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Posts Tagged ‘Carlos Varela’

“Detrás de todos los gobiernos,
de las fronteras y la religión
hay una foto de familia,
hay una foto de los dos”.

Carlos Varela

 

Mi voz es de pura sorpresa. Su voz es más bien triste, disfrazada en una risa que sí le sale espontánea. Pese a las distancias, al lodo, la lluvia que lo moja, al mar que tiene cerca y que yo solo imagino, pese al abrazo que solo nos decimos y las lágrimas que nunca dejamos correr cuando hablamos, pese a todo, tenemos una conversación bastante normalita (in full cuban mode):

— Muérete de la risa. Escucha esto (y pone el celular en dirección a un amasijo de sonidos confusos, de instrumentos de viento). Imagínate, estoy en un parque y acaban de llegar los de la Banda Municipal de Conciertos, y ellos creen que tocan bien.

— ¡Ñooooo, pensé que como es el día mundial del Jazz, me ibas a sorprender con musiquita, y mira lo que me has tirao!

— ¡Ah, no, Tata, la de la onda rara esa del jazz eres tú! Yo qué voy a saber qué día es hoy, si ni he visto un almanaque. ¿Estás bien?

— Sí. Estoy bien.

— ¿Y vas a dar una vuelta hoy, a escuchar jazz en alguna parte?

— No. Me quedaré en casa.

— Cuenta, cuenta, que te conozco, ¿qué te pasa?

Y le cuento. Le digo todo (todo sobre unas manos y unos labios), como a un psicólogo que al final te extiende una recomendación (pero él no recomienda nada, solo sonríe). Y en voz más baja, casi en un murmullo, le pido: Dile a Mima. (A Mima, porque él sabe que Mima puede llevar mi diario más íntimo).

— ¿A Mima? ¿Qué le voy a decir, si ya olvidé lo que me dijiste? A ver, si lo repitieras de nuevo…

— Te divierte, ¿no? Te confieso que me pasan cosas muy raras, te las digo, y te divierte.

— Claro, mija, ya sabes lo que creo: que para acercarse a ti hay que ser suicida. Y no pensé que todavía quedara algún suicida en este mundo.

Seguimos hablando, ya entre carcajadas. Los de la Banda Municipal de Conciertos son insistentes en su repertorio destroza-canciones, y nos reímos.

— Hay un cuadro de Víctor Manuel que me recordaste ahora mismo.

— Tú y tus rarezas.

— Sí, mira, porque la niña tiene la cabeza sobre el hombro del niño. ¿O eran jóvenes y no niños? ¿Eran hermanos, acaso? No sé, tengo que volver a verlo…

— Ya me voy, Tata. Me tengo que ir.

Y antes de que yo pueda abrir la boca y despedirme (en una despedida normalita, de las que llevan besos y abrazos), cuelga. Cuelga porque él se sabe mi Cuba y mi bandera, mi Habana y mi Santa Clara (como en la Foto de familia, de Carlos Varela). Y él nunca se ha podido despedir de mí…

 

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lluvia-de-palabrasÉl permitió que todos escucharan a Carlos Varela. Y no una canción cualquiera de Carlos Varela. Permitió que todos escucharan Guillermo Tell. Ella le dijo que además debían escuchar Leñador sin bosque. Desde ese día sus recuerdos la golpean, y anda envuelta en silencios y desilusiones. Desde ese día ninguna música, ninguna palabra, ninguna historia, se escucha igual.

 

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Carlos Varela y guitarraMis añoranzas de estos días, mis tormentos y mis desilusiones se llenan con canciones de Carlos Varela. Una detrás de otra.

Jalisco Park. La política no cabe en la azucarera. Muros y puertas. Mi fe. 25 mil mentiras sobre la verdad. Leñador sin bosque…

En la comarca de su majestad,
todos repiten lo que dice el Rey,
el les da el agua, les da el vino y el pan,
pero más tarde les cobra la ley.

(…) Inquisidores que me van a hacer
si ya no quiero inclinarme a tus pies.

Habáname. Grettel. Monedas al aire. Tropicollage. Lucas y Lucía. Foto de familia. Guillermo Tell…

Guillermo Tell tu hijo creció
quiere tirar la flecha
le toca a él probar su valor
usando tu ballesta.

Guillermo Tell no comprendió a su hijo
que un día se aburrió de la manzana en la cabeza.

Como los peces. Blues del boxeador. Soy un gnomo. Siete. Nubes. Una palabra. Memorias…

Y cuando los discos de los Beatles
no se podían tener
los chicos descubrieron que sus padres
lo escuchaban también.
Cambiamos mercenarios por compotas
cuando Playa Girón
y a las fiestas íbamos con botas
cantando una canción de Lennon.

No tengo Superman, tengo a Elpidio Valdés
y mi televisor fue ruso.
No tengo mucho más de lo que puedo hacer
y a pesar de todo lucho.
No tuve Santa Claus, ni Árbol de Navidad
pero nada me hizo extraño
y así pude vivir teniendo que inventar
los juguetes una vez al año.

Trova. Cuerdas. Pedazos de historia que no deberían traspapelarse. Cubas divididas y vueltas a encontrar. Guitarras que se rasgan para salvarme.

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Una palabra

Una verdad no dice nada
y al mismo tiempo lo esconde todo
como una hoguera que no se apaga
como una piedra que nace polvo.

Carlos Varela

 

Ah, Carlos Varela, una palabra… Una palabra, de las que no dicen nada y al mismo tiempo lo esconde todo. De esas que igual que el viento esconde el agua, o como las flores que esconden lodo.

“Una mirada no dice nada, y al mismo tiempo lo dice todo. Como la lluvia sobre tu cara o el viejo mapa de algún tesoro”, con el mismo ahínco, en estos días busco sosiego en una palabra, o dos, o tres… pero que sea una, o dos, o tres palabras sinceras.

 

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Muros y Puertas

Desde que existe el Mundo/ hay una cosa cierta/ unos hacen los muros/ y otros hacen las puertas…

Es cierto, Carlos Varela, el mundo está repartido entre ambos. Y este blog también.

Muros. El navegador, o el ancho de banda, o el cable que llegó – o no llegó- desde Venezuela, no sé qué es, pero algunos días no puedo actualizar. La “amiga” cuyas palabras de aliento, antes de yo lanzar mi primera botella, fueron: “con tantos blogs que existen, ¿qué vas a escribir tú de nuevo?” El hombre que dijo que mis Citas in- citables deberían analizarse en una reunión del PCC. Las distancias que me separan de poder abrazar a otros blogueros que ya no solo leo -también quiero-, o a las personas que desde estas botellas se me han hecho queribles.

Puertas. Las personas que he conocido, todas me han sorprendido de alguna forma. Aquella amiga que desde que supo de mi tristeza me escribe casi a diario. Las otras que aunque no se comuniquen seguido, son amigas de verdad. El duende que decidió poner un post mío en Juventud Rebelde, o la muchacha que los lleva a La Calle del Medio. La invitación a visitar Trinidad. Los libros de Dulce María prestados. La estrella que me han regalado por “portarme bien” en otro blog. Las cartas que han viajado desde muelles de Puerto Príncipe, en sobres de verdad y con letras a mano. Los libros que viajan dedicados. La página de Facebook que desde Sevilla un joven construyó para mí. Los comentarios y silencios repartidos…

Tienes razón, Carlos Varela, el mundo –y el blog- han quedado repartidos, ya lo has dicho: Desde que existe el Mundo/ hay una cosa cierta/ unos hacen los muros/ y otros hacen las puertas… Qué suerte la mía, que en mi vida y al llevar estas botellas al mar he encontrado –o he elegido- más puertas que muros.

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Me he enamorado con los versos de Sabina, y con las canciones de Benedetti… ¿o sería al revés?

He intentado, como Liuba María Hevia, que no me falte tu sonrisa, decir todo en una palabra, como Carlos Varela, y confesar que te miro y tiemblo, mientras toca la música de Jarabe de Palo. Todo, para no quedar en el club de los corazones rotos.

Me he estremecido con poemas de Neruda, Alfonsina Storni, Roque Dalton, Dulce María Loynaz, Borges…

Sin embargo, solo me he aprendido palabras completas de Alexis Díaz-Pimienta y de Yamil Díaz Gómez, hasta el punto de pregúntame qué tendrá el apellido Díaz que lo que escriben se queda en mi memoria.

No lloverá. Si no vienes/ la lluvia no va a saber/ sobre qué calle caer,/ en qué esquina, en qué contenes.

Por favor, no rescaten las cartas extraviadas./ Dejen el sobre junto al tronco del árbol,/ bajo anónima piedra, o rodando en los parques./  Hay cartas que se escriben para que no lleguen.

…  (A.D-P)

Contra todo pronóstico hoy existe/  un terco violinista que asegura/ que el amor nunca le resulta triste/  ni la existencia le parece dura.

porque así como todas las fotos de la guerra/ son la última foto,/ todas las cartas de amor son la primera carta.

(Y.D.G)

Y ando por las calles cargada de sus poemas. No pesan, pero me persiguen. ¿Será porque marco, señalo, copio y regalo sus letras?

¿Cómo decirles que escriban más, o mejor, que publiquen más? ¿Cómo, si ellos no saben que alguien necesita de sus poemas?

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