Viaje al asteroide B-612

«Y él le preguntó al oído: “Mi amor, ¿dónde estabas?
Durante todo el tiempo que yo tanto te busqué”.
Ella le contestó: “Lo siento, es que estuve ocupada.
Aunque para serte sincera, ahora no entiendo en qué…»

Melendi

 

 Se estremeció todo: la tierra, el atardecer, los pájaros negros que iban todas las tardes en bandada al parque de ciudad…

Se estremeció el asteroide y sus tres volcanes: los dos que tenían fueguitos, y el que estaba en cenizas. Los tres volcanes se estremecieron con ellos dos caminando sobre el mismo suelo. El Principito supo, en cuanto la vio, que el proceso de domesticación iba a ser más difícil que con la zorra. Sin embargo, continuó sentándose un poco más cerca cada día.

El Principito supo también que aquella criatura iba a ser más llorona y sensible que la rosa de su asteroide. Sin embargo: “La noche se hizo día, pero no se fue la luna/ Se quedó a verlos, apoyada en el hombro del sol…”

Se estremeció ella: sus manos, sus colores, su mirada. Casualidad -pensó. Casualidad -le decían.

“No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos, si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís”. ¡Ay, Milán Kundera!

Si todo lo que dijo el viejo Kundera era cierto, y real, y otra vez cierto, ella morirá escribiéndole al Principito en cada pedazo de azul -como Julio Cortázar- que confía plenamente en la casualidad de haberlo conocido. 

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Dessine-moi un mouton

A Elizabeth López Rodríguez, de esas personas que no hace falta ver para hacerlas esenciales.

 

 

— Tú que estás dejando muchas notas de El Principito –me dijo- debes leértelo en francés. Si me das tu dirección te lo envío, así que si no sabes francés apréndelo para que lo leas.

— ¿En serio, en serio, en serio?

— Claro. Dame tu dirección.

Y ni corta ni perezosa se la anoté, porque mi libro de El Principito está en un pedazo de Cuba, y no puedo siquiera olerlo, además hace tiempo que no me sorprendían así, que no me regalaban ni una zorra ni una rosa, y mucho menos un libro.

Le anoté la dirección con escepticismo, lo confieso, porque ¿cómo alguien que no me conoce personalmente me va a regalar un libro? Un libro es una sorpresa mayúscula. Mas, no pasó ni media hora y ya tenía la notificación: ella había pedido el libro para mí, ya lo había enviado.

Llegó -¡sorpresa doble!- con una nota:

“Para una persona muy especial como la rosa del Principito y cuya esencia no es invisible, te regalo este libro. Espero lo disfrutes y vayas aprendiendo algo de la lengua de Moliere. Aquí tienes una amiga para lo que necesites. Con cariño, Eli”.

Ella le sabe los secretos al Principito, sabe cómo dibujar la oveja, sabe de espinas y pétalos, de sentarse un poco más cerca cada día hasta que le Petit Prince la extrañe tanto, tanto que se ahogue las ganas de repetirle, en varios idiomas, palabras como estas:

“Les champs de blé ne me rappellent rien. Et ça, c’est triste! mais tu as des cheveux couleur d’or. Alors ce sera merveilleux quand tu m’auras apprivoisé! Le blé, qui est doré, me fera souvenir de toi. Et j’aimerai le bruit du vent dans le blé…”

Ella le sabe los secretos porque fue ella, la del pelo de oro, quien lo domesticó para siempre.