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enfoque

Se fue hasta el armario a buscar la foto vieja que había guardado con recelo. La foto que –pensaba- debía ser suya, hecha por él. Una foto a la orilla del mar donde hay un atardecer, unas olas, y ella.

Esa fotografía en que su pelo castaño se confunde con el naranja de la tarde-noche, su piel parece extensión de la arena, y su sonrisa… quién sabe si real o dibujada.

La miró detenidamente. Imaginó sus manos en la cámara, sus ojos tras el lente, el segundo inmortal de su dedo en el obturador.

En esa foto debía haber algún rastro de él. Quería creerlo, sino… ¿para qué continuar guardando esa foto vieja con tanto recelo?

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meteoritoElla le propone crear algo juntos. Él le da a ella luz verde para escribir a partir de la imagen que quiera.

Lo vio como quien mira un meteorito. Con la misma sensación de hallazgo, y con el mismo ensimismamiento de quien se queda mirando la gran roca que cuando impacte, te destruirá. Puede destruirte, pero aún así te deslumbra, y no cambias la vista. Hasta que impacta y ya no hay remedio.

Ella teme desbordarse demasiado, por eso se aguanta las ganas de irse, casi en trozos, en los textos. De irse en pedacitos, y volver más en pedacitos todavía. Cree tener el miedo que nunca antes ha sentido. Quiere escribir sobre sus manos –las de él- pero se resigna a que no. Si no podrás rozarlas, si ya se va con otras manos, para qué dibujar esas, precisamente esas.

Y se detiene. Escoge fotos de paisajes, de atardeceres, de caminos… pero se queda abstraída de toda realidad, viendo otras. Y no se atreve. Tampoco sabe de medirse mucho: cuando quiere decir algo, lo dice; cuando quiere hacer algo, lo hace. Esta vez, por esta única vez, no debe.

— ¿Seguro puedo escoger cualquier foto? No me des tantas libertades.

— Te doy mis fotos. Incondicionalmente.

— Mejor me autocensuro.

— No. No te autocensures, por favor. ¿Viste el álbum que te he compartido?

— Sí. Lo estoy viendo.

— Pero tengo que pedirte un favor.

— Dime.

— No te autocensures. Es un favor que te pido. O al menos no conmigo.

Y… ¿Cómo decirle lo que no le dirá nunca? ¿Cómo explicarle, sin tantos acertijos, que borra más de la mitad de lo que escribe? Que se edita a sí misma y se lo piensa una y mil veces antes de publicar.

No. Mejor que él no sepa, que él nunca sepa que por sus palabras ella anda, desde hace días, con dos poemas de Benedetti, uno de Borges, y tres de Carilda Oliver Labra en la mente.

Mejor autocensurarse, claro, y hacer silencio. Y seguir con sus métodos sutiles –al menos ella cree que lo son- de preguntarle cómo está, qué tal su día, y si ya ha visto el atardecer. Así ni él ni nadie descubrirá, jamás, que ella necesita saber de él, que se quedó viéndolo como a un meteorito, aunque esa gran roca impacte y la destruya.

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