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Posts Tagged ‘amigos’

A Elizabeth López Rodríguez, de esas personas que no hace falta ver para hacerlas esenciales.

 

 

— Tú que estás dejando muchas notas de El Principito –me dijo- debes leértelo en francés. Si me das tu dirección te lo envío, así que si no sabes francés apréndelo para que lo leas.

— ¿En serio, en serio, en serio?

— Claro. Dame tu dirección.

Y ni corta ni perezosa se la anoté, porque mi libro de El Principito está en un pedazo de Cuba, y no puedo siquiera olerlo, además hace tiempo que no me sorprendían así, que no me regalaban ni una zorra ni una rosa, y mucho menos un libro.

Le anoté la dirección con escepticismo, lo confieso, porque ¿cómo alguien que no me conoce personalmente me va a regalar un libro? Un libro es una sorpresa mayúscula. Mas, no pasó ni media hora y ya tenía la notificación: ella había pedido el libro para mí, ya lo había enviado.

Llegó -¡sorpresa doble!- con una nota:

“Para una persona muy especial como la rosa del Principito y cuya esencia no es invisible, te regalo este libro. Espero lo disfrutes y vayas aprendiendo algo de la lengua de Moliere. Aquí tienes una amiga para lo que necesites. Con cariño, Eli”.

Ella le sabe los secretos al Principito, sabe cómo dibujar la oveja, sabe de espinas y pétalos, de sentarse un poco más cerca cada día hasta que le Petit Prince la extrañe tanto, tanto que se ahogue las ganas de repetirle, en varios idiomas, palabras como estas:

“Les champs de blé ne me rappellent rien. Et ça, c’est triste! mais tu as des cheveux couleur d’or. Alors ce sera merveilleux quand tu m’auras apprivoisé! Le blé, qui est doré, me fera souvenir de toi. Et j’aimerai le bruit du vent dans le blé…”

Ella le sabe los secretos porque fue ella, la del pelo de oro, quien lo domesticó para siempre.

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¡lepra!

La abrazo, y cuando logra desatarse de mis brazos, huye gritando: ¡Lepraaaaa!

Me gusta abrazarla, no solo porque a ella no le guste, sino porque es una de las personas importantes en mi vida, y a las personas que considero importantes, las abrazo.

Mi abrazo es una huella, como quien deja una cicatriz. Abrazo así, como un te quiero. Por eso, aunque me encanta abrazar, solo me permito ese contacto con poquísimas personas. A pocas –a esas que quiero. Y a ella la quiero.

Por eso la abrazo, para acortar las distancias que vendrán. Y le recuerdo que desde que el almanaque cambió de 2016 a 2017, ella no me abraza. Y le anuncio, sí, le anuncio, que la abrazaré pronto. Y me dice que no se me ocurra. Pero a mí no se me ocurre, en verdad, no se me ocurre, solo respondo al instinto de hermana y corro a abrazarla.

Entonces ella ríe y también corre –pero en dirección contraria a mí. Ríe y huye gritando: ¡Lepraaaaa!

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ausenciasEn mi familia, yo soy la ausencia.

La que se fue. La que solo regresa para volver a irse de la ciudad, del país, de las calles conocidas. Yo, la que no llega para los días festivos, la que no está en ningún cumpleaños…

Y ven mis ropas, mis libros, los objetos que tanto tiempo atesoré. Lo ven todo, menos a mí.

Yo soy la gran ausencia, la silla deshabitada en la mesa familiar, la voz que falta en las conversaciones, el agujero de la casa.

Yo, el vacío en las fotos de familia.

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fin-de-anoYa es 31 de diciembre de 2016.

Casi todas las personas que quiero, tendrán su fin de año antes que yo. Casi todas, desperdigadas por el mundo, me dirán que ya es 2017 unas seis, siete, o una hora antes de que mi almanaque cambie.

A casi todas ellas he pedido fotos. Fotos. Y que me avisen cuando su año se haga viejo. Se los he pedido casi como súplica. Quiero saber, quiero estar ahí en ese momento, colarme al menos en pensamiento.

Y recordar al amigo que cada año me llamaba a casa justo a la medianoche, para unir nuestras algarabías. A la prima con la que debí pasar estas fechas y que me deja sus añoranzas en un mensaje. A la vecina que lanzaba agua desde su balcón, a la que salía con maletas para confesar su deseo más entrañable de viajar, a los que quemaban muñecos viejos…

Recordar, sobre todo, el 31 de diciembre con mi familia, en mi casa, con nuestras comidas e historias, con nuestra música y abrazos. Nuestros…

No estoy cerca de ninguno de ellos. Sin embargo, otro ambiente familiar me acoge para que no me sienta sola. Para que no esté sola. Y me aferro a estos abrazos, a sus abrazos, como el náufrago a su tabla, porque son mi salvación de hoy.

Un año que termina es el fin de un ciclo. Un año que comienza es otra hoja en blanco. Son días, como otros, pero con una fuerza trascendente para las familias y los que sentimos más allegados.

Yo estoy, como muchísimos de mis amigos, desperdigada por el mundo. Tendré mi 2017 unas seis, siete, o una hora después que casi todas las personas que quiero.

Mas, no me siento sola. No estoy sola.

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tiempos

reloj-de-arena-173765“¿Tienes tiempo?”

A mí me obsesiona el tiempo. Más bien: no perder el tiempo. Puedo pasar horas recorriendo un museo, deteniéndome en cada trazo de una pintura, o acariciando las columnas.

Me entretengo con los sonidos –sobre todo del mar, el viento en los árboles, y el trino de las aves. Gusto de oler las páginas de los libros y revistas, como mismo el aroma del café.

Paso horas leyendo.

Me escurro hacia los bancos en los parques a mirar, asombrada, cuanto hay a mi alrededor. La vida misma me impresiona.

En ocasiones soy demasiado visceral.

Me encanta conversar, pero con personas muy puntuales. Y soy incapaz de soportar una plática donde el tema no lleve una buena dosis de razonamiento lógico.

Por eso me asombra que quienes no sepan de qué van a hablar, se me acerquen con la tan manida frase de: “¿Tienes tiempo?”

Yo tengo. Tengo mi tiempo. Mas, egoísta que soy, raramente lo comparto.

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Léeme

mario-benedetti-leeLee. Léeme. Léeme algo. Así, con semejante insistencia pido una y otra vez a algunos de mis amigos que escriben. Lee. Lo pronuncio con impertinencia casi, y al borde del desespero de la otra persona. Léeme. Y a veces, solo a veces, lo aderezo con un: por favor. Lee. Y la voz me sale más como súplica que como imperativo. Léeme. Nadie, hasta el momento absolutamente nadie ha descubierto que mi insistencia porque me lean tiene una razón muy simple. De niña nadie me leyó. Tuve que esperar a aprender las letras para yo misma sumergirme en los libros. Ahora que no soy niña, el rezago por esa vieja carencia se ha vuelto una constante. Lee. Léeme… Así he logrado que poemas, cuentos, artículos, crónicas, salgan del silencio. Y que palabras que he visto sobre el papel, tengan un sonido al fin. Un sonido que aprendo, hago mío. Y que obtengo tras esa obstinada petición. Lee. Léeme.

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feliz marzo…

pastel lazo rojoHoy cumple años un amigo al que no hace mucho le pregunté si quería una hermana. O sea, yo. Y respondió que sí.
Rectifico, pues: hoy cumple años un hermano mío.

Me adelanté a felicitar a su mamá. Yo siempre –o casi siempre- felicito primero a las madres porque solo ellas saben lo que dolió el parto o la felicidad de al fin tener en sus brazos al hijo.

“A mí me hicieron cesárea porque el bebé venía súper enredado del cuello con el cordón umbilical; así que no sentí el dolor de parto”.

Vaya… pienso… es la primera vez que una madre desarma mis razones para felicitarla.

Pero seguido me da otras: “Un 22 de marzo nació Luis Ángel. Y fíjate que un 22 de marzo nos casamos mi esposo y yo, y el 30 de marzo nos casamos por la Iglesia; así que vamos a cumplir 30 años de matrimonio, más los 5 años de noviazgo son ¡35 años juntos!”

Sí, definitivamente muchos motivos para robarse el mes de marzo.

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