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Soñar en azul

Después de perder unas cuantas raíces, de sacudirse hasta los cimientos, de aprender nuevas melodías y palabras, finalmente comenzó a soñar en azul…

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El mar se deshizo bajo sus pies. Desde entonces solo queda la lluvia.

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montserrat-roig_escribiendo7. Mi color favorito es el azul.

Palabras últimas. Y –pensé- nuestra única semejanza visible. Azul. Después de escribir una declaración tan desesperada de traiciones, caídas, recomienzos, travesías, y otra vez traiciones. Azul era el único oasis en medio de todo ese tormento, como la tranquilidad de las olas del mar en calma.

Aquel desahogo –recorrido de su vida en 7 cosas que no había contado públicamente así, de un tirón- me pareció uno de los actos de valentía más auténticos que he visto.

Yo, que he escrito de traición, deslealtad, hipocresía, soledad… en ese momento me sentí torpe por hacer catarsis a gritos. No. Yo no he tenido que volver a empezar y reconstruirme tantas veces.

Pensé en el mar. El azul. Las distancias. E inevitablemente, en estos versos de Antonio Machado:

“Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar (…)
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar…”

Pensé, además, que no había leído revelaciones así de hondas desde que encontré, hace seis años, las crónicas de Montserrat Roig, convertidas en diario. Ella escribió incluso desde la cama de un hospital, sin que sus lectores supieran que ahí estaba, desgarrada. Él ha publicado muchas sonrisas sin que los que ven sus fotos supieran que ahí estaba, escondiendo los tragos amargos, también desgarrado. Ella y él tienen mucho en común.

 “Creo en la esperanza porque solo es ella la que construye el futuro”.

Montserrat Roig

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Quise llevarme el mar en los ojos. Mi amigo hubiera querido tener su cámara a mano para postergar ese momento.

Días antes prometió invitarme a conocer el Morro.  Él, que tan saciado está de verlo, no creyó hallar algo novedoso en esa visita. Yo, que apenas lo descubría, quise mirarlo todo, subir piedras hasta quedar en un muro alto para ver las olas y llenarme de azul.

Al  Morro solo lo conocía por fotos, en las imágenes conservadas en la carpeta de Arte Cubano que tuvimos que estudiar para aprobar el 4to año de la carrera. Eran fotos en blanco y negro que nos obligaba a identificarlo como una construcción militar del siglo XVI.

El día que lo vi sin computadora de por medio, me pareció tan inmenso que quedé muda. Cuando llegamos a lo más alto que pudimos, mi amigo me dijo: de verdad te gusta mucho el mar.  Parece que te lo quisieras llevar en los ojos.

Pero aquel día no tuvimos fotos.  Él prometió hacer algunas y dejármelas en mi correo. Hace poco recibí varias. Le había comentado que a mi blog le faltaba una crónica si no tenía conmigo un pedazo del Morro.

–         Escribe la crónica, que aquí tienes las fotos.

Él regresó para buscarme algunas imágenes. Y yo volví a ver esos muros desde el cristal de una computadora. Esta vez a color.  Cómo podía decirle que aún quiero tener ese mar en los ojos.

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