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Posts Tagged ‘Benedetti’

benedettiDespertó a medianoche porque creyó estar alucinando. Despertó con el susto de haberse confesado al aire, a las paredes, a la habitación vacía. Despertó asustada porque pensó estar enloqueciendo. “Corazón coraza”, se escuchó decir. Pensó que alguien preguntó: “¿Qué?” y en medio de la alucinación, volvió a hablar: “Benedetti”.

Se levantó y fue a tomarse un vaso de agua. No tenía sed, aunque recuerda haber dicho que tenía sed. Fue hasta la cocina, aun asustada, por un vaso de agua, para con él tragarse los otros poemas que traía en los labios.

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mona-lisaComenzó a escribir después del tercer trago. Ya sus emociones estaban más alteradas que ella. Escribió, por ejemplo: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” y luego recordó que ya eso lo había escrito Neruda.

“mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.”

Y pensó en Benedetti. Sí, ya eso lo había escrito Benedetti.

“Yo no sé escribir algo valiosos –se dijo- ya todos mis versos quedaron desperdigados en otros versos”.

Se sirvió el cuarto trago. Y escuchó muy lejanamente esa canción desgarradora de José Alfredo Jiménez, pero que a ella la rompe más en la voz de Chavela Vargas:

“Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos
quiero ver a que sabe tu olvido
sin poner en mis ojos tus manos…”

Y quedó sola, semiahogada entre el alcohol y sus lágrimas, sin nada nuevo que escribir.

“Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos…”

 

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lluviaÉl se duerme dondequiera. En una silla, en un sofá, en los viajes o hasta caminando; en el lugar y hora que lo atrape el sueño. Ella solo duerme en las noches y sobre una cama.

No coinciden siquiera en los horarios. Existen seis horas de diferencia entre uno y otro, por eso resultan tan divertidas las videollamadas que muestran un pedazo de noche –cuando para ella es día- o un pedazo de día –cuando para él es noche.

Salvo dos o tres desencuentros, coinciden en una docena de películas, música, poemas, museos, y deportes.

Se les da mejor –supongo- los saludos que las despedidas. Por eso cuando llega el hasta mañana, él dice dormir, aunque siga despierto. Y le responde casi con estos versos de Eduardo Galeano: “No consigo dormir. /Tengo una mujer atravesada entre los párpados. /Si pudiera, le diría que se vaya; /pero tengo una mujer atravesada en la garganta”.

Y así es como –Benedetti que los une- “los grandes temas /dormían el sueño que ellos no durmieron”.

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Hay personas que se empeñan en reaparecer cuando perciben que las palabras ya no les corresponden. Escribo de poemas intensos, de abrazos para contrarrestar el frío que empezaba a calar por dentro. Y reaparecen.

No dicen a tiempo, pero se aferran en volver a destiempo. Solo por el egoísmo de quedarse sin alguien que les deje palabras en tropel. Palabras por correo, palabras en mensajes, palabras en botellas.

Yo, que de un tiempo a esta parte he aprendido que los afectos –cuando pasajeros- llevan fecha de caducidad, cuando quiero decir algo, me desbordo. Como ahora, contra todo manual establecido.

Sobre todo porque no quiero que me suceda como en los versos de Dulce María Loynaz:

Vivía- pudo vivir- con una palabra apretada entre los labios.
Murió con la palabra apretada en los labios.
Echaron tierra sobre la palabra.
Se deshicieron los labios bajo la tierra.
¡Y todavía quedó la palabra apretada no sé dónde!

O como la Última noción de Laura, de Mario Benedetti…donde, luego de tantos silencios, ella admite que:

Usted Martín Santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
(…)
usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin su vida.

Decir a destiempo es dejar morir las palabras. Tal vez por esa razón, cuando he escrito de soledades o de extrañar a alguien, y reaparecen personas que nunca pronunciaron las suyas, yo –de visceral que soy- los convierto en fantasmas. ¿Por qué vienen? ¿Por qué en ese momento? ¿Querían que me aprendiera sus palabras? Qué pena. Lo siento. Llegan tarde… Aun cuando esté sola, cuando esté acompañada, o cuando me abrace a alguien –o no-, desconfío profundamente de aquellos que dicen te quiero a destiempo.

Para ellos -como Alfonsina Storni- no estoy. “Le dices que no insista, que he salido…”

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Jaime Sabines— ¿Qué hay de nuevo?

Ese fue su saludo. Y antes de dejarme responder, continuó: “Es que estás citando mucho a Benedetti”.

— Ah, ¿es eso lo que me preguntas? Pues ya sabes, mis inicios siempre son con Benedetti. Me vienen sus versos uno tras otro. Hay mucha ternura en sus poemas, es desbordante.

— ¿Y luego?

— Solo preocúpate cuando empiece a citar a Jaime Sabines.

— ¿Por qué?

— Porque me parece delirante. Tiene mucha intensidad. Es más sensorial. Es como pasar de las palabras a la piel. Me arrastra hondo.

— ¿Y alguna vez has llegado a Sabines?

— No. Por eso te digo. Si alguna vez sucede, preocúpate.

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“Aprendiendo a vivir

en este siglo feroz

Aprendiendo a seguir

contra viento y marea siendo yo”.

Mario Benedetti

 

Me enamoré del Periodismo. Del olor a tinta impresa, de la premura del cierre, del conocer nuevas historias, de querer escribir la palabra correcta, de reír y soñar con mis amigos en la sala de redacción.

Y aunque llevo todo esto a la par de las conferencias enla Universidad, nunca puedo guardar mi orgullo de decirme periodista. Cuando más deseos de escribir tengo he pretendido que mis venas, en vez de sangre, se llenen de tinta.

Y no han sido pocas las veces que he tenido que salir a la defensa de mi profesión…u oficio. Como aquella vez en que una Doctora del Instituto Pedagógico apuntó hacia tres recién graduados donde me encontraba y nos dijo: ¿así que ustedes son “periodisticos”? Así, sin tilde en la segunda í, sonaba a desprecio, y para confirmarlo apuntó: el periodismo es una falacia. O cuando un hombre me dijo: no sé cómo todos ustedes pueden escribir de lo que no saben…

Pero en ambos casos, y en otros que he intentado olvidar, me incluían en la lista de personas que descuidan horarios para salir a cazar noticias, o historias.  Nunca, hasta este fin de semana, me habían excluido.

Recientemente tuve que viajar a Sancti Spíritus junto a dos profesoras de la Universidad para revisar pruebas de aptitud de Periodismo. Yo, que hace poco estuve sentada desde el otro lado.  Allá nos brindaron café y ante la negativa de mis dos acompañantes, una joven colega señaló: “A ellas no debe gustarles el café, porque son profesoras, no periodistas”.

Tuve deseos de mostrar mi carné dela UPEC, donde me acreditan como redactora-reportera del periódico. Tuve deseos de mostrarle la página 6 de ese día, donde había publicado un trabajo mío. Tuve deseos… Sin embargo, solo la miré, tomé mi taza de café, papel y lapicero en la otra mano, me senté y comencé a escribir etas líneas.

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“Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón”.

Mario Benedetti

 

 

 

Fui una muchacha sin rostro durante casi dos años, mientras le escribía a un muchacho sin nombre.

Casi dos años que se convirtieron luego en cinco meses de rostros, nombres. Y ahora son casi dos años más de ausencias…

Todo comenzó en un buzón electrónico un mes de abril. Los correos iban con mi nombre completo hacia un destinatario desconocido, pero que respondía a mis letras. Teclazos que acortaron distancias. Y al menos sabía que lo leería una vez por semana.

Compartíamos esencias esenciales. Poemas, canciones, anécdotas. Tarareamos vía e-mail varias canciones de Sabina.

Los mensajes viajaron luego mediante carteros desconocidos, en sobres sellados que yo confiaba a Correos de Cuba, pese a su recelo de que la empresa entregara todas las cartas. Todas llegaron.

Luego fueron llamadas, mensajes con personas que nos conocían, libros…

Cuando nos vimos por primera vez me tranquilizó: la magia no se pierde porque yo sepa tu rostro y tú mi nombre. Y vinieron los encuentros noviembre- abril.

Todo comenzó y terminó un mes de abril. La última canción que recordé fue esa de Sabina que también canta Ana Belén donde pregunta “quién me ha robado el mes de abril”.

Siguieron llamadas, hasta la vez definitiva en que no hallamos más respuestas a los correos, ni a los mensajes que algún amigo común accedía a acercar.

La última vez que hablé con él hacía tanto que había alejado toda  comunicación que no reconocí su voz.  Ese día comprendí que mis mensajes no tendrían más respuestas y él me dio  – sin saberlo- el nombre para mi blog.

Un blog que tal vez nunca leerá, pero que va lleno de historias en botellas, unas que le conté y otras que nunca pude decirle…

Aunque para no sentirme en una isla desierta sigo lanzando al mar del ciberespacio estas letras embotelladas que algún buen amigo responde, una vez por semana siento soledad.

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