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Posts Tagged ‘Cienfuegos’

Desde que Charly Morales supo –ya por intuición o por la confirmación del ultrasonido- que su hijo sería varón, comenzó a escribir en todos sus espacios que pronto iba a conocer a su bebo.

La primera vez que supe del niño, aún antes de nacer, ya su padre le llamaba así, por eso no me extrañó que el primer mensaje que me enviara luego de que la criatura saliera del vientre de Eliurka, fuese este: “Te debía este aviso personal aunque seguro ya lo sabes: nació mi bebo y estoy loco por él”.

Lo que sí me extrañó -y más, me estremeció- fue que tanto él como su bebo me conmovieran por partida doble.

Noviembre del 2013. El ómnibus que recorrería la ruta Habana- Cienfuegos para el Encuentro Nacional de Cronistas estaba a punto de salir cuando llegó Charly con un papel doblado en cuatro. Era un telegrama, dijo, que debería ser leído en el evento, al cual él no podría ir porque su esposa pronto daría señales de parto.

Pero lo que me extrañó –y estremeció- no fue que Charly no fuera a Cienfuegos (aunque teníamos muchas expectativas de verlo participar por primera vez). Mis alarmas se activaron justo en el momento en que, entre tantos cronistas ahí reunidos, se abrió paso hasta mí para entregarme el papel y con él la honrosa misión de leer su comunicado.

De más está decir que cuando llegó la hora de leer públicamente y con micrófono delante el mensaje de Charly, mi cuerpo tembló como si yo estuviera más próxima al salón de parto que la misma Eliurka. Solo atiné a justificarme con algún argumento impreciso. Me disculpé y alegué que no esperaba que Charly Morales me diera a mí sus letras, que él es uno de los cronistas que más admiro y disfruto leer, y tener aquel papel en las manos me sacudía más que un terremoto.

Casi al fondo del auditorio escuché la consoladora voz de la profe Miriam Rodríguez Betancourt con un: “Te entendemos, hija”.

Mayo 2014. Con un mensaje Charly anunciaba que estaban en mi ciudad, e invitaba a conocer al bebo.

Me puse el único vestido naranja que tengo, color del que según Charly es el mejor equipo del mundo, su Villa Clara. Todo para que el niño se fuera acostumbrando al colorcito, aunque sé que para descalabro del padre, el hijo gustará del azul intenso de la capital.

Me corté las uñas hasta el borde de la piel, para no rasguñarlo al cargarlo, y no utilicé perfume, por si era alérgico…

“¿Cómo se llama? Como siempre le dices bebo…” “Carlos Enrique, como yo” “¡Ya sabía yo que ibas a inaugurar una dinastía!”

Entonces, una vez más Charly y su bebo me conmovieron. La presentación, mientras lo volteaba hacia mis brazos, fue con palabras: “mira, bebo, ve con tu tía Leydi”.

Tía. Yo nunca había tenido en mis brazos a un sobrino.

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Michel y DaraAyer hizo exactamente 4 años desde que Michel Contreras es el padre de Dara.

Algunos pensarán: qué hija tan suertuda, tener un padre talentoso que seguramente le escribe crónicas, le lee cuentos y hasta le permite garabatear las paredes de la casa. Y tendrán razón.

Pero me quiero referir a esa otra parte del mundo que no han creado un Club de fans alrededor de Michel Contreras, sino que -como mi familia- adoran a la hija.

Personas que hasta creen graciosas las veces que la niña pasa por el lado del padre con un lapicero y tacha las palabras que minutos atrás él anotó en aras de una posible crónica.

“¿Cómo estás? ¿Cómo se está portando la niña?”, pregunto al padre por email. “Dara, mal. El padre, bien. Eso es así, siempre”, me responde. Y entonces infiero que por cada travesura de la hija, Michel invoca a Manuel González Bello y a otros tantos cronistas jodedores que desde algún pedazo de cielo le están cobrando sus picardías.

En mi casa saben que Dara juega a ser mi madre, que en el último encuentro de cronistas en Cienfuegos me tomaba de la mano y que hizo reír a los presentes con cada una de sus ocurrencias conmigo.

Por eso para los de mi familia el nombre de Michel Contreras está asociado al de Dara. En el nombre del Padre, de la hija…

Michel puede escribir las crónicas más conmovedoras, los comentarios más alucinantes, disertar sobre deportes en la Mesa Redonda… repartir las letras en varios sitios digitales. Mas, para los míos, nada de eso es fama suficiente hasta que menciona a la niña.

La única vez que Michel ha ido a mi casa no fue tras una invitación de mi hermano o mi padre (machismo de machos varones masculinos) de hablar de pelota, ajedrez o fútbol. La única vez que ha ido fue por un reclamo de mi abuela:

-“Dile que venga a buscar un maní que le compré a la niña, y unos globos, y dulces, y un huevito de chocolate”.

Así la popularidad y el virtuosismo de Michel quedó relegada y el interés por escucharlo se concentró en un solo tema: “Cuéntanos de la niña”.

Ayer que Dara cumplió 4 años, otra vez en mi casa se mencionó el nombre del padre:

“Llama a Michel, para que felicites a Dara”. Y de no ser porque la niña es arisca al teléfono y no soporta que le interrumpan una película, hubiese tenido que aguantar el largo desfile de personas que se agruparon a mi alrededor para felicitarla.

¿Qué se le va a hacer? Algunos pensarán: qué hija tan suertuda, tener un padre talentoso. Pero la suerte es toda de él, pues desde hace 4 años Michel Contreras es el padre de Dara.

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Tina ModottiTina Modotti, hermana,
no duermes, no, no duermes;
tal vez tu corazón oye crecer la rosa de ayer,
la última rosa de ayer, la nueva rosa…

Pablo Neruda

Me dice Tina. A veces Tinísima. No importa si mi carné de identidad me registra otro nombre.

Desde el 2010 él me define así. Desde que en un evento de cronistas descubrió que yo me enamoré del Muelle Real de Cienfuegos solo por ser el último pedazo de Cuba en ver a Julio Antonio Mella. Él sabe que cada año cuando regreso a Cienfuegos, luego de despojarme del equipaje, ese es el primer lugar que visito.

Él sabe, además, que llegué tarde a Julio Antonio.

Alguna vez del 2012 escribí que “pude ser cualquiera de sus tres novias. La santaclareña Silvia Masvidal, la camagüeyana Olivia Zaldívar, o la italiana Tina Modotti. Lo hubiese querido igual de serio y tempestuosamente”. Sin embargo, este amigo insiste en llamarme Tina. Tal vez porque de todas ella fue la que lo acompañó la noche de su muerte.

Para mi amigo yo soy la muchacha apasionada por Julio Antonio y el Muelle Real por donde se fue a México.

Como fue él quien me bautizó así, y por tanto el único que lo pronuncia, le digo que cuando lo vea le tendré listo un libro que quiero me firme. Accede, y en el reencuentro –crónicas y Cienfuegos mediante- le entrego Tinísima, de Elena Poniatowska.

Entonces me escribe que gracias a la Poniatowska me firma un libro… Pero no, es gracias a él, que es quien me dice Tina.

Tina. Tinísima.

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No te muevas, niña, que ahora vas a ser una estatua. Concéntrate. Soporta el sol, las palabras amables y las de desagravio, pero no te muevas.

Píntate todos los días, quédate de pie. Interpreta un personaje, deja que él se meta en ti, solo ponle la piel.

Olvida los problemas, las tensiones, porque en este momento no eres de tu hija, de tu familia, de tus amigos. Ya saliste a actuar, vas de azul y con un porrón de agua en las manos. Eres aguadora. Olvida todo de tu vida en este instante, ponlo junto a tus ropas del diario, porque por unas horas ya no tendrás nombre.

Permite que te toquen, que te besen, que te golpeen, pero no te muevas. Nunca te muevas. Ahora eres una estatua.

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cvm-13-06-02-0503El equipo de béisbol de Villa Clara se agenció un boleto a la final. Sexto juego, 2-0. Cuando la última pelota llegó al guante y el árbitro decretó el out 27, ya yo estaba de pie, aplaudiendo como niña chiquita. En el terreno los jugadores se alzaban, se felicitaban y corrían, también como niños.

Minutos más tarde el teléfono sonó. Me llamaban. Claro, alguno de mis amigos –pocos de mis amigos son villaclareños- debía estar viendo ese partido hasta el final, como si en ello fuera su propio equipo, ¿no? Un mensaje, el primer mensaje… y alguien me anunciaba que se quitaba el sombrero, que ojalá ganaran. Y en ese ojalá venían sus deseos de verme feliz, de verme saltar por toda la casa, claro, como niña chiquita.

Pero lo más grande que me sucedió anoche, amén del triunfo del equipo Villa Clara –y precisamente por eso- fue una llamada justo en el 9no inning, tras el out 26, cuando los narradores decían: “a uno de la victoria”.

Me conmovió hasta las lágrimas porque aquella voz tan conocida y en ese momento lejana, me decía que quería ver conmigo el último out, el pase a la final. Me preguntó si todos en casa estaban despiertos. Claro, incluso mi abuela y mi mamá, que no saben nada de béisbol, estaban atentas a la televisión. Me dijo que no me escuchaba bien, que a su lado estaban sus compañeros de grupo de la Universidad, pero que gritáramos juntos cuando ganáramos, para oírnos.

Me aferré al teléfono como si hubiese apretado su mano, como siempre hacemos cuando estamos cerca y vemos un partido juntos. Out 27. ¡Ganamos!

Yo sabía que mi hermano no me dejaba sola, que eso de irle a Industriales se le pasaba cuando los azules no clasificaran…o cuando notara que más que este o aquel equipo, yo lo necesito porque sin él no gano, porque desde hace muchos años los dos juramos aplaudir y saltar por toda la casa, como niños chiquitos, por las mismas victorias.

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DaraExtraño a Dara. Desde hace dos meses no la veo y me parece un año. La abrazo de noviembre en noviembre y en el intermedio sus padres le hablan de mí, para que no me olvide.

“El año pasado le decías mucho que no”-le dijeron. Y ella les preguntó si era verdad, repasó mis fotos, y ellos le leyeron las letras que le dediqué.

La última vez que coincidimos, en Cienfuegos, la niña me miraba mucho y desviaba la mirada cuando yo lo notaba. “Te está examinando, Leydi, ya verás que cuando entre en confianza empieza a hablar, si es que ella no se calla…”, me advirtió su mamá.

Me le acerqué en la guagua y le pregunté si podía sentarme a su lado al llegar a la librería, nuestra primera parada. Asintió, pero me negó las palabras. Cuando bajamos Dara iba delante, y miraba insistentemente hacia atrás, con tal de verme. Llegamos, y para mi sorpresa, ella se ubicó en primera fila y me había reservado el asiento contiguo.

Ley-diiiiiiiiiii, me llamó. Y me quedé a su lado. Estábamos en una peña que duró casi dos horas. La niña estaba intranquila, su mamá le señaló con el dedo índice sobre los labios: “Dara, shhh”. Dara me miró y como si aquella advertencia significara pasar la voz, me dijo: “Ley-diiii, shhhh”.

Le presté una libreta y lapicero para que se entretuviera y me la devolvió con 13 “dibujos”. Comencé a fotografiarla, tanto que podría llenar un álbum. Y en la noche, cuando estábamos sentados cerca de la piscina me pidió que fuera a buscar la cámara… “No, Dara, que Leydi está cansada, deja las fotos para mañana. Mañana ella te hace muchas”, le indicó su mamá -y no se equivocó. Al otro día, y al otro, Dara estuvo muchas veces delante del lente de mi cámara.

No paró de hablarme, me tomó de la mano, y la volví a abrazar. “¿Qué te gusta comer?”, le preguntó la profe Miriam. La niña comenzó a mencionar: “el pepino, frijoles, el boniato… ¡y todo!”

Por alguna razón me asoció con la periodista Alina Perera y me preguntó por su niña, me dijo que le mandaba besos y le arrancó una hojita a una planta para extendérmela con un pedido: “dale esto a Alina”. Y aunque Alina esté a kilómetros de mi cuidad y yo no la vea en mucho tiempo, ¿cómo negarme a un solicitud de Dara?

Dara es, sin dudas, una de mis mayores alegrías al llegar cada año a Cienfuegos. Por eso antes de ir confirmo con Michel, su papá, que la niña va a estar. Por eso el día de la premiación, cuando nos llamaron para hacernos la foto, dejé el diploma y cargué a la niña.

Ahora que no la veo retengo su voz en mi mente, he querido escuchar cómo me llama de ese modo tan peculiar, como si dividiera mi nombre en sílabas y arrastrara la última: Ley- diiiiiiiiii. Y esa i tantas veces alargada me hace sonreír. Y extrañarla.

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Cuando le dije que iba a escribir sobre ella, que quería hacerle una crónica, me advirtió: “amarra las emociones, que tú eres muy emotiva”.

Así, sin proponérselo, me daba otra lección. Ya yo había leído su libro Acerca de la crónica, pero luego de conversar con ella descubrí que a la profe Miriam más que leerla, hay que escucharla.

La conocí personalmente hace apenas dos años, cuando la entrevisté para mi tesis de licenciatura. En ese entonces accedió a responder algunas preguntas para ayudarme con la teoría, enviarme bibliografía y calmar mis nervios y premuras cuando todo sucedía a casi un mes de mi fecha de entrega…

Por eso el primer agradecimiento de mi trabajo de diploma, el inicial, antes de poner el nombre de algunos de los que viven conmigo, escribí: “A Miriam Rodríguez Betancourt. ¡Toda la Tesis! Por validar mi investigación, ofrecerme su ayuda teórica y por emprender conmigo este camino”.

Y un profesor me hizo luego el reparo de: “¡toda la tesis! Vaya, ¿quieres decir que sin ella no la hubieras hecho?”

Cuando comencé a lanzar estas Botellas al mar decidí escribir una sobre ella -la Infinita- como la llamó Pepe Alejandro en una crónica. Ya tenía la foto, esta que le hice en el Castillo del Jagua en el 2010, pero no me atrevía a hacer una crónica sobre una cronista tan grande.

Intenté hilvanar ideas, anotar lo que no me podía faltar: Premio Nacional de Periodismo 2010. No permite que la obra de Pablo de la Torriente Brau muera. Autora de muchos libros de Periodismo. Industrialista… Pero todo cuanto escribía parecía más nota informativa que crónica.

¿Cómo contar que me ha salvado más de una vez, que su abrazo me ampara?

El 13 de enero de este año, el día del sepelio de Julio García Luis, cuando llegué a la funeraria de Calzada y K, a la primera persona que vi fue a la profe Miriam. La saludé, y resistiéndome a llorar le comenté que el día 11 yo había hablado con Julio, que ese día contuve el impulso de abrazarlo, porque el respeto fue mayor que el cariño, y me quedé con ese abrazo.

Se levantó de su silla, me abrazó fuerte y mientras mis lágrimas le mojaban su blusa me dijo: “está bien, dámelo a mí como si fuera a él”, me hizo sentar junto a ella, y una vez más me calmó.

Por esos lugares donde los afectos se unen yo he pretendido alguna vez escribir una crónica para ella. No puedo. No sabría hacerla con las emociones amarradas, cómo, si ella siempre me las desata porque logra conmoverme.

Como en el pasado octubre, cuando pasé por la Facultad de Comunicación. Un amigo me pidió ayuda para poner una sábana blanca encima del busto de Pablo de la Torriente que sería develado este mes de diciembre.

La tela estaba muy limpia y olía a acabada de lavar. Pensé que solo alguien que quiere mucho a Pablo le enviaría una sábana tan impecable como esa, sin manchas, sin polvo, sin olor a ropa guardada desde hace mucho tiempo, sin reparos…

Era una tela para tapar a una persona que duerme, con las dimensiones justas y el olor a detergente. Parecía que Pablo iba a descansar unas pocas horas para continuar con su vida.

No pregunté, sin embargo, el comentario de mi amigo despejó todas las dudas. “Esta sábana la envió la profe Miriam”.

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