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Posts Tagged ‘botellas’

mona-lisaComenzó a escribir después del tercer trago. Ya sus emociones estaban más alteradas que ella. Escribió, por ejemplo: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” y luego recordó que ya eso lo había escrito Neruda.

“mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.”

Y pensó en Benedetti. Sí, ya eso lo había escrito Benedetti.

“Yo no sé escribir algo valiosos –se dijo- ya todos mis versos quedaron desperdigados en otros versos”.

Se sirvió el cuarto trago. Y escuchó muy lejanamente esa canción desgarradora de José Alfredo Jiménez, pero que a ella la rompe más en la voz de Chavela Vargas:

“Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos
quiero ver a que sabe tu olvido
sin poner en mis ojos tus manos…”

Y quedó sola, semiahogada entre el alcohol y sus lágrimas, sin nada nuevo que escribir.

“Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos…”

 

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RodrigoVolví a leer porque me tentaba ver los libros en sus manos. Rodrigo lee. Hasta no cansarse. Lee.

Volví a ir al cine porque me provocaba curiosidad las películas que él sugería. Rodrigo tiene un arsenal de películas. Películas. Y mezcla las escenas con su vida.

Llega a casa contando historias. Las de los libros. Las de las películas.

Yo digo que su hermana es un genio. Y que él es un crack.

Entiende de química, y de licores, y de bailes, y de ropas. Entiende. Rodrigo entiende. Y habla más allá de lo que yo puedo entender.

Él juega fútbol. Y muy bien. Él le pone empeño a lo que disfruta. Y el fútbol lo disfruta. Él se apasiona con lo que le gusta. Y así anda por la casa. Y así anda por la vida. Apasionado.

— ¿Botellas al mar? –Esa es su pregunta para saber si estoy escribiendo.

Y no, hace días que no escribo. Hace unos quince días. Justo en el cumpleaños de su hermana.

Él fue el primero en leerme. Porque era sobre su Aura. Y porque –dice- le gusta el nombre de mi blog.

Hoy llegó a desordenarme las ideas. Ahí estaba yo, buscando artículos para mi investigación, y me dijo: ¿Botellas al mar?

Y no me contuve. Volví a escribir. Me gustó el reto de dejarle una botella escondida. Una que no verá ahora mismo, porque se fue a una fiesta. Y en las fiestas uno no va a leer.

La encontrará. Lo sé. Porque lee. Porque le gustan las historias. Y porque es un crack.

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IMG-20150814-WA0009Siempre hay un antes y un después.

Puede marcarlo el primer encuentro con el mar. Un amanecer. Algún olor. Voces. Un país.

Yo he vuelto a tener los míos. Antes. Después.

Mis circunstancias cambian. Vivo otros amaneceres. Me aprendo con los pies nuevos lugares. Los olores me son extraños. Escucho voces que desconozco. Aprendo. Camino. Siento.

También cambian las palabras que alguna vez escribo, deposito en estas botellas digitales, y lanzo al mar.

Antes. Después.

Venzo mis miedos, mis nervios. Trazo otras rutas. Prescindo del café. Leo otra historia. Me acerco a museos que solo había visitado en fotografías.

Grabo en arena la línea divisoria.

He aquí un antes y un después.

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¿Soy a-normal?

del cieloEstoy tan acostumbrada a escuchar que soy especial, que no soy normal, o que si soy atípica, que voy a empezar a creérmelo.

Aunque no descubro aún si me lo dicen como un elogio o como un reproche. Depende.

De niña me preguntaba si las personas de ojos claros veían las cosas del mismo color que los que tenemos los ojos café. Y si los colores de la TV eran los mismos en todos los televisores. Y llegué incluso a preguntarlo a varias personas.

A mis profesores de la escuela primaria les costó que yo entendiera que aunque la letra Ñ tenía una i incorporada en su sonido, no era correcto escribir: niñia, pequeñio, meñiique, o compañiera –como yo intentaba hacer.

Mi mamá llegó a pensar que tenía una hija boba porque yo no jugaba con osos de peluche, sino con ajíes, hojas de árboles; no me entretenía con los dibujos animados, sino con libros sin imágenes.

Ya en el preuniversitario mis compañeros de aula querían descifrar por qué yo cargaba con libros de filosofía a la par de los de novela y poesía; por qué la televisión me aburría tanto.

En la universidad las dudas respecto a mi condición de “persona normal” aumentaron cuando supieron que por primera vez tenía novio. Y que me encantaba escribir a mano. Piel- papel, como sugería Dulce María Loynaz.

Ahora, pasados todos los niveles de enseñanza, no acabo de precisar si soy extraterrestre, si realmente el fórceps con el que me jalaron para nacer me hizo mucho daño. Pero mis neuronas no logran alinearse con tanta estupidez ambiente, y continúo creyendo en la nobleza de los demás, aunque por estos tiempos la sinceridad sea una llamita que se extingue.

Algunas veces –como en estos días de ausencias- me cuestiono todo esto y más. Y vuelve a invadirme la fatídica fórmula de Soledad + Tristeza = Depresión.

Entonces intento alejarme. Llorar. Encerrarme en mi burbuja-mundo-caracol. Pero entro a administrar el blog, y noto que diariamente más de 90 personas han venido a buscar botellas nuevas. Y vuelvo.

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Si no supiera…

seabottles-arroja-tu-botella-al-marMe tientan al enviarme esta foto. Si no supiera a quién le escribo… entonces embotellaría mis mensajes, los pondría en un saco (no el del “hombre del saco”), no los confiaría a ningún cartero… los pondría en un saco, y me iría a lanzarlos lejos, al mar.

Si no supiera a quién le escribo me haría un blog y después de varis días pensando en un nombre, le llamaría Botellas al mar. Tendría personas a quien quisiera ver antes de un naufragio, algunos de ellos tendrán blogs y yo los enlazaré. A otros les seguiré dejando cartas a mano, mensajes en papeles…

Si yo escribiera sin saber quién me lee, seguramente ahora mismo estaría tecleando este mensaje.

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a-la-puesta-de-solA veces –la mayoría- cuando perdemos algo o alguien, es que le añadimos el valor entrañable. Entonces queremos decirle mucho en poco tiempo. Contemplarlo con la paciencia que no le tuvimos antes. Y pensamos en ese antes, cuando ya se acerca el después.

Me he puesto a filosofar. O a divagar. Sucede que desde hoy seré una persona sin correo electrónico. Y eso, en tiempos de inmediatez al amparo de un clic, resulta una pérdida fuerte.

A través de esa dirección de email he encontrado y reencontrado a varias personas. He mantenido puentes con los amigos más alejados. He puesto un saco de abrazos a cambio de que me quieran sin tamaño. Hay mensajes que tengo gastados de tanto leerlos. Por esos trillos digitales he susurrado palabras y lanzado tantas botellas como esta. Me han escrito en mayúsculas. Me he ilusionado. He hecho confidencias. He contado de desvelos, alegrías, tristezas.

Pero como escribió un amigo hace cuatro años: “El tiempo que nos toca en el reino pensante está hecho de roces, de adioses y bienvenidas. Cada Hola presagia un Hasta luego, y este, a su vez, puede alumbrar otros encuentros. Como en una imparable cadena de comuniones y desenlaces que nos va llevando del primer grito al último”.

Y aunque otro amigo advierta que gusta más de bienvenidas que de adioses, hoy me toca abandonar un vínculo de años a fin de romper el enlace con el lugar que me lo proporcionó.

Dejo el email tan vacío como lo recibí -blanco total- Mas, no se queda igual. Después de 9 años conmigo no debe estar tal cual lo acogí. Hay palabras aprendidas, guardadas, traspasadas, que no se pierden. A fin de cuentas, el que se va es mi buzón. Yo me quedo.

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niño con botellaHace mucho tiempo leí y guardé la parábola de un burro que cayó en un pozo. El dueño consideró que el burro estaba viejo, el pozo había que sellarlo…y decidió convocar a sus vecinos para que lo ayudaran a echar tierra sobre el hueco y de paso, sepultar al animal. Al principio el burro lloró, pero ante el asombro de todos los que miraron cuánto faltaba para terminar, el animalito estaba cerca del brocal: con cada golpe de tierra, el burro se sacudía y daba un paso hacia arriba, hasta que llegó al borde y salió trotando.

El último párrafo de esa historia advierte: cada uno de nuestros problemas es un escalón hacia arriba. Podemos salir de los más profundos huecos si no nos damos por vencidos. Usa la tierra que te echan, y sale adelante.

En estos días una persona que quiero mucho me contó de grandes decepciones, deslealtades, de amigos que al final no eran tales. Otro me repitió hasta no cansarse que todo pasa. Releí un email del 2009, donde un periodista grande me escribió: No te desanimes. ¿A quién las cosas no le han salido bien una vez y otra vez? Lo importante es levantarse, sacudirse el polvo de las rodillas y seguir. Como el Quijote que a quienes lo llamaban loco, él respondía: Yo sé quién soy. En efecto, saber quién es uno y qué busca y quiere. Eso es lo importante. Incluso aunque uno esté en minoría, hay que vivir solo con la minoría. Ese es el mérito (…) Nunca olvides, para que te sirva de acicate, que nadie le da patadas a un muerto. Hay que estar vivo, muy vivo, para que otros se dediquen a golpearte.

Desde que escribí Apagada, me llamó la atención -entre otras cosas- que al blog siguieran llegando comentarios, los enlaces continuaran, y sobre todo…que varias personas se suscribieran. Eso devuelve las esperanzas hasta a la más apagada.

A partir de la primera botella, en octubre del 2011, he tenido problemas para actualizar. Algunas veces programé, otras pedí de favor que me dejaran diez minutos en una computadora. Le envié los textos y las fotos a una amiga para que ella los subiera cuando yo no podía… ni enferma dejé de escribir y buscar alternativas para publicar. Entonces, no será ahora –que puedo encargarme más de estas Botellas al mar– que renuncie.

Me alejé el tiempo necesario para leer hasta que los ojos dolieran, pensar cómo recuperar los pedazos míos que regalé y que pisotearon.

Conversé con los que quiero y respondí los correos necesarios. Fue bueno el silencio de la mayoría, sobre todo de quienes se supieron aludidos y desaparecieron (como debían). No más fantasmas.

Ya lo escribió Ítalo Calvino, en Las ciudades invisibles: El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es el infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

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