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Posts Tagged ‘Benedetti’

meteoritoElla le propone crear algo juntos. Él le da a ella luz verde para escribir a partir de la imagen que quiera.

Lo vio como quien mira un meteorito. Con la misma sensación de hallazgo, y con el mismo ensimismamiento de quien se queda mirando la gran roca que cuando impacte, te destruirá. Puede destruirte, pero aún así te deslumbra, y no cambias la vista. Hasta que impacta y ya no hay remedio.

Ella teme desbordarse demasiado, por eso se aguanta las ganas de irse, casi en trozos, en los textos. De irse en pedacitos, y volver más en pedacitos todavía. Cree tener el miedo que nunca antes ha sentido. Quiere escribir sobre sus manos –las de él- pero se resigna a que no. Si no podrás rozarlas, si ya se va con otras manos, para qué dibujar esas, precisamente esas.

Y se detiene. Escoge fotos de paisajes, de atardeceres, de caminos… pero se queda abstraída de toda realidad, viendo otras. Y no se atreve. Tampoco sabe de medirse mucho: cuando quiere decir algo, lo dice; cuando quiere hacer algo, lo hace. Esta vez, por esta única vez, no debe.

— ¿Seguro puedo escoger cualquier foto? No me des tantas libertades.

— Te doy mis fotos. Incondicionalmente.

— Mejor me autocensuro.

— No. No te autocensures, por favor. ¿Viste el álbum que te he compartido?

— Sí. Lo estoy viendo.

— Pero tengo que pedirte un favor.

— Dime.

— No te autocensures. Es un favor que te pido. O al menos no conmigo.

Y… ¿Cómo decirle lo que no le dirá nunca? ¿Cómo explicarle, sin tantos acertijos, que borra más de la mitad de lo que escribe? Que se edita a sí misma y se lo piensa una y mil veces antes de publicar.

No. Mejor que él no sepa, que él nunca sepa que por sus palabras ella anda, desde hace días, con dos poemas de Benedetti, uno de Borges, y tres de Carilda Oliver Labra en la mente.

Mejor autocensurarse, claro, y hacer silencio. Y seguir con sus métodos sutiles –al menos ella cree que lo son- de preguntarle cómo está, qué tal su día, y si ya ha visto el atardecer. Así ni él ni nadie descubrirá, jamás, que ella necesita saber de él, que se quedó viéndolo como a un meteorito, aunque esa gran roca impacte y la destruya.

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benedettiDespertó a medianoche porque creyó estar alucinando. Despertó con el susto de haberse confesado al aire, a las paredes, a la habitación vacía. Despertó asustada porque pensó estar enloqueciendo. “Corazón coraza”, se escuchó decir. Pensó que alguien preguntó: “¿Qué?” y en medio de la alucinación, volvió a hablar: “Benedetti”.

Se levantó y fue a tomarse un vaso de agua. No tenía sed, aunque recuerda haber dicho que tenía sed. Fue hasta la cocina, aun asustada, por un vaso de agua, para con él tragarse los otros poemas que traía en los labios.

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mona-lisaComenzó a escribir después del tercer trago. Ya sus emociones estaban más alteradas que ella. Escribió, por ejemplo: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” y luego recordó que ya eso lo había escrito Neruda.

“mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.”

Y pensó en Benedetti. Sí, ya eso lo había escrito Benedetti.

“Yo no sé escribir algo valiosos –se dijo- ya todos mis versos quedaron desperdigados en otros versos”.

Se sirvió el cuarto trago. Y escuchó muy lejanamente esa canción desgarradora de José Alfredo Jiménez, pero que a ella la rompe más en la voz de Chavela Vargas:

“Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos
quiero ver a que sabe tu olvido
sin poner en mis ojos tus manos…”

Y quedó sola, semiahogada entre el alcohol y sus lágrimas, sin nada nuevo que escribir.

“Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos…”

 

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avion-se-va“Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos…”

Mario Benedetti

 

 

— ¿Qué vas a hacer?

— Regreso.

— ¿Te amenazan y regresas?

— ¿Qué voy a hacer? No es fácil esto. Allá son implacables. Iré con buena cara. Me arreglaré todo lo que pueda antes de bajar del avión.

Me dan deseos de abrazarlo y deseos de golpearlo al mismo tiempo, por hacer un chiste con algo tan grave, por tomarse a la ligera su propia vida y (egoístamente, pienso) por dejarme así, en vilo, esperando noticias suyas hasta que llegue. Hasta que ese avión aterrice -lo sé- no tendré paz.

Cualquier otra persona pediría algo diferente. Pediría algo así como: pon una velita por mí, reza por mí, pídele a todos los santos por mí… o alguna de esas cuestiones tan folclóricas entre cubanos. Él no. Él pide, en cambio:

— Pon una alerta de Google Noticias con mi nombre… si pasa algo, por ahí sabrás.

Y me dan ganas de gritarle. De gritarle, de escupirle en un grito: Te odio. Te odio. Te odio.

No de negarlo tres veces, no de desconocerlo tres veces, sino de odiarlo. Odiarlo tres y cuantas veces pueda, cuantas veces alcance a gritarle: Te odio.

Pero me calmo, porque aunque logre quebrar mis nervios, yo no lo odio. No tengo capacidad para odiar. Y porque ya tengo entrenamiento en eso de autocontrolarme cada vez que un amigo se va o regresa. Su caso es diferente, lo sé. Pero es su vida, es su decisión –pienso- y yo solo estoy siendo egoísta en grado muy. Muy egoísta. Tremendamente egoísta.

Hago acopio de paciencia y le pregunto al fin, luego de un prolongado silencio:

— ¿Cómo hago eso de poner una alerta en Google Noticias?

— Te explico: escribe mi nombre en Google Noticias. Listará noticias sobre mí. Abajo, al final de la página, hay un botón que dice “Crear alerta”, sigue los pasos, y cualquier noticia sobre mí irá a tu email. Es un modo de estar justamente alerta, y no desesperarse.

¿Y no desesperarse? ¿En serio? Lo odiaría ahora mismo con la misma intensidad que lo quiero, estoy más que desesperada, y… ¿me dice que una alerta en Google Noticias es una buena forma de no desesperarme? Me calmo, otra vez. O lo intento al menos, por él. Y me despido, porque no puedo –aunque quiera- seguir esta conversación.

— Está bien. Ya lo hice. Te quiero.

— Yo también te quiero.

Y me quedo aquí, delante de la pantalla de la computadora todo el día, esperando…

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paloma-heridaQuiero decir que estás sacudiendo mi juventud,

ese cántaro que nadie tomó nunca en sus manos,

esa sombra que nadie arrimó a su sombra,

y vos en cambio sabés estremecerla

hasta que empiecen a caer las hojas secas,

y quede la armazón de mi verdad sin proezas.

Mario Benedetti

 

Me alejo envuelta en silencios y termino por retornar a ti. A tus manos. A tus palomas. Termino por no verte, y sin embargo, encontrarte en la Alameda Central que nunca caminamos al atardecer, en la casa de Frida que no visitaste, y en los museos donde dejaste tus pasos.

Me habría encantado recorrer esos museos junto a ti, pero solo permaneces ya en  pedazos sueltos de poemas, de añoranzas, de cartas:

“Finalmente llegué a la monstruosa y contaminada y hermosa Ciudad de México y con un sol caribeño recorrí buena parte del centro histórico. Lo más impactante fueron sin dudas la Catedral Metropolitana y el Sagrario con sus altares platerescos y abrumadores, las ruinas y el museo arqueológico del  Templo Mayor con sus serpientes de piedra y sus guerreros jaguares, el Palacio de Bellas Artes donde pude ver una espléndida exposición de dibujos y fotografías de Picasso (por primera vez he visto originales del maestro), más todo lo de Orozco, Rivera y Siqueiros (y cuando vi las fotos de Frida también apareciste tú), el antiguo colegio jesuita de San Ildefonso, el Palacio de Minería y el Museo de Correos, todos edificios imponentes, repletos de ornamentos, barroquismo y murales, y el parque de la Alameda con sus fuentes y enamorados y el hermoso monumento a Juárez y la calle Madero con sus gentíos inmensos y comercios opulentos.”

Llegué tarde a ti, como suele sucederme. O tal vez llegué tarde a la Ciudad de  México, y ahora camino sin encontrarte. Y solo tengo unos versos fatídicos que me recuerdan a ti, que me regresan a ti, a tus manos, a tus palomas…

 

Usted martín santomé no sabe

cómo querría tener yo ahora

todo el tiempo del mundo para quererlo

pero no voy a convocarlo junto a mí

ya que aún en el caso de que no estuviera

todavía muriéndome

entonces moriría

sólo de aproximarme a su tristeza.

 

usted martín santomé no sabe

cuánto he luchado por seguir viviendo

cómo he querido vivir para vivirlo

porque me estoy muriendo santomé

 

usted claro no sabe

ya que nunca lo he dicho

ni siquiera

en esas noches en que usted me descubre

con sus manos incrédulas y libres

usted no sabe cómo yo valoro

su sencillo coraje de quererme

 

usted martín santomé no sabe

y sé que no lo sabe

porque he visto sus ojos

despejando

la incógnita del miedo

 

no sabe que no es viejo

que no podría serlo

en todo caso allá usted con sus años

yo estoy segura de quererlo así.

 

usted martín santomé no sabe

qué bien, que lindo dice

avellaneda

de algún modo ha inventado

mi nombre con su amor

 

usted es la respuesta que yo esperaba

a una pregunta que nunca he formulado

usted es mi hombre

y yo la que abandono

usted es mi hombre

y yo la que flaqueo

 

usted Martín Santomé no sabe

al menos no lo sabe en esta espera

qué triste es ver cerrarse la alegría

sin previo aviso

de un brutal portazo

 

es raro

pero siento

que me voy alejando

de usted y de mí

que estábamos tan cerca

de mí y de usted

 

quizá porque vivir es eso

es estar cerca

y yo me estoy muriendo

santomé

no sabe usted

qué oscura

qué lejos

qué callada

usted

martín

martín cómo era

los nombres se me caen

yo misma me estoy cayendo

 

usted de todos modos

no sabe ni imagina

qué sola va a quedar

mi muerte

sin su vida.

 

(Última noción de Laura, Mario Benedetti)

 

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lluviaÉl se duerme dondequiera. En una silla, en un sofá, en los viajes o hasta caminando; en el lugar y hora que lo atrape el sueño. Ella solo duerme en las noches y sobre una cama.

No coinciden siquiera en los horarios. Existen seis horas de diferencia entre uno y otro, por eso resultan tan divertidas las videollamadas que muestran un pedazo de noche –cuando para ella es día- o un pedazo de día –cuando para él es noche.

Salvo dos o tres desencuentros, coinciden en una docena de películas, música, poemas, museos, y deportes.

Se les da mejor –supongo- los saludos que las despedidas. Por eso cuando llega el hasta mañana, él dice dormir, aunque siga despierto. Y le responde casi con estos versos de Eduardo Galeano: “No consigo dormir. /Tengo una mujer atravesada entre los párpados. /Si pudiera, le diría que se vaya; /pero tengo una mujer atravesada en la garganta”.

Y así es como –Benedetti que los une- “los grandes temas /dormían el sueño que ellos no durmieron”.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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Hay personas que se empeñan en reaparecer cuando perciben que las palabras ya no les corresponden. Escribo de poemas intensos, de abrazos para contrarrestar el frío que empezaba a calar por dentro. Y reaparecen.

No dicen a tiempo, pero se aferran en volver a destiempo. Solo por el egoísmo de quedarse sin alguien que les deje palabras en tropel. Palabras por correo, palabras en mensajes, palabras en botellas.

Yo, que de un tiempo a esta parte he aprendido que los afectos –cuando pasajeros- llevan fecha de caducidad, cuando quiero decir algo, me desbordo. Como ahora, contra todo manual establecido.

Sobre todo porque no quiero que me suceda como en los versos de Dulce María Loynaz:

Vivía- pudo vivir- con una palabra apretada entre los labios.
Murió con la palabra apretada en los labios.
Echaron tierra sobre la palabra.
Se deshicieron los labios bajo la tierra.
¡Y todavía quedó la palabra apretada no sé dónde!

O como la Última noción de Laura, de Mario Benedetti…donde, luego de tantos silencios, ella admite que:

Usted Martín Santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
(…)
usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin su vida.

Decir a destiempo es dejar morir las palabras. Tal vez por esa razón, cuando he escrito de soledades o de extrañar a alguien, y reaparecen personas que nunca pronunciaron las suyas, yo –de visceral que soy- los convierto en fantasmas. ¿Por qué vienen? ¿Por qué en ese momento? ¿Querían que me aprendiera sus palabras? Qué pena. Lo siento. Llegan tarde… Aun cuando esté sola, cuando esté acompañada, o cuando me abrace a alguien –o no-, desconfío profundamente de aquellos que dicen te quiero a destiempo.

Para ellos -como Alfonsina Storni- no estoy. “Le dices que no insista, que he salido…”

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