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Posts Tagged ‘Benedetti’

Inventario

Desde niña me gustan las flores blancas, las que otros negaban por descoloridas, a mí se me antojaban ideales para soñar. Ese contraste de blanco sobre verde me mantenía en paz, era como el lienzo virgen que todo pintor desea.

Yo nací en una ciudad sin mar, dentro de una isla donde la maldita circunstancia del agua por todas partes me obliga a sentarme en la mesa del café. La cercanía con el mar yo la imitaba con un ramito de flores dentro de un vaso de agua que ponía sobre la mesa de la cocina, y me quedaba ahí mirando los pliegues de los pétalos, como si fueran olas, hipnotizada por la textura.

En honor a la sinceridad, desde niña me gustan todas las flores, del color que fueran. Cada tarde, invariablemente, regresaba de la escuela con flores silvestres que iba recogiendo camino a casa. Salir a pasear conmigo era llevar una dosis mayor de tiempo y paciencia para que la niña que fui, se agachara a desprender cuanta flor quería. Siempre tuve a mano los romerillos.

Cuando tuve que vivir lejos de todas las flores conocidas, perdí de vista las flores silvestres, también dejé atrás -creí que para siempre- los romerillos. En verdad solo pregunté par de veces por ellos, porque andar anunciando que una hacía ramos de flores silvestres no es la declaración más sensata en estos tiempos modernos.

Hace unos meses volví a desandar otros caminos, maleta a cuestas, y llegué a vivir más cerca de las flores conocidas. A una sola persona -la que me recibió con un ramo desde el primer día- confesé cuánto me gustan.

Varias tardes después, ante mis lágrimas y mi confusión, él vino a traerme sus manos. Sus manos con unos cuantos romerillos, mientras se escondía el sol y se nos venía una mudanza encima. Desde ese atardecer yo supe que serían las manos, las suyas, toda mi tranquilidad. Con o sin flores, porque ya no necesito contemplar sobre la mesa la textura de los pétalos, o pedir que sean blancas para dibujarme olas de mar. Hay muchas cosas que ya no necesito…Mi mar queda cerca cuando él está. Aunque él no sabe…

…no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme
.

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 Él le cantó al oído: “Que el maquillaje no apague tu risa…”

Ella aprendió que cuando se cortan de tajo las risas, hay fisuras que el maquillaje no puede tapar.

“Aunque esta herida duela como dos…” y el corazón vaya haciéndose, otra vez, corazón coraza.

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benedettiDespertó a medianoche porque creyó estar alucinando. Despertó con el susto de haberse confesado al aire, a las paredes, a la habitación vacía. Despertó asustada porque pensó estar enloqueciendo. “Corazón coraza”, se escuchó decir. Pensó que alguien preguntó: “¿Qué?” y en medio de la alucinación, volvió a hablar: “Benedetti”.

Se levantó y fue a tomarse un vaso de agua. No tenía sed, aunque recuerda haber dicho que tenía sed. Fue hasta la cocina, aun asustada, por un vaso de agua, para con él tragarse los otros poemas que traía en los labios.

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mona-lisaComenzó a escribir después del tercer trago. Ya sus emociones estaban más alteradas que ella. Escribió, por ejemplo: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” y luego recordó que ya eso lo había escrito Neruda.

“mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.”

Y pensó en Benedetti. Sí, ya eso lo había escrito Benedetti.

“Yo no sé escribir algo valiosos –se dijo- ya todos mis versos quedaron desperdigados en otros versos”.

Se sirvió el cuarto trago. Y escuchó muy lejanamente esa canción desgarradora de José Alfredo Jiménez, pero que a ella la rompe más en la voz de Chavela Vargas:

“Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos
quiero ver a que sabe tu olvido
sin poner en mis ojos tus manos…”

Y quedó sola, semiahogada entre el alcohol y sus lágrimas, sin nada nuevo que escribir.

“Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos…”

 

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lluviaÉl se duerme dondequiera. En una silla, en un sofá, en los viajes o hasta caminando; en el lugar y hora que lo atrape el sueño. Ella solo duerme en las noches y sobre una cama.

No coinciden siquiera en los horarios. Existen seis horas de diferencia entre uno y otro, por eso resultan tan divertidas las videollamadas que muestran un pedazo de noche –cuando para ella es día- o un pedazo de día –cuando para él es noche.

Salvo dos o tres desencuentros, coinciden en una docena de películas, música, poemas, museos, y deportes.

Se les da mejor –supongo- los saludos que las despedidas. Por eso cuando llega el hasta mañana, él dice dormir, aunque siga despierto. Y le responde casi con estos versos de Eduardo Galeano: “No consigo dormir. /Tengo una mujer atravesada entre los párpados. /Si pudiera, le diría que se vaya; /pero tengo una mujer atravesada en la garganta”.

Y así es como –Benedetti que los une- “los grandes temas /dormían el sueño que ellos no durmieron”.

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Hay personas que se empeñan en reaparecer cuando perciben que las palabras ya no les corresponden. Escribo de poemas intensos, de abrazos para contrarrestar el frío que empezaba a calar por dentro. Y reaparecen.

No dicen a tiempo, pero se aferran en volver a destiempo. Solo por el egoísmo de quedarse sin alguien que les deje palabras en tropel. Palabras por correo, palabras en mensajes, palabras en botellas.

Yo, que de un tiempo a esta parte he aprendido que los afectos –cuando pasajeros- llevan fecha de caducidad, cuando quiero decir algo, me desbordo. Como ahora, contra todo manual establecido.

Sobre todo porque no quiero que me suceda como en los versos de Dulce María Loynaz:

Vivía- pudo vivir- con una palabra apretada entre los labios.
Murió con la palabra apretada en los labios.
Echaron tierra sobre la palabra.
Se deshicieron los labios bajo la tierra.
¡Y todavía quedó la palabra apretada no sé dónde!

O como la Última noción de Laura, de Mario Benedetti…donde, luego de tantos silencios, ella admite que:

Usted Martín Santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
(…)
usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin su vida.

Decir a destiempo es dejar morir las palabras. Tal vez por esa razón, cuando he escrito de soledades o de extrañar a alguien, y reaparecen personas que nunca pronunciaron las suyas, yo –de visceral que soy- los convierto en fantasmas. ¿Por qué vienen? ¿Por qué en ese momento? ¿Querían que me aprendiera sus palabras? Qué pena. Lo siento. Llegan tarde… Aun cuando esté sola, cuando esté acompañada, o cuando me abrace a alguien –o no-, desconfío profundamente de aquellos que dicen te quiero a destiempo.

Para ellos -como Alfonsina Storni- no estoy. “Le dices que no insista, que he salido…”

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Jaime Sabines— ¿Qué hay de nuevo?

Ese fue su saludo. Y antes de dejarme responder, continuó: “Es que estás citando mucho a Benedetti”.

— Ah, ¿es eso lo que me preguntas? Pues ya sabes, mis inicios siempre son con Benedetti. Me vienen sus versos uno tras otro. Hay mucha ternura en sus poemas, es desbordante.

— ¿Y luego?

— Solo preocúpate cuando empiece a citar a Jaime Sabines.

— ¿Por qué?

— Porque me parece delirante. Tiene mucha intensidad. Es más sensorial. Es como pasar de las palabras a la piel. Me arrastra hondo.

— ¿Y alguna vez has llegado a Sabines?

— No. Por eso te digo. Si alguna vez sucede, preocúpate.

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