladas no me interesan. Eso pensé mientras no me alejé de Cuba. Y así sucedía cada año. Yo, la irreverente de la familia en cuestiones de fechas, intentaba pasar por alto –y por bajo- cuanto día festivo hubiera.

Me despertaba cada vez con la misma mirada que las otras veces. Y alegaba que cada día era único, que no se repetía en el almanaque.

Pero hace un año me eché en una maleta y crucé el mar y las fronteras y la quietud de mi vida.

Me gustaría pensar ahora, como antes, que todos los días son iguales, que los cumpleaños no me interesan –mucho menos el mío. Pero no es cierto.

La lejanía duele en las entrañas solo ciertos días. Las añoranzas se rebelan solo ciertos días.

Y ahora amanezco lloviendo cada día de las madres, cada día de los padres, cada cumpleaños de alguien que quiero y no puedo abrazar.

Me gustaría pensar ahora, como antes, que todos los días son iguales. Pero no lo son. Sino no tuviera tantos altibajos desde que se anuncia septiembre. Se anuncia, comienza, termina septiembre. Y yo, más lejos de todos y más cerca de mí.

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Aura

AuraUn minuto más tarde estaba yo bailando en la cocina. Sola. Bailando en la cocina de su casa.

♪“Le- Le- Le- Leydi te odio”♫ Así me canta a veces. Y otras solo me pregunta: “¿Y si te mato, Leydi?” O me dice: “Bájale dos rayitas a tu emoción, ¿no? Me causa conflicto tu felicidad”.

Todo por mis amenazas. Porque debo reconocer que la sigo atormentando. Y ella soporta estoicamente hasta donde le alcanza la paciencia. La amenazo, sí. Con abrazarla.

Y le digo, además, que cuando me vaya me va a extrañar. Extrañarme como únicamente se extraña en México: “un chingo”. E irónicamente me responde –mirando al techo casi: “Sí, claro”.

Yo me río. Me río mucho con sus ocurrencias, no como me podría reír con una amiga, sino como me puedo reír con una hermana.

Recuerdo el día que la conocí. Yo pasé justo por delante de la tele y ella estaba viendo Avatar. Un “Holi” fue el único saludo. Pensé que me odiaría por siempre; por interrumpirle la película, por hacer que su hermano subiera mis maletas, y por instalarme en su casa.

Meses después, cuando volví a mi familia y me preguntaron por qué extrañaba tanto mi nuevo hogar, no pude evitar mencionarla.

Aura es como ese calificativo que tanto usa: “es adorable”. Así les dije. Y siempre añado: ¡Y es un genio!

Porque si algo admiro mucho en ella es, además de la madurez, la inteligencia. Y con diez años menos que yo, es más madura e inteligente.

Desde hace una semana aumenté mi amenaza y mencioné que la iba a abrazar por su cumpleaños. Hoy es su cumpleaños. Pero como sé que tiene más de cultura asiática que latina, y no gusta de tantas manifestaciones de cariño, me quedé lejos, y a metros de distancia la felicité.

“No tiene que ser de tan lejos, ¿no?” respondió. Y para mi sorpresa y sorpresa de la llama hecha de hilos que traía en mis manos –a ella le encantan las llamas- me abrazó.

Me abrazó. Un minuto más tarde estaba yo bailando en la cocina. Sola. Bailando en la cocina de su casa.

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refugio_foto de Alejandro

Foto: Alejandro Basulto

Se activa la alerta sísmica y me saca del letargo del sueño. Ese constante repetir: “Alerta sísmica. Alerta sísmica” durante un minuto completo, parece tirarte de los pies, de la cama, del cuerpo.

Y me estremezco yo antes que la tierra, de solo pensar que en ese minuto largo, larguísimo, tengo que decidir qué hacer conmigo. Llego temblando a la puerta. Ahí me quedo. Silencio. Otra vez no sentí nada. Ni ruidos ni movimientos telúricos. Nada.

Otra vez solo siento mi corazón latir fuerte, y las manos que me sudan, y la piel que está fría, fría –pese al calor de esta madrugada. Y las piernas que no obedecen cuando trato de incorporarme y volver a mi cama.

No me acostumbro. Creo que tampoco me acostumbraré.

Todos regresan a dormir. Yo me quedo más insomne que nunca. Y trato. Trato de retomar el sueño, porque las noticias anuncian que se esperan réplicas y no sé cuándo ocurrirá, y no debo quedarme así, en vela.

Pienso en un puñado de personas que necesito saber bien. Olvido las geografías y hasta confundo los lugares donde hay sismos con los que solo tienen huracanes, y comienzo a enviar mensajes a esa hora. A deshoras.

Pocos responden. Confirmo que la mayoría duerme. Y yo no puedo.

Un abrazo. Necesito un abrazo. Y no hay nadie. Quito la almohada de mi cabeza, la recuesto a la pared, y me acurruco en ella. Solo así, dos horas después, logro dormir, pensando en alguien más allende a los mares. Alguien que ni siquiera supo del sismo, de la alerta sísmica, y que duerme sin pensar en mí.

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