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Posts Tagged ‘comida’

Hace poco, en un semáforo, una mujer desde su coche le daba algo de comer a uno de los hombres que vendían (acaso cambiaban) flores por unas monedas. El hombre agarró la comida, feliz, y se sentó a compartirla con otro de los que -al igual que él- necesitaba algún alimento que llevarse a la boca aquella tarde. Entonces una amiga me dijo que a veces los que menos tienen son los que más comparten. Hoy esta imagen me lo ha recordado.

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niñosAhí, donde una vez jugué con mi hermano y mi primo. Ahí quiero volver. No al mismo lugar, sino al mismo tiempo. A aquel sin preocupaciones, en el que salíamos a recolectar hojas de distintos árboles –cual aborígenes- y decíamos que era la comida, en nuestro ficticio juego a las casitas. Y nos deslumbraban las luces de los cocuyos en las noches de apagones. Y asaltábamos a los mayores con un saco de por qué.

A ese tiempo, cuando los mayores no nos decían cómo buscaban la comida de verdad, sin arrancar hojitas de árboles, como nosotros. A aquel cuando nos reuníamos alrededor de la única vela o de la lámpara de keroseno, para conversar. Conversar. Y ningún adulto se desesperaba por tener que responder tantas dudas infantiles.

Entonces vivíamos, sin saberlo, como en aquella última oración de Hemingway en París era una fiesta: “cuando éramos muy pobres y muy felices”.

“Ahora ni mi hermano, ni mi primo, ni yo, vivimos en el mismo lugar. Ahora nos preocupamos por la comida de a de veras, y no nos detenemos mucho a mirar cocuyos, y no nos reunimos a conversar al amparo de una vela o de una lámpara de keroseno. Y –hasta diría- nos desesperan un poco las preguntas insistentes de los niños”. Al menos eso creía…

Pero de repente nos vemos. Juntos. Y nos reímos a carcajadas como antes, cuando no nos preocupaba nada. Y corremos por toda la casa porque uno de los tres ha encontrado un cocuyo. Un cocuyo. Y vamos felices con nuestro botín a mostrarlo a los otros antes de liberarlo bajo los mismos argumentos de antes: “es que seguro se perdió y su familia está desesperada buscándolo…Debe irse”.

También nosotros debemos irnos. Pero volvemos a conversar y desatamos nuestras añoranzas, y nos abrazamos, y parece que el tiempo se detuvo y de pronto estamos ahí, donde una vez jugamos mi hermano, mi primo y yo.

Estamos, aunque hayamos dejado la piel en muchos lugares. Aunque las nostalgias nos jueguen la mala pasada de hacernos llover por dentro. Estamos porque –como decía Chavela Vargas– “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”.

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Ella es un hámster

hamsterNo lo evito. Vuelvo a entrar una y otra vez a su blog para leer la misma entrada. Ella se declara un hámster. Dice que come mucho y al final justifica que tiene que ingerir más alimentos porque las personas inteligentes necesitan saturarse, o sobresaturarse, porque el cerebro, claro, trabaja más.

Me da gracia, mucha gracia ese post. Lo leo, vuelvo sobre él, porque dice que ni su hermano la invita a comer en restaurantes, que es más barato pagarle el funeral que un almuerzo.

Pero sobre todo me río porque ella es, en verdad, un hámster. Ve comida y ya está diciendo: “¡qué rico es comer!” (sin haberla probado), no engorda ni una libra (claro, porque todo se va para su cerebro, recuerden…) y vacía un plato detrás de otro.

Aun así, cuando estuvo en mi casa, mi abuela se compadecía de su delgadez y le servía mucha comida. Ella lo ingería todo y cuando mi abuela regresaba el plato estaba lleno, pero no “todavía lleno”, porque era la segunda vez que se servía. Entonces mi inocente abuelita, pensando que ella había comido poco, le decía y repetía: “¡tú no comes nada!”

Y yo asombrada, embobada: “¡cómo que no comeeeee!” pero la inocencia es así para las personas inocentes y mi abuela no me cree que ella es un hámster, y sigue pensando que ella, pobre muchacha delgadita, no come nada.

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invisible

MafaldaEsperábamos nuestro turno para almorzar. Habíamos pasado todo el día revisando papeles, estábamos exhaustos. Desde la puerta solo se adivinaba el arroz y los frijoles. Miré a una de las personas que me acompañaban, le pregunté si veía algo más.

Me dijo que la proteína, el “plato fuerte” de esa tarde, era una incógnita, que cuando estuviéramos más cerca sabríamos… Y con picardía me dice: “Ya tú sabes, aquí también lo esencial es invisible a los ojos”.

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Piedras

Cada vez que alguien me pregunta qué alimento no me gusta, “¿qué no comes?”, recuerdo y rehago esta historia de mi hermano. Él siempre tuvo buen apetito.

De niño le preguntaron exactamente eso, “¿qué no comes?”, dice mi mamá que la miró y desde sus escasos tres años dijo: “Yo como de todo menos… piedras”.

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