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Posts Tagged ‘café’

Tengo una amiga que se llama Jenny Pombo. Su frase más famosa, luego de un “Por favorrrrrrrrr” con la r arrastrada a ras del suelo, es soltar un estruendoso: “¡Aflójame las trenzas!”. Es, como ella misma se define, una persona tocaísima, fuera de serie, escapá. Y como diría un ser fino y divino de París llamado Elizabeth para calificar a personas como ellas: “es que estamos después de la coma y los tres puntos suspensivos, somos una talla muy aparte, estamos a otro nivel…”

Jenny Pombo y Elizabeth -siempre reina- son de las personas que quieres tener cerca para reírte a carcajadas, para tomarte un café riquísimo, contar desilusiones o pedirle descaradamente que te den parte de su comida, porque te gusta lo que están comiendo. Son más energizantes que las bebidas que recomiendan cuando haces ejercicios, y tienen esa luz natural de quien es sincero. Son de los bichos raros y valiosos a los que casi se les marca la aureola celestial encima de la cabeza y sudan agua bendita de lo bien que se portan (“¡Aflójame las trenzas!”)

Para no cansar: que son muy cultas y divertidas, no se andan mirando a los demás por encima del hombro y no envidian (HIN-BI-DIA, diría una). En estos días estaba conversando con alguien que se cree el ombligo del mundo por dos o tres autores que puede citar de memoria. “Sapingos intelectualoides”, dirían en mi tierra. Y con nebulosa incorporada. Cuando ya me estaba obstinando al límite de mi capacidad le dije, con la mayor convicción y convencimiento del que soy capaz: “Citando a la famosa y nunca bien ponderada Jenny Pombo en una de sus obras más populares: ¡Aflójame las trenzas!”

Aún debe estar buscando quién es la tal Jenny Pombo esa que él no conoce, qué libros ha escrito, y en qué obra popular es que está esa frase de “¡Aflójame las trenzas!” Debe tener loco a Google pero nunca, bajo ningún concepto, admitió que no sabía quién era. La arrogancia no se lo permite.

En su casa, con una taza de café mediante, Jenny debe estarse riendo.

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mujer-cine…be happy

 

 

Me pierdo entre los cafés. Me fugo a las cafeterías. Hasta una servilleta sirve para anotar mi felicidad. El olor del café, el sabor del café…Yo.

Me escondo. Es tiempo de esconderme en mis propias letras, y de renovarme en las ajenas. Por eso me regodeo entre tantos libros, bibliotecas, librerías. Parece un mar, y me fascina.

Regreso a mí con la piel erizada de palabras. Y por primera vez me pierdo, yo sola, en un cine. En muchos cines. Conmigo misma.

Me reconozco cada día más. Hago lo que me gusta. Me agrado cada día más. Y soy inmensamente feliz.

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viviéndome

primaveraDebe ser cosa de la primavera, que me recuerda con más fuerza que estoy viviendo otro año, que me quedé y merezco esta otra vuelta de lluvias y flores.

Y me invita a mezclarme. A empaparme otra vez bajo un aguacero. A andar descalza por el pasto. A juntar un ramo de flores silvestres. A disfrutar el olor de la tierra húmeda. A vivir la primavera muy a mi modo.

Vivirla viviéndome. Y los discos de música desfilan uno tras otro. Y las botellas se descorchan. Y el rito del café comienza cuando beso la taza.

Duermo menos para que el tiempo, el bendito tiempo, dure más. Extraño menos. Sí, egoístamente admito que extraño menos. Nada me perturba en estos días, y me río sola hasta que me duela la garganta y el estómago.

Las añoranzas deben haberse espantado, porque ya ninguna música me devuelve lágrimas, y ningún gorrión me posa en mis antiguas calles. Ahora soy yo. En otra primavera. Tan lejos y tan cerca. Feliz. Ridículamente feliz por todo.

Debe ser cosa de la primavera, por eso salgo a la ventana copa en mano, y me quedo conversándole, como a una vieja amiga. Y le confieso. Y le digo que pronto volveré a recostarme en la yerba, y a acariciar un árbol. Pronto. Ya pronto…

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taza de café amargoLa última vez que caminé por La Habana fue en un día como este. Gris. Lluvioso. Frío.

Ahora La Habana regresa solo en imágenes, en canciones. Solo eso tengo. Me queda lejos. Le quedo lejos.

Agarro la cafetera, para ver si calmo todas las añoranzas que se me revuelven dentro. Agarro la cafetera, buscando ese sabor conocido. Un sabor servido en tazas. Un sabor que también me queda lejos.

Música en pequeños sorbos, fotografías también a sorbos. Todo se va, y viene, a sorbos, con el café.

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IMG-20150814-WA0009Siempre hay un antes y un después.

Puede marcarlo el primer encuentro con el mar. Un amanecer. Algún olor. Voces. Un país.

Yo he vuelto a tener los míos. Antes. Después.

Mis circunstancias cambian. Vivo otros amaneceres. Me aprendo con los pies nuevos lugares. Los olores me son extraños. Escucho voces que desconozco. Aprendo. Camino. Siento.

También cambian las palabras que alguna vez escribo, deposito en estas botellas digitales, y lanzo al mar.

Antes. Después.

Venzo mis miedos, mis nervios. Trazo otras rutas. Prescindo del café. Leo otra historia. Me acerco a museos que solo había visitado en fotografías.

Grabo en arena la línea divisoria.

He aquí un antes y un después.

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Descripción

librosUn incienso. Una taza con café. Un vestido que cubre las rodillas y cae ancho. Pelo suelto. Estoy en mi habitación con todo el lujo que necesito: una cama y un librero. Ya puedo escribir.

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ZenaidaLa mujer del periodista, la que se queda en casa para que él vaya de coberturas y recorra medio país en una semana, cumplió años ayer.

Ella, que ha sido su retaguardia, su sostén, y su primera lectora durante más de 40 años, nunca ha tenido su nombre en coatoría de ningún trabajo, no recibe premios ni es llamada como jurado de concursos.

La mujer del periodista se llama Zenaida y no necesita ninguna de esas cosas para saberse imprescindible. Él la menciona en un puñado de sus crónicas, le dedica libros, le dice que la quiere. Eso basta.

Ella queda en casa; lee, cose, cocina, hace café (un café que bien merece un premio). Los amigos del periodista saben que él –como en la frase de Ortega y Gasset de “yo soy yo y mis circunstancias”- él es él y su mujer. (¿O acaso no reza otro refrán que junto a todo buen hombre hay una gran mujer?)

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