Ala rota

¿Te acuerdas, papá, cuando encontré aquel pájaro con un ala rota, y lo puse en tus manos y con mi inocencia de niña te dije: “Arréglala”?

Arréglala. No “Cúrala”, sino “Arréglala”.

Arréglala -como arreglabas el fogón, o mi librero, o los zapatos viejos. Arréglala -porque tú lo arreglas todo.
¿Te acuerdas?

Y cuando estuvo sana me acerqué a besarla y tú con tu sabiduría de hombre grande me dijiste: “¡Cuidado no te de un picotazo en el ojo, no le acerques tanto la cabeza!”

¿Te acuerdas, papá?

Hoy vi un ave rota. No solo su ala. Rota. Estaba en la acera y a unos cuantos metros de ella, unos hombres talaban un árbol.

Me acerqué a besarla. Ya sé que tampoco entiendes por qué me gusta besar aves.

Pensé en ti, que sabes arreglarlo todo. Y pensé también que si el ave aquella, o esta, da picotazos en los ojos, o se arrebata como los pájaros de Hitchcock, quizá sea porque los seres humanos lo merezcamos un poco.

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La piel que no habito

niñosAhí, donde una vez jugué con mi hermano y mi primo. Ahí quiero volver. No al mismo lugar, sino al mismo tiempo. A aquel sin preocupaciones, en el que salíamos a recolectar hojas de distintos árboles –cual aborígenes- y decíamos que era la comida, en nuestro ficticio juego a las casitas. Y nos deslumbraban las luces de los cocuyos en las noches de apagones. Y asaltábamos a los mayores con un saco de por qué.

A ese tiempo, cuando los mayores no nos decían cómo buscaban la comida de verdad, sin arrancar hojitas de árboles, como nosotros. A aquel cuando nos reuníamos alrededor de la única vela o de la lámpara de keroseno, para conversar. Conversar. Y ningún adulto se desesperaba por tener que responder tantas dudas infantiles.

Entonces vivíamos, sin saberlo, como en aquella última oración de Hemingway en París era una fiesta: “cuando éramos muy pobres y muy felices”.

“Ahora ni mi hermano, ni mi primo, ni yo, vivimos en el mismo lugar. Ahora nos preocupamos por la comida de a de veras, y no nos detenemos mucho a mirar cocuyos, y no nos reunimos a conversar al amparo de una vela o de una lámpara de keroseno. Y –hasta diría- nos desesperan un poco las preguntas insistentes de los niños”. Al menos eso creía…

Pero de repente nos vemos. Juntos. Y nos reímos a carcajadas como antes, cuando no nos preocupaba nada. Y corremos por toda la casa porque uno de los tres ha encontrado un cocuyo. Un cocuyo. Y vamos felices con nuestro botín a mostrarlo a los otros antes de liberarlo bajo los mismos argumentos de antes: “es que seguro se perdió y su familia está desesperada buscándolo…Debe irse”.

También nosotros debemos irnos. Pero volvemos a conversar y desatamos nuestras añoranzas, y nos abrazamos, y parece que el tiempo se detuvo y de pronto estamos ahí, donde una vez jugamos mi hermano, mi primo y yo.

Estamos, aunque hayamos dejado la piel en muchos lugares. Aunque las nostalgias nos jueguen la mala pasada de hacernos llover por dentro. Estamos porque –como decía Chavela Vargas– “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”.