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Posts Tagged ‘atardeceres’

pecescometa“Regálame un atardecer”. Casi con la insistencia del Principito que pedía que le dibujaran una oveja, con la urgencia de quien no puede esperar, le pidió la imagen de un atardecer.

También al otro día, y al otro.

Un atardecer. “Regálame un atardecer”.

Pero su necesidad era auténtica e inconfesable. Un atardecer…

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mi-reloj“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar”.

Silvio Rodríguez

 

 

Él le dijo TE QUIERO de veinte formas posibles. Con sustantivos, con adjetivos, con verbos, con flores, con caricias, con canciones mientras hacían el amor, con comidas, con películas, con versos, con párrafos enteros, con gestos, con una llave de casa…

Le escribió un cuento que leyó para ella. Todos sabían que era para ella. Hasta ella lo sabía.

Él estaba enamorándose de ella, y se lo dijo, y lo hizo visible a plena luz del sol y a plena luz de luna.

— ¡Qué fotos me estoy perdiendo! – pensó mientras se la aprendía con los ojos. Como suele suceder en los museos, sin tocar cámaras ni objetos con las manos. Él solo la contemplaba, desnuda, como si fuera una escultura de un museo.

Y luego la agarraba con ambas manos, como figura pagana, para que el TE QUIERO lo escuchara solo ella, en un susurro.

Le regaló los acordes de una guitarra, el silencio de una calle de madrugada, el rocío sobre el pasto al amanecer, el atardecer a orillas del mar… Y le habló de tiempo, de mucho más tiempo juntos.

Ella, quizás espantada por las palabras que se hacían mayúsculas, o por inseguridades muy suyas, desapareció. Él no volvió a verla para un último TE QUIERO. No supo dónde, cuándo, la volvería a ver (si es que alguna vez la volvería a ver). Se quedó atorado entre el hoy y el lejano mañana, a solas con sus manos y con las letras que iba uniendo para aprender a pronunciar otras palabras.

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citas

atardecer

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

Él le dijo que estaban bajo la misma luna, el mismo atardecer… Y desde entonces, donde quiera que estén, se citan mirando al cielo.

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sonrisaSonrío casi por todo. Como diría una amiga: ¿Qué nos queda? Lo nuestro, lo auténticamente nuestro, es la sonrisa, y eso nada lo debe arrancar.

Feliz o no, sonrío. Puedo despertar con ansias de conquistar el mundo o no; pensar que lo imposible es posible, o no…

Puedo, como hoy, amanecer afiebrada o adolorida; sintiendo que se cae el techo o que se quiebra  mi garganta. Puedo ver el atardecer de muchas maneras, pero siempre le sonrío.

Sonrío, aunque alguno crea que es locura, porque estoy viva y siento calma; porque aun cuando nos caemos –diría un gran amigo- lo mejor que podemos hacer es levantarnos, sacudirnos la tierra de las rodillas, y continuar. Continuar… sin que nada nos robe la sonrisa.

Y sonrío…

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labiosDespierto a medianoche y te hablo. No sé si estás despierto, ni siquiera sé si estoy despierta, pero te hablo. Se me escapa un pedazo de poema, y me preguntas qué nombres digo, qué digo, qué nombres… Y menciono a Dulce María Loynaz y a Carilda Oliver Labra. Me ves sin entender, sin entenderme, sin entenderlas. Te cito versos de cada una:

La Balada del amor tardío, de la Dulce María:

“Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?”

Y me guardo la palabra atardecer, y la escondo de todos, y de mí misma, porque los atardeceres son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe es un atardecer. Y no lo digo, solo lo escondo.

Y cito también Se me ha perdido un hombre, de Carilda:

“Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme
el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.”

Y me guardo la palabra manos, y la escondo de todos, y de mí misma, porque tus manos son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe son tus manos. Y no lo digo, solo las escondo.

Miro tus manos, cada vez más nítidas, y no. Cada vez más cercanas, y no. Como los atardeceres. Efímeros. Efímeras.

Despierto a medianoche y te hablo. Me quedo repartiendo palabras al azar, poemas al azar, te busco al azar, y no hay nadie. No hay más nadie que yo –sola- en la habitación. No sé si estás despierto, no sé si existes. Ni siquiera sé si estoy despierta, no sé si existo. Mas, se me escapa un pedazo de poema, un atardecer, y tus manos…

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De ida y vuelta…

atardecerPero ya no era ayer,/ Sino mañana./ Y un insolente sol,/ Como un ladrón, entró/ Por la ventana.

Joaquín Sabina

 

Escribo de noche, cuando para ti es de madrugada. Y cuento las horas que nos separan, para que todas las letras queden escondidas hasta que despiertes. Cuento las horas con los dedos de la mano, y me quedo mirando mis manos, y pensando en las tuyas.

No, tus manos no pueden ser –no son- “como de mujer”. O yo no volvería a ellas con semejante curiosidad. Las manos. Yo creía que lo que más me gustaba de todas las personas que conozco eran las manos. De ti me gustan más tus ojos. Pero como te lo han dicho un montón de veces, no seré yo quien lo repita. Mejor sigo alegando que las manos… (Aunque pida ver muchísimas imágenes a través de tus ojos).

Ver, por ejemplo, el atardecer. Amo los atardeceres. Lo anoté en la lista de favores: “¿Podrías, por favor, enviarme una foto del atardecer?” Enviaste esta. Y fui feliz. Enternecidamente feliz.

… Pierdo, así, varios minutos mientras divago, sin darme cuenta que estoy redundando en ti. Y para salvarme del trauma por esa afirmación tuya -tan a la ligera- de “manos como de mujer”, me repito como un mantra: “Este hombre está loco, no sabe lo que dice…”

Vuelvo a escribir, porque ya es de madrugada para mí y casi amanece para ti. Y aunque se agoten las conexiones digitales, y mañana no pudieras acceder a internet, en todas las plazas del mundo existen palomas. Palomas. Y con alguna podría enviar este mensaje. Y este fragmento de poema:

“Atardece de nuevo y un día más ciudades diferentes
nos enseñan sucesivos ocasos. Mañana
volveremos a encontrarnos, pero hoy, ¿cómo hablarte
de las horas que vendrán y otra vez no serán nuestras?”

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vía email

la foto 3Vía email recibo muchas cosas: palabras de amigos, las notificaciones de cierta agencia de noticias, y hasta un abrazooooooooooooooooo (así con muchas O) que un amigo me manda casi a diario.

También fotos. Como la del malecón que aquel muchacho me hizo llegar porque le pedí ver un pedazo de mar para aplacar tristezas. O las de mis personas distantes, o la que mis amigos y yo nos hicimos juntos.

Ese día abrí mi buzón digital y, sin pedirla, sin haber estado en ese lugar, tenía cinco imágenes de un atardecer en el mar –atardeceres, mar… dos de mis adicciones. Él me las envía como quien entrega el mejor regalo, y teclea algo, escribe que me recordó mientras lo veía y por eso lo fotografió para mí, porque pocas veces ha conocido a alguien que se deje embrujar tanto por el mar, como yo.

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