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Posts Tagged ‘cariño’

avion-se-va“Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos…”

Mario Benedetti

 

 

— ¿Qué vas a hacer?

— Regreso.

— ¿Te amenazan y regresas?

— ¿Qué voy a hacer? No es fácil esto. Allá son implacables. Iré con buena cara. Me arreglaré todo lo que pueda antes de bajar del avión.

Me dan deseos de abrazarlo y deseos de golpearlo al mismo tiempo, por hacer un chiste con algo tan grave, por tomarse a la ligera su propia vida y (egoístamente, pienso) por dejarme así, en vilo, esperando noticias suyas hasta que llegue. Hasta que ese avión aterrice -lo sé- no tendré paz.

Cualquier otra persona pediría algo diferente. Pediría algo así como: pon una velita por mí, reza por mí, pídele a todos los santos por mí… o alguna de esas cuestiones tan folclóricas entre cubanos. Él no. Él pide, en cambio:

— Pon una alerta de Google Noticias con mi nombre… si pasa algo, por ahí sabrás.

Y me dan ganas de gritarle. De gritarle, de escupirle en un grito: Te odio. Te odio. Te odio.

No de negarlo tres veces, no de desconocerlo tres veces, sino de odiarlo. Odiarlo tres y cuantas veces pueda, cuantas veces alcance a gritarle: Te odio.

Pero me calmo, porque aunque logre quebrar mis nervios, yo no lo odio. No tengo capacidad para odiar. Y porque ya tengo entrenamiento en eso de autocontrolarme cada vez que un amigo se va o regresa. Su caso es diferente, lo sé. Pero es su vida, es su decisión –pienso- y yo solo estoy siendo egoísta en grado muy. Muy egoísta. Tremendamente egoísta.

Hago acopio de paciencia y le pregunto al fin, luego de un prolongado silencio:

— ¿Cómo hago eso de poner una alerta en Google Noticias?

— Te explico: escribe mi nombre en Google Noticias. Listará noticias sobre mí. Abajo, al final de la página, hay un botón que dice “Crear alerta”, sigue los pasos, y cualquier noticia sobre mí irá a tu email. Es un modo de estar justamente alerta, y no desesperarse.

¿Y no desesperarse? ¿En serio? Lo odiaría ahora mismo con la misma intensidad que lo quiero, estoy más que desesperada, y… ¿me dice que una alerta en Google Noticias es una buena forma de no desesperarme? Me calmo, otra vez. O lo intento al menos, por él. Y me despido, porque no puedo –aunque quiera- seguir esta conversación.

— Está bien. Ya lo hice. Te quiero.

— Yo también te quiero.

Y me quedo aquí, delante de la pantalla de la computadora todo el día, esperando…

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migración

migracionDetrás de los que no se fueron,
detrás de los que ya no están,
hay una foto de familia
donde lloramos al final.

Foto de familia. Carlos Varela

 

 

I

– Me voy –le dijo. No le digas a tu mamá.

– …

La madre entonces no supo nada, pero las lágrimas entonces lo supieron todo.

Cuando se alejaba volteó a ver. Quizás esa ha sido una de las poquísimas veces en su vida en que se ha detenido a mirar hacia atrás. A muchos metros de distancia, había otra persona llorando.

Entonces supo que esas serían solo las primeras distancias. Que esas serían solo las primeras lágrimas.

Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país.

 

II

– ¿Cómo es eso, dice tu papá que estás deprimida? ¡Na! Acuérdate que yo estoy más jodida que tú y no dejo de reírme.

– No es depresión ni nostalgia, fíjate. Es solo que esta semana…

…Y le contaba algo de su semana, de su mes…algo que a duras penas recordaba después. Algo que disfrazara lo que sentía y que no quería admitir: que había vuelto a llorar por casi todo. Y que le torturaban las despedidas. Y las despedidas, cada vez, eran más.

Del otro lado surgían otras historias. Historias también matizadas que decían de las aves del parque, del caos del transporte, del último mal programa de televisión, y algún evento chistoso para desatar la sonrisa.

Todo volvía a quedar en calma. Allá y acá necesitaban esas palabras.

 

III

– Avisa que ya llegó. Está pasando migración ahora mismo.

– …

– Eres la segunda persona que lo sabe. Yo sé que ustedes dos se quieren mucho.

Se estaban acortando las distancias. Otro reencuentro era posible. Uno distinto, en un lugar distinto.

A muchos kilómetros, había otra persona llorando. Esta vez, de alivio.

Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país.

Los dos pedazos -algún día- se vuelven a conectar.

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paloma-heridaQuiero decir que estás sacudiendo mi juventud,

ese cántaro que nadie tomó nunca en sus manos,

esa sombra que nadie arrimó a su sombra,

y vos en cambio sabés estremecerla

hasta que empiecen a caer las hojas secas,

y quede la armazón de mi verdad sin proezas.

Mario Benedetti

 

Me alejo envuelta en silencios y termino por retornar a ti. A tus manos. A tus palomas. Termino por no verte, y sin embargo, encontrarte en la Alameda Central que nunca caminamos al atardecer, en la casa de Frida que no visitaste, y en los museos donde dejaste tus pasos.

Me habría encantado recorrer esos museos junto a ti, pero solo permaneces ya en  pedazos sueltos de poemas, de añoranzas, de cartas:

“Finalmente llegué a la monstruosa y contaminada y hermosa Ciudad de México y con un sol caribeño recorrí buena parte del centro histórico. Lo más impactante fueron sin dudas la Catedral Metropolitana y el Sagrario con sus altares platerescos y abrumadores, las ruinas y el museo arqueológico del  Templo Mayor con sus serpientes de piedra y sus guerreros jaguares, el Palacio de Bellas Artes donde pude ver una espléndida exposición de dibujos y fotografías de Picasso (por primera vez he visto originales del maestro), más todo lo de Orozco, Rivera y Siqueiros (y cuando vi las fotos de Frida también apareciste tú), el antiguo colegio jesuita de San Ildefonso, el Palacio de Minería y el Museo de Correos, todos edificios imponentes, repletos de ornamentos, barroquismo y murales, y el parque de la Alameda con sus fuentes y enamorados y el hermoso monumento a Juárez y la calle Madero con sus gentíos inmensos y comercios opulentos.”

Llegué tarde a ti, como suele sucederme. O tal vez llegué tarde a la Ciudad de  México, y ahora camino sin encontrarte. Y solo tengo unos versos fatídicos que me recuerdan a ti, que me regresan a ti, a tus manos, a tus palomas…

 

Usted martín santomé no sabe

cómo querría tener yo ahora

todo el tiempo del mundo para quererlo

pero no voy a convocarlo junto a mí

ya que aún en el caso de que no estuviera

todavía muriéndome

entonces moriría

sólo de aproximarme a su tristeza.

 

usted martín santomé no sabe

cuánto he luchado por seguir viviendo

cómo he querido vivir para vivirlo

porque me estoy muriendo santomé

 

usted claro no sabe

ya que nunca lo he dicho

ni siquiera

en esas noches en que usted me descubre

con sus manos incrédulas y libres

usted no sabe cómo yo valoro

su sencillo coraje de quererme

 

usted martín santomé no sabe

y sé que no lo sabe

porque he visto sus ojos

despejando

la incógnita del miedo

 

no sabe que no es viejo

que no podría serlo

en todo caso allá usted con sus años

yo estoy segura de quererlo así.

 

usted martín santomé no sabe

qué bien, que lindo dice

avellaneda

de algún modo ha inventado

mi nombre con su amor

 

usted es la respuesta que yo esperaba

a una pregunta que nunca he formulado

usted es mi hombre

y yo la que abandono

usted es mi hombre

y yo la que flaqueo

 

usted Martín Santomé no sabe

al menos no lo sabe en esta espera

qué triste es ver cerrarse la alegría

sin previo aviso

de un brutal portazo

 

es raro

pero siento

que me voy alejando

de usted y de mí

que estábamos tan cerca

de mí y de usted

 

quizá porque vivir es eso

es estar cerca

y yo me estoy muriendo

santomé

no sabe usted

qué oscura

qué lejos

qué callada

usted

martín

martín cómo era

los nombres se me caen

yo misma me estoy cayendo

 

usted de todos modos

no sabe ni imagina

qué sola va a quedar

mi muerte

sin su vida.

 

(Última noción de Laura, Mario Benedetti)

 

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Passion_ La vida es bella

“Tomás se decía: hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas sino casi contradictorias.
El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer).”
La insoportable levedad del ser, Milán Kundera

 

 

— ¿Estás bien?

— Sí.

Y vuelve a preguntar como si ella llevara algo marcado en el rostro, o desdibujado, que le indicara al resto del mundo que no, que no está bien, que le sucede algo.

Ella, que sabe el valor de cada palabra, no puede volver a dar un Sí por respuesta. Al menos no sin admitir que se ha quedado varada en puerto ajeno, y que cada vez más viene a su memoria ese fragmento de la película que más le gusta.

La vida es bella. Lo dijo Roberto Benigni desde el título. Este diálogo entre Guido y Dora la marcó para siempre. Al menos eso cree. Y ahora se entrecruza con su vida, con lo que quiere decir, con lo que piensa. Y por primera vez tiene que ceder cuando le aseguran que no siempre las palabras, las benditas palabras, alcanzan para decirlo todo…

— ¿Qué diálogo? ¿Qué palabras?

— El momento más desgarradoramente sincero de esa película. Cuando Guido acompaña a Dora hasta la puerta de su casa, y habla con la mayor naturalidad de su más hondo anhelo:

“Se me olvidaba decirle algo.”
“Decirme qué”.
“Que tengo unas ganas de hacerle el amor. Pero no se lo diría a nadie, y mucho menos a usted. Deberían torturarme para obligarme a decirlo.”
“¿Decir qué?”
“Que tengo ganas de hacerle el amor. No una vez, sino cientos de veces. Toda la vida. Pero eso no te lo diré nunca. Ni aunque me torturen.”

 

(Algún día tal vez. En algún lugar tal vez. A alguien tal vez…diré esto. Por ahora es solo imaginación, y el apasionarme por una película que me encanta. Después de todo, La vida es bella… Después de todo yo ahora, con todo y soledades, me siento escandalosamente feliz. Y eso basta)

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extrañarMis amigos quedan lejos. La mayoría de ellos. Y hemos mantenido los abrazos y esta rareza de extrañarnos y querernos, querernos y extrañarnos, pese a las distancias.

Dicen que soy buena para hacerme presente aún a kilómetros, que no sienten la lejanía porque siempre aparezco en un mensaje, una llamada, un instante, una botella al mar…

Yo empecé a creer que era más importante en sus vidas de lo que creía, cuando comenzaron a llamarme o enviar mensajes a deshoras para compartir conmigo un momento sumamente cardinal: el nacimiento de sus hijos.

Poco más de un año, el primero de mis amigos en ser padre me anunció: “Te debía esta aviso formal. Ya nació mi bebo”.

Hace un mes y tres días a mi hermana se le adelantó el parto. Un adelanto de dos meses, por lo que en un mensaje advertía que yo soy tía de un niño prematuro. Ella no había ni descansado del parto y ya me estaba uniendo a otra vida: la del bebé recién nacido.

Hoy, justo hoy temprano, un amigo me despertó para compartir conmigo –desde el pasillo de un hospital materno- su sobredosis de alegría: “¡Ya soy papá!”

Después de todo, no es cierta aquella canción que advierte que la distancia es el olvido… Después de todo, mis amigos no quedan tan lejos.

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MarceloTe quiero. Serio, vehemente, tempestuosamente. Te quiero.

¿Sabes? Temo a la oscuridad. Caminar sola de noche me pone muda, tímida, escurridiza. Sin embargo, esa noche regresé a casa muy tarde, cuando la ciudad se disponía a dormir, solo por conocerte.

Desde la ventana de tu sexto piso veía muy lejos las luces por donde yo debía transitar horas después. Me quedé un poco más para sentirte respirar, moverte, verme en tus ojos.

Te quiero. Y créeme, cuando digo te quiero soy vehemente. Es un te quiero que llevarás toda la vida, como una marca. Te quiero, Marcelo.

Hace exactamente un mes tu mamá me dijo que ya habías llegado. Mis nervios se confundieron con las lágrimas, porque todos te esperábamos dos meses después. Supongo que tú también sabes arriesgarte cuando quieres conocer a las personas que quieres.

Ansío tenerte en mis brazos. Besarte. Hacerte reír. Regalarte toda la música que tengo guardada para ti. Dedicarte más que estos dos libros que ahora te dejo. Escribir para ti…

Te quiero. Ya verás que no me cansaré de decírtelo. Te quiero.

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bebé con botellaEn agosto mi hermana me anunció en un mensaje: “serás tía, estoy embarazada”.

Desde entonces aprendí que el tiempo se puede contar en semanas, me inquieto a la espera de cada análisis de sangre, y le pido una descripción de sus comidas, sus ropas y hasta horarios.

Me preocupa que su elevador se descomponga y tenga que subir los cinco pisos hasta su apartamento por la escalera, que los pantalones le aprieten y carezca de vestidos, que el almuerzo que consume para una sola persona no sea suficiente y entonces su bolso pese demasiado con meriendas, agua, refrescos.

Mientras, ella se inquietó por mi columna y mis crisis constantes desde hace meses. Me llamó para saber de mis dolencias y visitas al hospital. Cuando creyó que mi organismo era inmune a cuatro tratamientos, inyecciones y chequeos, se alzó como la mejor de las doctoras. No me dio prescripciones médicas, sino una advertencia: “pórtate bien y haz reposo, o no te dejaré cargar al bebé cuando nazca”. Suficiente. Mi columna debió entender alto y claro sus palabras porque heme aquí, casi lista para mi sobrino.

En todo este tiempo, la intranquilidad por saber el sexo del bebé me ha mantenido en vilo. Hasta hoy martes. “¿Cuándo, cuándo?” Volví a preguntarle una y otra vez. “El 11 de noviembre, si se deja ver”, me respondió siempre.

“Ah, es que quiero saber ya si seré tío o tía”, le dije a modo de chiste. Y otra vez: “¿Cuándo sabré si seré tío o tía? Y ella, con toda su carga de paciencia, sin mencionar el puñado de veces que me lo había dicho, volvía invariablemente: “el 11 de noviembre, si se deja ver”.

Hoy al fin supe. Feliz corrí a decirle a mi abuela que sería abuelo, y ante su extrañeza, le expliqué: “sí, Mima, mira el mensaje lo que dice”. Apenas el ultrasonido había terminado, mi hermana me avisó. Las letras formaban un pequeño texto que anunciaba: “serás tío”.

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