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Posts Tagged ‘amistad’

¡lepra!

La abrazo, y cuando logra desatarse de mis brazos, huye gritando: ¡Lepraaaaa!

Me gusta abrazarla, no solo porque a ella no le guste, sino porque es una de las personas importantes en mi vida, y a las personas que considero importantes, las abrazo.

Mi abrazo es una huella, como quien deja una cicatriz. Abrazo así, como un te quiero. Por eso, aunque me encanta abrazar, solo me permito ese contacto con poquísimas personas. A pocas –a esas que quiero. Y a ella la quiero.

Por eso la abrazo, para acortar las distancias que vendrán. Y le recuerdo que desde que el almanaque cambió de 2016 a 2017, ella no me abraza. Y le anuncio, sí, le anuncio, que la abrazaré pronto. Y me dice que no se me ocurra. Pero a mí no se me ocurre, en verdad, no se me ocurre, solo respondo al instinto de hermana y corro a abrazarla.

Entonces ella ríe y también corre –pero en dirección contraria a mí. Ríe y huye gritando: ¡Lepraaaaa!

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fidel-castroA Dalia, porque mi primer pensamiento fue para ella.

 

Yo solo tuve un abuelo. Bueno, no. Tuve, como toda persona, dos abuelos. Pero solo conocí a uno: Alfredo, mi abuelo materno. El otro, Ramón, murió antes de que yo naciera. Murió incluso antes de que mi padre pensara agarrar su primer cigarro. Tal vez por eso, para suplir la carencia del abuelo que me faltaba, me refugié en Macholo, la figura paterna más cercana a mi papá.

Con uno y con otro hablé de deportes, sobre todo de béisbol, bebí café, ron…y discutí de política. Yo quería entender la parte de la historia de Cuba que no me contaron, la que no está en los libros, la que ellos vivieron.

Mi abuelo –Alfredo- luchó en el Ejército Rebelde. Yo descubrí, por sus evasivas, que había temas que no debía mencionarle. Él descubrió, por mis insistencias, que ya yo no era aquella niña que se creía todo al pie de la letra, sin cuestionar nada.

Macholo me contaba anécdotas sin tapujos, sin medir palabra alguna, sin temores.

Yo, como muchos jóvenes cubanos, crecí escuchando versiones diferentes de nuestra historia, de nuestro país y los dirigentes: ensalzados por unos, repudiados por otros.

Ayer, tras la muerte de Fidel Castro, pensé en ellos dos. En Abu, mi Abu, y en Macholo, mi Macholo. Por primera vez en mucho tiempo me sentí partida en dos mitades exactas, dividida –como tantas familias- dividida.

Y lloré. Lloré por mí, porque me sentí rota. Y lloré por mi abuelo, que a esas horas estaría al menos consternado. Y volví a llorar cuando recordé los reclamos que yo le hice tantas veces: si era por eso, por una Cuba así, que había luchado. Y lloré de pensar las tantas veces que él habría sufrido por mis impertinencias, por aquellas palabras que yo le soltaba como puñetazo: “¿fue para esto?”

Y lloré. Lloré por las otras tantas veces que quizás él se preguntó dónde había quedado la niña dócil que subía por un extremo del sofá de madera hasta llegar al otro extremo donde estaba el televisor Krim 218, que transmitía en blanco y negro el discurso de Fidel. Dónde, dónde estaba esa niña que llegaba a la pantalla de la televisión, ponía sus manos como queriendo agarrar aquel rostro, y besaba el cristal mientras decía: “papá Fidel, papá Fidel”.

Lloré todo lo que tenía para llorar por mi abuelo. Mentalmente le pedí las disculpas que le debo. Disculpas porque no era a él a quien yo debía cuestionarle tanto.

Luego me sequé las lágrimas. Ya no había para más. Mi otra mitad pensaba en la botella de ron que estaría tomando Macholo de estar vivo. Pensé en él, en nuestras conversaciones, y no volví a llorar ni una sola vez. Ni una sola.

Muchos de mis amigos estaban peleándose en las redes sociales, celebrando o llorando, ofendiéndose, irrespetándose, y eso me pareció más doloroso.

Desde alguna parte un amigo me envió una foto de su trago de ron: “Me tomo un Havana Club 7 años a la salud de la Cuba de Fidel”. Y yo desde el otro lado alcé mi vaso –también con ron- “Por Macholo”.

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avion-se-va“Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos…”

Mario Benedetti

 

 

— ¿Qué vas a hacer?

— Regreso.

— ¿Te amenazan y regresas?

— ¿Qué voy a hacer? No es fácil esto. Allá son implacables. Iré con buena cara. Me arreglaré todo lo que pueda antes de bajar del avión.

Me dan deseos de abrazarlo y deseos de golpearlo al mismo tiempo, por hacer un chiste con algo tan grave, por tomarse a la ligera su propia vida y (egoístamente, pienso) por dejarme así, en vilo, esperando noticias suyas hasta que llegue. Hasta que ese avión aterrice -lo sé- no tendré paz.

Cualquier otra persona pediría algo diferente. Pediría algo así como: pon una velita por mí, reza por mí, pídele a todos los santos por mí… o alguna de esas cuestiones tan folclóricas entre cubanos. Él no. Él pide, en cambio:

— Pon una alerta de Google Noticias con mi nombre… si pasa algo, por ahí sabrás.

Y me dan ganas de gritarle. De gritarle, de escupirle en un grito: Te odio. Te odio. Te odio.

No de negarlo tres veces, no de desconocerlo tres veces, sino de odiarlo. Odiarlo tres y cuantas veces pueda, cuantas veces alcance a gritarle: Te odio.

Pero me calmo, porque aunque logre quebrar mis nervios, yo no lo odio. No tengo capacidad para odiar. Y porque ya tengo entrenamiento en eso de autocontrolarme cada vez que un amigo se va o regresa. Su caso es diferente, lo sé. Pero es su vida, es su decisión –pienso- y yo solo estoy siendo egoísta en grado muy. Muy egoísta. Tremendamente egoísta.

Hago acopio de paciencia y le pregunto al fin, luego de un prolongado silencio:

— ¿Cómo hago eso de poner una alerta en Google Noticias?

— Te explico: escribe mi nombre en Google Noticias. Listará noticias sobre mí. Abajo, al final de la página, hay un botón que dice “Crear alerta”, sigue los pasos, y cualquier noticia sobre mí irá a tu email. Es un modo de estar justamente alerta, y no desesperarse.

¿Y no desesperarse? ¿En serio? Lo odiaría ahora mismo con la misma intensidad que lo quiero, estoy más que desesperada, y… ¿me dice que una alerta en Google Noticias es una buena forma de no desesperarme? Me calmo, otra vez. O lo intento al menos, por él. Y me despido, porque no puedo –aunque quiera- seguir esta conversación.

— Está bien. Ya lo hice. Te quiero.

— Yo también te quiero.

Y me quedo aquí, delante de la pantalla de la computadora todo el día, esperando…

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montserrat-roig_escribiendo7. Mi color favorito es el azul.

Palabras últimas. Y –pensé- nuestra única semejanza visible. Azul. Después de escribir una declaración tan desesperada de traiciones, caídas, recomienzos, travesías, y otra vez traiciones. Azul era el único oasis en medio de todo ese tormento, como la tranquilidad de las olas del mar en calma.

Aquel desahogo –recorrido de su vida en 7 cosas que no había contado públicamente así, de un tirón- me pareció uno de los actos de valentía más auténticos que he visto.

Yo, que he escrito de traición, deslealtad, hipocresía, soledad… en ese momento me sentí torpe por hacer catarsis a gritos. No. Yo no he tenido que volver a empezar y reconstruirme tantas veces.

Pensé en el mar. El azul. Las distancias. E inevitablemente, en estos versos de Antonio Machado:

“Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar (…)
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar…”

Pensé, además, que no había leído revelaciones así de hondas desde que encontré, hace seis años, las crónicas de Montserrat Roig, convertidas en diario. Ella escribió incluso desde la cama de un hospital, sin que sus lectores supieran que ahí estaba, desgarrada. Él ha publicado muchas sonrisas sin que los que ven sus fotos supieran que ahí estaba, escondiendo los tragos amargos, también desgarrado. Ella y él tienen mucho en común.

Y yo me quedo confiando en los dos.

 “Creo en la esperanza porque solo es ella la que construye el futuro”.

Montserrat Roig

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migración

migracionDetrás de los que no se fueron,
detrás de los que ya no están,
hay una foto de familia
donde lloramos al final.

Foto de familia. Carlos Varela

 

 

I

– Me voy –le dijo. No le digas a tu mamá.

– …

La madre entonces no supo nada, pero las lágrimas entonces lo supieron todo.

Cuando se alejaba volteó a ver. Quizás esa ha sido una de las poquísimas veces en su vida en que se ha detenido a mirar hacia atrás. A muchos metros de distancia, había otra persona llorando.

Entonces supo que esas serían solo las primeras distancias. Que esas serían solo las primeras lágrimas.

Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país.

 

II

– ¿Cómo es eso, dice tu papá que estás deprimida? ¡Na! Acuérdate que yo estoy más jodida que tú y no dejo de reírme.

– No es depresión ni nostalgia, fíjate. Es solo que esta semana…

…Y le contaba algo de su semana, de su mes…algo que a duras penas recordaba después. Algo que disfrazara lo que sentía y que no quería admitir: que había vuelto a llorar por casi todo. Y que le torturaban las despedidas. Y las despedidas, cada vez, eran más.

Del otro lado surgían otras historias. Historias también matizadas que decían de las aves del parque, del caos del transporte, del último mal programa de televisión, y algún evento chistoso para desatar la sonrisa.

Todo volvía a quedar en calma. Allá y acá necesitaban esas palabras.

 

III

– Avisa que ya llegó. Está pasando migración ahora mismo.

– …

– Eres la segunda persona que lo sabe. Yo sé que ustedes dos se quieren mucho.

Se estaban acortando las distancias. Otro reencuentro era posible. Uno distinto, en un lugar distinto.

A muchos kilómetros, había otra persona llorando. Esta vez, de alivio.

Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país.

Los dos pedazos -algún día- se vuelven a conectar.

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cabeza de mujer con pecesPorque aun en geografías lejanas, cuando he necesitado amiga y confidente, a la vuelta de letras, todos los caminos conducen a Romy

(…)

Compartiéndonos música, fragmentos de textos, fotos de aquí y de allá, de ahora y de antes…así vamos sorteando el tiempo y las distancias.

Las distancias se hacen dolorosas cuando se tiene un lugar común donde regresar alguna vez; cuando se ha caminado por las mismas calles que ahora quedan lejos.

Nos contamos también un montón de alegrías y más de diez angustias. Nos decimos de coincidencias que ni siquiera sabíamos en común, y de esperanzas.

La esperanza de lo que será puede calmar más de un desaliento. Por eso nos entretenemos creando posibles encuentros.

Rompemos en trozos cada desilusión que nos asalta, y así las lágrimas golpean menos. Marcamos los parecidos de la nuestra con la vida de Marguerite de Valois, Frida Kahlo, Tina Modotti…

Esta es una de esas coincidencias y rarezas de la vida. Dos personas que no se han visto frente a frente, que ni siquiera se han abrazado, y se confiesan una a la otra.

Tal vez ni siquiera nos hubiésemos conocido, a no ser por un Desayuno con Sócrates. Otra coincidencia y rareza de la vida: unirnos gracias a un libro que envió otra persona que tampoco había visto frente a frente ni había abrazado siquiera.

Pero ambas nacimos un 10 de septiembre. Y ese descubrimiento fue mayúsculo. Unos años más, unos años menos…henos aquí, dialogando como si hubiéramos estudiado juntas desde el preuniversitario.

Ahora le envío la primicia de este texto mío para que ella elija la imagen. Hay complicidades así, inexplicables. “Es cosa del 10 de septiembre que nos une” –decimos- pero sabemos que la amistad no sabe de fechas.

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viene el loco

locurasPara José Ángel Aguilera. Por sus locuras, quijotescamente persistentes

Me deja en el buzón 21 cuentos del loco. Me dice que me recordó mientras los leía porque bien pude escribirlos yo.

No creo. Los minicuentos no se me dan. Como tampoco la poesía.

Los Cuentos del loco fueron escritos desde mediados de los ´90 por un cubano radicado en España: Francisco Garzón Céspedes.

“Reside en Madrid y en el mundo”, dice la contraportada del libro digital que me deja en el buzón.

Leo. Y me atrapan estas líneas que resguardan historias. Comparto algunas:

Código:
“El loco pintó su raya. Y no la cruzó. A falta de razón, definía límites”.

Cordura:
“El loco no afiló la punta sino la goma del lápiz. Y, cuidadosamente, se dispuso a borrar el silencio”.

Eternos:
“El loco detectaba los unicornios donde aparecieran. Y tuvieran o no un cuerno en la frente”.

Intuición:
“El loco descendió de la escalera. No se sentía seguro: siempre hay alguien dispuesto a derribarlo todo”.

Protección:
“El loco salvaba su corazón no sacándolo a subasta”.

Raciocinio:
“El loco nunca perdía la cabeza porque la anclaba a fuerza de soñar”.

Realización:
“El loco pensaba que una locura no realizada es un anhelo frustrado. Por eso construía castillos en el aire”.

Lo comparto, porque también yo me acuerdo de varias personas que pudieron escribirlo. De varios locos de este tipo. Locos que andan por mi mundo como los cronopios de Cortázar: desordenándolo todo a cada paso, con una sensibilidad que contagia.

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