Viaje al asteroide B-612

«Y él le preguntó al oído: “Mi amor, ¿dónde estabas?
Durante todo el tiempo que yo tanto te busqué”.
Ella le contestó: “Lo siento, es que estuve ocupada.
Aunque para serte sincera, ahora no entiendo en qué…»

Melendi

 

 Se estremeció todo: la tierra, el atardecer, los pájaros negros que iban todas las tardes en bandada al parque de ciudad…

Se estremeció el asteroide y sus tres volcanes: los dos que tenían fueguitos, y el que estaba en cenizas. Los tres volcanes se estremecieron con ellos dos caminando sobre el mismo suelo. El Principito supo, en cuanto la vio, que el proceso de domesticación iba a ser más difícil que con la zorra. Sin embargo, continuó sentándose un poco más cerca cada día.

El Principito supo también que aquella criatura iba a ser más llorona y sensible que la rosa de su asteroide. Sin embargo: “La noche se hizo día, pero no se fue la luna/ Se quedó a verlos, apoyada en el hombro del sol…”

Se estremeció ella: sus manos, sus colores, su mirada. Casualidad -pensó. Casualidad -le decían.

“No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos, si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís”. ¡Ay, Milán Kundera!

Si todo lo que dijo el viejo Kundera era cierto, y real, y otra vez cierto, ella morirá escribiéndole al Principito en cada pedazo de azul -como Julio Cortázar- que confía plenamente en la casualidad de haberlo conocido. 

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Mírame

Deja que te hable de mis sueños

que tras el tiempo se escondieron

pero que contigo han vuelto.

Jarabe de Palo (Realidad o sueño)

 

 

Te miro y tiemblo, como en aquella canción que nunca escuchamos. Tal vez por la lluvia y lo gris del día –o a pesar de la lluvia y del gris del día- se revuelven aquí dentro todos los recuerdos que no hemos tenido:

La noche que invocaste a Galeano porque tenías una mujer atravesada entre los párpados, la desnudez inquebrantable que describiste minuciosamente citando a Dalton, y aquel par de poemas que no deben ser para nadie más, porque nadie más entendería Los formales y el frío, o Los amorosos, como nosotros.

El atardecer frente al mar. Y el vino tinto, y el cumpleaños inventado para celebrar, fuera de fecha, porque el día que todos fueron yo no llegué a tu fiesta. Y los conciertos en casa, con Sabina, Ana Belén, Melendi, Buena Fe, Serrat, Carlos Varela, Enya, Adele, Lecuona…

Tu mano en mi rostro cuando yo te decía, como Carilda, que eras mi Muchacho loco, y que Me desordeno. Tus brazos cuando me envolvías en ese abrazo tuyo.

Los libros de Kundera en la madrugada, las fotos viejas que no nos hicimos, los versos de Martí y las citas de Fernando Ortiz y Guillén que nos volvieron ajiaco y mezcla de congo y carabalí.

Las veces que busqué a tientas tu mano, los ramos de romerillos que adornaron la mesa, el café acabado de colar, las conversaciones largas mientras derrumbabas las murallas de La Habana y domesticabas a este animal salvaje.

La noche que reescribimos A la orilla de la chimenea, solo porque mencionamos par de estrofas: Puedo ponerme cursi y decir / que tus labios me saben igual,/ que los labios que beso en mis sueños.

La madrugada que se esfumaron los miedos, y la cordura se quedó en el mínimo. La noche que se hizo día mientras te pedía una y otra vez: mírame. Mírame, porque ya me perdí, y estoy loca. Y te quiero.

Habana 6:30 pm

pintura de Carlos Enríquez

Yo no me fui, yo me alejé un poquito

Desde más lejos se oye más bonito

Mi corazón procesa, sufre, baila, y canta lo que sangra.

Habana Abierta

 

A la hora en que el sol desciende al mar y una mujer se sienta en el malecón de la Habana a contemplarlo, a esa misma hora, en medio del asfalto, el polvo y la contaminación, una mujer no puede ver, entre tanto edificio alto, el mismo sol. Se sube en sus recuerdos, y aun así, no alcanza a ver esa hora de la tarde que le parece la mejor de todas: cuando el sol se esconde en el mar, en La Habana, y se despide de ella.

Yo, después de mí

sonrisaSonrío casi por todo. Como diría una amiga: ¿Qué nos queda? Lo nuestro, lo auténticamente nuestro, es la sonrisa, y eso nada lo debe arrancar.

Feliz o no, sonrío. Puedo despertar con ansias de conquistar el mundo o no; pensar que lo imposible es posible, o no…

Puedo, como hoy, amanecer afiebrada o adolorida; sintiendo que se cae el techo o que se quiebra  mi garganta. Puedo ver el atardecer de muchas maneras, pero siempre le sonrío.

Sonrío, aunque alguno crea que es locura, porque estoy viva y siento calma; porque aun cuando nos caemos –diría un gran amigo- lo mejor que podemos hacer es levantarnos, sacudirnos la tierra de las rodillas, y continuar. Continuar… sin que nada nos robe la sonrisa.

Y sonrío…