Ala rota

¿Te acuerdas, papá, cuando encontré aquel pájaro con un ala rota, y lo puse en tus manos y con mi inocencia de niña te dije: “Arréglala”?

Arréglala. No “Cúrala”, sino “Arréglala”.

Arréglala -como arreglabas el fogón, o mi librero, o los zapatos viejos. Arréglala -porque tú lo arreglas todo.
¿Te acuerdas?

Y cuando estuvo sana me acerqué a besarla y tú con tu sabiduría de hombre grande me dijiste: “¡Cuidado no te de un picotazo en el ojo, no le acerques tanto la cabeza!”

¿Te acuerdas, papá?

Hoy vi un ave rota. No solo su ala. Rota. Estaba en la acera y a unos cuantos metros de ella, unos hombres talaban un árbol.

Me acerqué a besarla. Ya sé que tampoco entiendes por qué me gusta besar aves.

Pensé en ti, que sabes arreglarlo todo. Y pensé también que si el ave aquella, o esta, da picotazos en los ojos, o se arrebata como los pájaros de Hitchcock, quizá sea porque los seres humanos lo merezcamos un poco.

Anuncios