Ala rota

¿Te acuerdas, papá, cuando encontré aquel pájaro con un ala rota, y lo puse en tus manos y con mi inocencia de niña te dije: “Arréglala”?

Arréglala. No “Cúrala”, sino “Arréglala”.

Arréglala -como arreglabas el fogón, o mi librero, o los zapatos viejos. Arréglala -porque tú lo arreglas todo.
¿Te acuerdas?

Y cuando estuvo sana me acerqué a besarla y tú con tu sabiduría de hombre grande me dijiste: “¡Cuidado no te de un picotazo en el ojo, no le acerques tanto la cabeza!”

¿Te acuerdas, papá?

Hoy vi un ave rota. No solo su ala. Rota. Estaba en la acera y a unos cuantos metros de ella, unos hombres talaban un árbol.

Me acerqué a besarla. Ya sé que tampoco entiendes por qué me gusta besar aves.

Pensé en ti, que sabes arreglarlo todo. Y pensé también que si el ave aquella, o esta, da picotazos en los ojos, o se arrebata como los pájaros de Hitchcock, quizá sea porque los seres humanos lo merezcamos un poco.

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Tu fantasma

“En ti pensé al ver a tres o cuatro niños que pescaban en el río. Un río que, aun tan sucio —o tal vez más por ello—, sigue siendo la metáfora perfecta de todo el tiempo que se va.

Sé que no tardarás en entender mi obsesión por el tiempo, especialmente ahora que mi tiempo eres tú”.

(Carta encontrada en un baúl)

 

Él volvió a colarse en sus sueños. Ella otra vez sintió cerca de su cuerpo las manos en las que conoció las caricias insospechadas, le escuchó hablarle con esa voz suya que le estremece aun, que la desgarra cada vez que se acerca y la nombra. Él lo sabe, que la nombra y la renace, que mueve algo muy hondo, que dejaron de verse cuando aun se miraban intensamente.

No sirvió de nada tratar de borrar los poemas, los libros, las fotos, las flores, las dedicatorias, los reencuentros, las palabras tan suyas y tan reales que ella se resistió a creer. Esas verdades –dijo él- que (cuando vienen de ti) necesito creer, y (cuando vienen de mí) tú crees que necesitas no creer.

Él sabía. Sabía que ella se negaba a pisar su suelo firme, y le repetía que ya ningún otro lugar debía ser su sitio. Él no le podía explicar por qué ella le resultaba tremendamente inexplicable. Y cada mirada suya se le antojaba digna de perpetuar en fotografía, y lo decía en todas partes y momentos: ¡qué fotos me estoy perdiendo!

Ella le parecía una bendición. Y las bendiciones –dijo- pueden ser no merecidas, pero sí siempre deseadas. Ella, la que nunca le dio la certeza de romper su soledad, de quedarse en su abrazo, de amanecer con hijos y aves. Ella…aun cuando le recitó aquel poema de Borges: Con qué puedo retenerte.

Se despidieron y rompieron contacto, pero no afectos. Quedaron solamente en pensamiento, en noticias de trasmano, en crónicas publicadas e inéditas, en un mar y una ciudad regalada.

Hasta la noche en que él volvió a colarse en su sueño, y ella sintió la despedida definitiva. Lo sintió tan cerca como la vez que –tras años sin verse- se reencontraron en una calle muy suya, detuvieron los pasos, se besaron y siguieron caminando en direcciones contrarias, como eternos conocidos.

Él volvió como en esa canción de Silvio: Pero cuando puedas, vuelve, porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya.

Apareció como siempre le dijo que aparecerían sus mensajes: aunque tenga que enviar palomas o hacer señales de humo, me sabrás cerca. Esa noche ella lo sintió –tan lejos y tan cerca- que lloró dormida y lloró al despertar. No porque no estuviera, no porque se fuera sin besarla, sino porque sus palabras, las de esa noche, fueron las últimas: Nunca podré olvidarte, ni tú a mí, no importa lo que pase, lo sé.

Se estremeció tanto como el día que él le dijo: te dedico este libro y te dedico mi vida.

Al despertar buscó los periódicos, ninguno anunciaba su muerte, pero ella se sentía de luto. Y recordó la broma infame que él le hizo una vez: me moriré antes que tú solo para que seas tú quien escriba mi epitafio, y nuestra historia.

Ornito…logía

aves_ornitologíaPuedo escribir –pero no pronunciar- ornitología sin que se me enrede la lengua. Tal vez por eso cuando tengo que referirme a alguien que se dedica a ello, acudo al: “estudia las aves”.

Ese viernes, sin embargo, la palabra me salió sin contratiempos. Con precisión:

“Ella es mi amiga. Es bióloga. Es ornitóloga”.

No sé por qué aquel muchacho disoció el sentido del término. Yo que trataba de hacerlo exacto… y para él no se tornó nada claro el significado. El asombro ante su respuesta, paralizó cualquier intento de risa:

“Ah, ¿tu amiga es ornitóloga?, qué lindo, ¡estudia las hormiguitas!”