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Posts Tagged ‘cartas’

“En ti pensé al ver a tres o cuatro niños que pescaban en el río. Un río que, aun tan sucio —o tal vez más por ello—, sigue siendo la metáfora perfecta de todo el tiempo que se va.

Sé que no tardarás en entender mi obsesión por el tiempo, especialmente ahora que mi tiempo eres tú”.

(Carta encontrada en un baúl)

 

Él volvió a colarse en sus sueños. Ella otra vez sintió cerca de su cuerpo las manos en las que conoció las caricias insospechadas, le escuchó hablarle con esa voz suya que le estremece aun, que la desgarra cada vez que se acerca y la nombra. Él lo sabe, que la nombra y la renace, que mueve algo muy hondo, que dejaron de verse cuando aun se miraban intensamente.

No sirvió de nada tratar de borrar los poemas, los libros, las fotos, las flores, las dedicatorias, los reencuentros, las palabras tan suyas y tan reales que ella se resistió a creer. Esas verdades –dijo él- que (cuando vienen de ti) necesito creer, y (cuando vienen de mí) tú crees que necesitas no creer.

Él sabía. Sabía que ella se negaba a pisar su suelo firme, y le repetía que ya ningún otro lugar debía ser su sitio. Él no le podía explicar por qué ella le resultaba tremendamente inexplicable. Y cada mirada suya se le antojaba digna de perpetuar en fotografía, y lo decía en todas partes y momentos: ¡qué fotos me estoy perdiendo!

Ella le parecía una bendición. Y las bendiciones –dijo- pueden ser no merecidas, pero sí siempre deseadas. Ella, la que nunca le dio la certeza de romper su soledad, de quedarse en su abrazo, de amanecer con hijos y aves. Ella…aun cuando le recitó aquel poema de Borges: Con qué puedo retenerte.

Se despidieron y rompieron contacto, pero no afectos. Quedaron solamente en pensamiento, en noticias de trasmano, en crónicas publicadas e inéditas, en un mar y una ciudad regalada.

Hasta la noche en que él volvió a colarse en su sueño, y ella sintió la despedida definitiva. Lo sintió tan cerca como la vez que –tras años sin verse- se reencontraron en una calle muy suya, detuvieron los pasos, se besaron y siguieron caminando en direcciones contrarias, como eternos conocidos.

Él volvió como en esa canción de Silvio: Pero cuando puedas, vuelve, porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya.

Apareció como siempre le dijo que aparecerían sus mensajes: aunque tenga que enviar palomas o hacer señales de humo, me sabrás cerca. Esa noche ella lo sintió –tan lejos y tan cerca- que lloró dormida y lloró al despertar. No porque no estuviera, no porque se fuera sin besarla, sino porque sus palabras, las de esa noche, fueron las últimas: Nunca podré olvidarte, ni tú a mí, no importa lo que pase, lo sé.

Se estremeció tanto como el día que él le dijo: te dedico este libro y te dedico mi vida.

Al despertar buscó los periódicos, ninguno anunciaba su muerte, pero ella se sentía de luto. Y recordó la broma infame que él le hizo una vez: me moriré antes que tú solo para que seas tú quien escriba mi epitafio, y nuestra historia.

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dama decimonónicaHacía años, muchos, que no recibía una carta. Una carta para mí, en sobre sellado, y cuño. Esta vez llegaron dos. Dos cartas de a golpe, de a sorpresa. Y me emocioné. Y me sentí entrañable.

1

“…desde la ciudad rectangular e inmunda, lanzo hacia ti mi corazón como una red. Pasado mañana parto. (…) Ahora la gloria se ha apagado. Me siento como un huérfano pobre sin su hermana mayor.”

2

“No sé por qué escribimos (…) Y a veces me pregunto por qué más tarde publicamos lo escrito. Es decir, lanzamos una botella al mar, harto y repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos a quién ni adónde la llevarán las mareas.
Lo más probable es que sucumba en la tempestad y el abismo. Sin embargo, no es tan inútil esta mueca de náufrago.”

Dos cartas. Me pensé como aquellas damas decimonónicas y me sobrecogió la sola idea de que esta fuera una evidencia más de mis rarezas. Cartas. ¡Cartas en sobres! Ya casi nadie escribe así. Yo aun me creo a salvo, y de vez en cuando, de cuando en vez, dejo mensajes y cartas. Pero no las recibo. No solía recibirlas. Hasta ayer.

Las abro. Las leo. Las disfruto. ¡Las huelo! Y las resguardo de los ruidos y el polvo. Dicen de Borges. De Jorge Luis Borges. Y de Pacheco. De José Emilio Pacheco. Y vuelvo al éxtasis inicial.

Tengo dos cartas para mí. Egoístamente para mí sola. Insospechadamente, mi día cambia.

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carta_ letterQuerido Marcos:

Esta vez sí sabes lo que es una carta abierta. Ya hiciste que tu mamá te explicara las diferencias entre una carta abierta y una cerrada.

Hoy pretendo dejarte otra, abierta y pública. Es tu cumpleaños y estoy lejos. No tengo más regalo que un abrazo, un beso, y una carta abierta que otros también leerán.

Te quiero. Pero eso ya lo dije. Para ser más original debería decir cosas nuevas, ¿cierto?

O conseguirte un autógrafo de Messi. O el balón de la próxima Copa América.

Te adoro.

Existió un poeta español, Gustavo Adolfo Bécquer, que escribió:

— ¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul,
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Bien, yo he recordado a Bécquer, porque… ¿Te acuerdas cuando decías a tus padres que debían hacer un libro entre los dos?

Sí, porque tu mamá escribe muy bien. Ella le sabe secretos a las palabras. Y tu papá hace dibujos y diseña excelentemente.

¿Qué hagan un libro entre los dos?

Pues ya lo hicieron. ¿No te lo han dicho aún? Ah, es que son modestos, pero créeme, muy orgullosos que están de su obra. Con las mejores letras, el mejor gráfico, y un contenido que seduce desde la cubierta hasta el interior.

Sí, ya lo hicieron. Hace doce años. Tú.

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Papá NoelEstimado señor:

Ya sé que no nos conocemos. Tal vez porque en mi tierra hay precisamente… tierra, y no nieve para trineos. O porque no tengo chimenea para que usted entre. O porque con su atuendo vendría a pasar mucho calor y a bajar su pancita.

Pero tenga en cuenta que el 2014 me porté bien, y creo me merezco el ritual de remitirle una carta con algunos pedidos.

Le anoto, pues, algunas cositas que necesito para el 2015:

1- Más musarañas, de ser posible tres sacos llenos.
2- Algunas onzas de originalidad en los colores amarillo, rojo y azul, para poder mezclarlos.
3- Cincuenta y seis metros de hilo del que una vez tuvo Ariadna (seguramente me lo puede conseguir a buen precio, como Grecia está en quiebra, tal vez Ariadna entre en negocio aunque ello implique dejar perdido a Teseo)
4- Azúcar tierna, para hacer los postres que me gustan.
5- Un contrato con Morfeo. Lo beso si me hace dormir al menos 6 horas diarias.
6- Más mar y menos nubes, para deshacerme de al menos tres mil despistes, y garantizar más olas que me dan paz.
7- Dos kilos de brisa y 200 atardeceres.
8- Lápices y cuadernos para escribir el montón de palabras que amenazan con escaparse por mis poros.
9- No olvide poner algunos sacos de lluvia, abrazos y cartas.

Por cierto, si sabe cómo quitar las manchas de frutas de las ropas, hágamelo saber, o tendré que volver a usar babero. Ah, y si no le es molestia, ¿podría averiguar si existe algún sitio donde a las despeinadas se nos considere lindas? Porque estoy pensando mudarme…

Muchas gracias. Ahora solo tengo una duda, ya que nunca antes me ha respondido… ¿será que usted entiende bien el español?

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Por primera vez

LíaLlegó para dejarme muchas primeras veces. Luego se fue. Pero como los buenos momentos, dicen, no se valoran por el tiempo que duran, sino por la intensidad con que se viven… Le agradezco a la vida estos diez días tan intensos.

Lía, de tan solo un año y tres meses, me ha conmovido de la forma en que ningún bebé lo había logrado. Ni bebés ni adultos me habían asombrado tanto en tan poco tiempo.

Por primera vez mis días trascurrieron en dirección a una sola persona, mis horarios de desayuno, almuerzo, cena, ducha, y hasta de sueño, dependían de alguien más. Por primera vez alguien es más importante que el tiempo de mi escritura, de mis lecturas, de mi blog.

Por primera vez mis brazos se convirtieron en refugio contra el llanto, y mi sola presencia desató una sonrisa, la sonrisa más bella que he visto en mi vida. He inventado juegos, canciones, y hasta cuentos por alguien; por alguien que el día antes de despedirse –como si supiera que no nos volveremos a ver en mucho tiempo- me abrazó como nadie lo había hecho. Con sus bracitos menudos me apretó fuerte, tan fuerte que me arrancó una lágrima, porque me conmovió que una niña tan pequeña fuera quien me diera el mejor abrazo de mi vida.

Por primera vez he llorado de tanto extrañar. Por primera vez, además, he pasado dos noches durmiendo abrazada a su perro de peluche, uno de su tamaño con el que ella dormía, y que dejó en mi casa.

Su vocecita, las palabras deshilachadas que comienza a decir, sus ojazos color café, el peso de su cuerpo en mis brazos, la sonrisa tras las cucharadas de comida, la impaciencia con que se bebía el agua, la fiesta en que convertía el momento de bañarse…todo lo extraño.

Ahora vuelvo a mis rutinas. Retomo el libro en la página que había marcado, telefoneo a mis amigos, reorganizo mi cuarto, escribo, regreso al email y a este blog… Pero en casa me encuentro con sus juguetes, las canciones que busqué para ella, las galletas que quedaron, y su olor en el perro de peluche. A mis días, definitivamente, le falta una bebé de un año y tres meses.

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Enrique Milanés es uno de los periodistas más talentosos que conozco, aunque ese talento vaya envuelto en una gran dosis de modestia, humildad y silencio.

Modestia, humildad y silencio. Tres cualidades para una. Talento.

Si no me creen, revisen su comentario en uno de mis post primeros, cuando yo me declaraba ladrona de historias, y lo mencionaba. “A mí, que casi siempre quedo insatisfecho con los míos, me vendría muy bien creerme coautor de tus post. ¡Qué maravilla esa: escribir bien sin escribir palabra!”

¿Ven? Y tan bien que se le da la crónica -él no tendría ni que madrugar para llegar al encuentro de cronistas de Cienfuegos- sin embargo, no participa todos los años. Para que descansen de él, dice, como si alguien en su sano juicio quisiera privarse de su presencia.

Siguiendo sus crónicas en su caimán sin muelas me alarmé porque a este caballero de la palabra se le había escapado, sin notas de despedidas ni rastros, su crónica azul. ¿Cómo podía ser posible?

Hace poco demostró, una vez más, ser todo un caballero. Accedió a firmar un documento legal, oficial, e irrevocable que sus tres mosqueteras: Leydi, Marian y Nyliam (L, M, N) le enviaron en sobre sellado. Le pedían, nada más y nada menos: ser su Dartagnan.

Sí, porque si ya tenía tres cualidades para una, era justo también que pudiéramos decirle: “Uno para todas y todas para uno”.

En verdad el inicio de esta complicidad surgió con un libro suyo que, luego de varios meses en mi librero, Marian quiso leer. Entonces yo, sin terminarlo, se lo presté. Luego la niña del pedacito de mar no quiso devolverlo, ni prestárselo a la muchacha de los Ojos a la N que también lo quería. Llegó un momento en que las tres nos disputábamos a un Enrique que estaba a cientos de kilómetros de distancias.

Después de varios pactos de tregua y fidelidad, L, M, N acabamos nuestra guerra y decidimos, pues, a sus espaldas –y no sobre sus espaldas porque este Enrique nuestro padece de dolores de columna- pactar lo siguiente:

-Cada vez que nos reuniéramos las tres lo llamaríamos por teléfono. Esto le ha valido unas cuantas llamadas a deshora, casi siempre pasadas las 11 de la noche.

-Hacer que el autor nos firme el libro a las tres. Tres dedicatorias diferentes. Así podemos compartir su libro de crónicas raras.

-Nombrarnos sus tres mosqueteras y pedirle –carta, dibujo, dedicatorias, firmas y libro de El cochero azul mediante- ser nuestro Dartagnan.

Ya ven, este ha sido un Enrique Milanés muy solicitado, por el cual sus tres mosqueteras casi versionan la canción de otro Milanés… pues ♫“te prefiero compartido antes que vaciar mi vida…♪

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niña escribe a manoLa primera y única vez que escribí una carta a los reyes magos yo tendría 7 u 8 años. Entonces pasábamos por lo más especial del período y mi abuela y mi tía cosían mis ropas.

Blusas, vestiditos…todo se hacía en aquellas dos máquinas de coser. Una vez mi tío llevó dos pulóveres anaranjados a casa, uno para su hijo y otro para mí. Dos iguales, pues entonces nadie miraba si el botón estaban del lado derecho o izquierdo que indican que la pieza es para hombre o mujer.

Tuve hasta una trusa roja hecha con un trozo de tela elastizada. Y otras muchas ropas creadas así, con retazos. En casa nunca me dejaron saber las interioridades de la época, si faltaba jabón o detergente, arroz o pan.

Los niños de aquellos años –al menos la mayoría- no supimos de regalos traídos por reyes magos o por algún viejo regordete vestido de rojo y blanco que atravesara el mundo en un trineo para repartir obsequios.

Mas, un día supe que la noche antes del 6 de enero se podía escribir una carta y dejarla debajo de la cama, se debía anotar lo que quisiéramos.

Tomé una hoja de libreta, un lápiz de mi mochila de ir a la escuela, y me cuidé de hacer trazos legibles en aquel papel que rompería indignada días después.

Pedí una sola cosa y lo reyes magos olvidaron pasar aquella noche por mi casa, o a St. Claus se le rompió el trineo antes de llegar, porque al otro día mi “carta” permanecía debajo de la cama. Y mi abuela no tenía ninguna saya nueva.

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