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fin-de-anoYa es 31 de diciembre de 2016.

Casi todas las personas que quiero, tendrán su fin de año antes que yo. Casi todas, desperdigadas por el mundo, me dirán que ya es 2017 unas seis, siete, o una hora antes de que mi almanaque cambie.

A casi todas ellas he pedido fotos. Fotos. Y que me avisen cuando su año se haga viejo. Se los he pedido casi como súplica. Quiero saber, quiero estar ahí en ese momento, colarme al menos en pensamiento.

Y recordar al amigo que cada año me llamaba a casa justo a la medianoche, para unir nuestras algarabías. A la prima con la que debí pasar estas fechas y que me deja sus añoranzas en un mensaje. A la vecina que lanzaba agua desde su balcón, a la que salía con maletas para confesar su deseo más entrañable de viajar, a los que quemaban muñecos viejos…

Recordar, sobre todo, el 31 de diciembre con mi familia, en mi casa, con nuestras comidas e historias, con nuestra música y abrazos. Nuestros…

No estoy cerca de ninguno de ellos. Sin embargo, otro ambiente familiar me acoge para que no me sienta sola. Para que no esté sola. Y me aferro a estos abrazos, a sus abrazos, como el náufrago a su tabla, porque son mi salvación de hoy.

Un año que termina es el fin de un ciclo. Un año que comienza es otra hoja en blanco. Son días, como otros, pero con una fuerza trascendente para las familias y los que sentimos más allegados.

Yo estoy, como muchísimos de mis amigos, desperdigada por el mundo. Tendré mi 2017 unas seis, siete, o una hora después que casi todas las personas que quiero.

Mas, no me siento sola. No estoy sola.

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fidel-castroA Dalia, porque mi primer pensamiento fue para ella.

 

Yo solo tuve un abuelo. Bueno, no. Tuve, como toda persona, dos abuelos. Pero solo conocí a uno: Alfredo, mi abuelo materno. El otro, Ramón, murió antes de que yo naciera. Murió incluso antes de que mi padre pensara agarrar su primer cigarro. Tal vez por eso, para suplir la carencia del abuelo que me faltaba, me refugié en Macholo, la figura paterna más cercana a mi papá.

Con uno y con otro hablé de deportes, sobre todo de béisbol, bebí café, ron…y discutí de política. Yo quería entender la parte de la historia de Cuba que no me contaron, la que no está en los libros, la que ellos vivieron.

Mi abuelo –Alfredo- luchó en el Ejército Rebelde. Yo descubrí, por sus evasivas, que había temas que no debía mencionarle. Él descubrió, por mis insistencias, que ya yo no era aquella niña que se creía todo al pie de la letra, sin cuestionar nada.

Macholo me contaba anécdotas sin tapujos, sin medir palabra alguna, sin temores.

Yo, como muchos jóvenes cubanos, crecí escuchando versiones diferentes de nuestra historia, de nuestro país y los dirigentes: ensalzados por unos, repudiados por otros.

Ayer, tras la muerte de Fidel Castro, pensé en ellos dos. En Abu, mi Abu, y en Macholo, mi Macholo. Por primera vez en mucho tiempo me sentí partida en dos mitades exactas, dividida –como tantas familias- dividida.

Y lloré. Lloré por mí, porque me sentí rota. Y lloré por mi abuelo, que a esas horas estaría al menos consternado. Y volví a llorar cuando recordé los reclamos que yo le hice tantas veces: si era por eso, por una Cuba así, que había luchado. Y lloré de pensar las tantas veces que él habría sufrido por mis impertinencias, por aquellas palabras que yo le soltaba como puñetazo: “¿fue para esto?”

Y lloré. Lloré por las otras tantas veces que quizás él se preguntó dónde había quedado la niña dócil que subía por un extremo del sofá de madera hasta llegar al otro extremo donde estaba el televisor Krim 218, que transmitía en blanco y negro el discurso de Fidel. Dónde, dónde estaba esa niña que llegaba a la pantalla de la televisión, ponía sus manos como queriendo agarrar aquel rostro, y besaba el cristal mientras decía: “papá Fidel, papá Fidel”.

Lloré todo lo que tenía para llorar por mi abuelo. Mentalmente le pedí las disculpas que le debo. Disculpas porque no era a él a quien yo debía cuestionarle tanto.

Luego me sequé las lágrimas. Ya no había para más. Mi otra mitad pensaba en la botella de ron que estaría tomando Macholo de estar vivo. Pensé en él, en nuestras conversaciones, y no volví a llorar ni una sola vez. Ni una sola.

Muchos de mis amigos estaban peleándose en las redes sociales, celebrando o llorando, ofendiéndose, irrespetándose, y eso me pareció más doloroso.

Desde alguna parte un amigo me envió una foto de su trago de ron: “Me tomo un Havana Club 7 años a la salud de la Cuba de Fidel”. Y yo desde el otro lado alcé mi vaso –también con ron- “Por Macholo”.

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migración

migracionDetrás de los que no se fueron,
detrás de los que ya no están,
hay una foto de familia
donde lloramos al final.

Foto de familia. Carlos Varela

 

 

I

– Me voy –le dijo. No le digas a tu mamá.

– …

La madre entonces no supo nada, pero las lágrimas entonces lo supieron todo.

Cuando se alejaba volteó a ver. Quizás esa ha sido una de las poquísimas veces en su vida en que se ha detenido a mirar hacia atrás. A muchos metros de distancia, había otra persona llorando.

Entonces supo que esas serían solo las primeras distancias. Que esas serían solo las primeras lágrimas.

Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país.

 

II

– ¿Cómo es eso, dice tu papá que estás deprimida? ¡Na! Acuérdate que yo estoy más jodida que tú y no dejo de reírme.

– No es depresión ni nostalgia, fíjate. Es solo que esta semana…

…Y le contaba algo de su semana, de su mes…algo que a duras penas recordaba después. Algo que disfrazara lo que sentía y que no quería admitir: que había vuelto a llorar por casi todo. Y que le torturaban las despedidas. Y las despedidas, cada vez, eran más.

Del otro lado surgían otras historias. Historias también matizadas que decían de las aves del parque, del caos del transporte, del último mal programa de televisión, y algún evento chistoso para desatar la sonrisa.

Todo volvía a quedar en calma. Allá y acá necesitaban esas palabras.

 

III

– Avisa que ya llegó. Está pasando migración ahora mismo.

– …

– Eres la segunda persona que lo sabe. Yo sé que ustedes dos se quieren mucho.

Se estaban acortando las distancias. Otro reencuentro era posible. Uno distinto, en un lugar distinto.

A muchos kilómetros, había otra persona llorando. Esta vez, de alivio.

Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país.

Los dos pedazos -algún día- se vuelven a conectar.

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censura prensa cubana

Abel Invernal es mi amigo. Y me jacto diciéndolo. Es mi amigo aunque nos separe un mar de distancia, aunque casi no lo vea, aunque no haya estado en esa estación de tren la noche que pasó el mayor frío de su vida, aunque me le escurra cuando podemos vernos, aunque aún le deba mi visita a su “Villa de París”.

Con Abel Invernal yo trataba de hablar solo de literatura. Ese es un tema que bien se le da. Es una de las personas más eruditas que conozco. Pero irremediablemente pasábamos de la literatura a la política. Y terminábamos asqueados.

Me escapé la última vez que pude verlo. Y lo hice porque no quería hablarle frente a frente de mis depresiones, que estaban muy lejos de ser tan asfixiantes como las suyas. Cada cual tenía su cuota de tristeza en esos días. Mezcla de tristeza y coraje de ver cómo nos han destruido a Cuba, muro a muro, calle a calle. Y se nos cae ese techo nacional sobre nuestras cabezas.

Pero yo no quería verlo a él. A Abel Invernal, y decirle, mirándole a los ojos, que mi realidad era menos asfixiante que la suya, que ya no pertenezco a ningún medio de prensa cubano, que ya no me pagan por publicar lo que ellos quieren, que ya no me tocaría lidiar con los funcionarios del gobierno y “los invisibles”, como él les llama.

“Los invisibles” son los miserables. Pero no los miserables de la novela de Víctor Hugo, sino personas míseras, hostiles, que asumen muy bien su papel de policía del pensamiento a lo George Orwell, y te advierten en privado que todo lo que tú escribes como periodista en Cuba –absolutamente todo- será revisado por ellos. Y te investigan, y te recuerdan (puro chantaje) –que aunque te vayas del país debes mantener perfil bajo y no hablar mal del gobierno cubano porque “tienes familia en Cuba”.

Abel Invernal nunca fue una cuenta falsa en las redes sociales. Como nada de falso tiene en la vida. Abel Invernal fue el seudónimo que utilizó Maykel González Vivero desde que se creó el perfil de Facebook. Y lo hizo para insinuar que vivía en un invierno –si bien también en un infierno. Lo hizo con la misma irreverencia conque José Martí vestía de negro guardando luto por la Cuba oprimida.

Pero ahora lo denuncian por escribir para un medio de prensa no estatal en Cuba, le denuncian además la cuenta digital, buscando que se la cierren, le quitan el único empleo fijo que mantenía en la radio cubana –precisamente sobre literatura, ese tema que tanto adora.

“Los invisibles” se lo habían advertido. Él había escrito sobre varios temas incómodos para el gobierno cubano. Y le advirtieron que no siguiera escribiendo. Que se callara. Que debía atrincherar sus ideas. Que tenía familia…

Pero Abel Invernal no sería él si hubiera obedecido. Él no estudió en escuela militar para recibir órdenes. Pero vive en un país regido por militares. Y no obedeció. No obedeció en un país donde la obediencia es ley.

Abel Invernal es mi amigo. Por encima de leyes, de mares, de imposiciones políticas, o de frontera alguna. Es mi amigo y nuestro pensamiento no difiere en mucho. Solo que él siempre ha tenido la valentía que a mí me falta. La intrepidez que a mí me falta. Las agallas que a mí me faltan.

Él es más de lo que yo seré. Pero yo tampoco sería yo si siguiera ensordecida, obediente, airada cada vez que me recuerdan que tengo familia…y otra vez silencio.

Yo tampoco estudié en escuela militar para recibir órdenes. Aunque haya pasado mi vida entera en un país regido por militares. Aunque mi familia viva en ese país donde la obediencia es ley. Yo también me harté. Y no obedezco.

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niña con corazón“En una ocasión fue a verme junto a su esposo, yo los esperaba cerca del mar, y el viento estaba frío. Mis brazos estaban igual que el viento. Cuando se acercó para el abrazo, se zafó la única prenda que podía servir de abrigo y me la dio. Meses después supe que ella es reacia al invierno, que al menor aire frío se congela, sin embargo, aquella vez prefirió cubrir mis brazos antes que los suyos.” (Quien a ternura mata…)

No es por ti, hermana, que escribo un post tan desolador. No es por ti, que has sido Atlas y mapa, y escudo contra la desazón del mundo. Aunque mis depresiones me hayan alejado y termináramos sin encontrarnos esta vez.

Esta es solo una vez de muchas veces que serán. Y entonces nos veremos, y seré más fuerte y estaré menos dolida –a fuerza de pasar tantas veces por las mismas traiciones y heridas- y nos abrazaremos. Y dirás que me quieres sin tamaño. Y te diré que te quiero mucho, un montón, un chingo –como aprendí a decir en México.

Te veré, para que se repita una escena como esta: “Estoy perdida, lo sé -le digo, o me dice. Y aunque el niño no me reconozca cuando me vuelva a ver, entre mi hermana y yo no caben ausencias, ni olvidos. ― Estoy perdida, lo sé. ― ¿Perdida? ¡Tú y yo siempre estaremos encontradas!”

Tú me creciste en el momento justo, con el sobrino justo, con las palabras justas. “La palabra precisa, la sonrisa perfecta”. Y estás. Estás, sin importar latitudes y aunque caigan raíles de punta –me lo escribes, y yo lo sé sin leerlo.

Este, es cierto, no es el post del borracho que unió nuestras vidas. Es otro, como dices: con otras esencias, dolores, y nostalgias. Es otro, pero somos las mismas. Ya para las risas o para las nostalgias. Somos las mismas que nos confesamos nuestros desvelos aun en la distancia.

Suscribo, letra a letra: “Ella asume el lugar de hermana mayor que por cariño le corresponde (…) Ella es, además, uno de mis Atlas –esto es, como el gigante de la mitología: una de las personas que sostienen mi mundo”.

Y vuelvo a tu blog y al mío. Como escribí un día: “Yo también regreso a sus Tintineos una y otra vez, hasta no cansarme. Hasta aprenderme el camino de sus letras. Hasta convencerme de que hay adicciones más fuertes e ineludibles que al café. Adicciones a estrechar lazos con las personas que son tu amuleto, tu Atlas, tu familia”.

Y a la familia, hermana, no se le olvida ni se le escriben post hoscos y desalentadores. Ese tipo de letras, definitivamente, nunca será por alguien que tanto quiero. Nunca será por ti.

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barco varadoA Victoria Gaytán Alonso, porque para devolverme la fe solo necesité que me creciera esta madre que me lee y me alienta a escribir. A ella, porque confía en mí más que yo.

 

 

Cerrado por derribo. Robado a Joaquín Sabina. Así sería el título de mi crónica definitiva. Y estuve a punto de escribirla recientemente, cuando creí perecer por asfixia.

Asfixia porque par de amigos -¿amigos?- plagiaron algunas de mis letras. Oraciones, párrafos casi completos. Y eso es traición. Y duele.

Duele. Como duele que el país que dejé no me reconozca al regreso. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Desgarra caminar por calles que me ven ajena. Pero no desgarra tanto como sentir el agobio de los de adentro, y notar que aunque las fachadas se pinten y se anuncien al mundo, el interior sigue cayéndose a pedazos. Cayéndosele encima a los que viven al día, y no a los falsos arquitectos que la subastan.

Dolor. Asfixia. Ira. Desconsuelo. Depresión. Todo junto, mezclado, me hizo ver desde lejos, sin acercarme, sin escribir. Ermitaña.

Me fui alejando de todo, y de mí. “Hoy no quiero estar lejos/ de la casa y el árbol”.

Me impresionó que personas desconocidas me rescataran del naufragio. Que siguieran leyendo o releyendo; y otros continuaran suscribiéndose a este, mi único mar. Mi barco encallado renovó su esperanza de que alguna vez yo volviera a lanzar botellas. Botellas al mar.

Una tarde cualquiera, de un día cualquiera, de una semana cualquiera, decidí volver. Volver a escribir sobre todo cuanto he visto, he sentido, y he contado.

Y heme aquí, reiniciando mis pasos en estos parajes digitales.

Heme aquí, con menos dolor y asfixia que cuando comencé a escribir. El blog me sirve para esto. Desahogo. Aunque la realidad, ahí afuera, siga siendo la misma.

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cuadro-cuba-lienzo¡Tan ilusionada que quedaba yo cada vez que pasaban Imagine en la televisión cubana!

Ilusionada porque mis padres no pudieron escuchar a los Beatles en su adolescencia, pero yo sí. Ellos no, porque esa era música imperialista, de desidia. Eran los años en que, por alguna extraña enfermedad tropical, las letras en inglés provocaban divisionismo ideológico en las mentes de aquella generación. Y había que prohibirlas. Prohibirlas. Y no solo a los Beatles. También a los Rolling Stones que ahora tantos parecen adorar. Y toda la música en inglés.

¡Adios al rock! Eso hacía daño…decían.

Algunos se rebelaron. Y los callaron. Pero se rebelaron. Y escucharon a los Beatles y a los Rolling Stones.

Solo algunos…

Yo estaba ilusionada también porque Imagine habla de un mundo sin fronteras, donde ni la religión ni la política ni el color de la piel dividan a las personas. Lennon no era el único soñador. Dentro y fuera de Cuba muchos también soñábamos. Alguna vez estaremos juntos de nuevo, pensaba yo…

Porque la mía, como muchas de las familias cubanas, ha estado rota durante años. Sí, porque en Cuba hay muchas familias rotas. Partidas por 90 millas, o más…

¡Rotas!

Esa canción, Imagine, era un pedazo de esperanza en mis días.

Luego supe que existían varias enfermedades tropicales, que no tenían que ver con la música en inglés. La unanimidad. El miedo. La censura. La autocensura. El voto unido que nunca entendí. Y otra vez la sacrosanta unanimidad que atrinchera.

Y comenzaron a llegar los “momentos históricos”, uno tras otro. Un desfile de celebridades por la Isla caribeña. Conciertos. Y otra vez un presidente norteamericano -que advirtieron- no iba a conquistar con barcos, sino con la oratoria. Y había que tener cuidado. Mucho cuidado.

¡Cuidadito!

Y pasó el tiempo y pasó. Y ya Imagine se me hace difusa. Escucho cómo en el discurso permanecen las viejas palabras, una tras otras. Vieja retórica, creo que le dicen. Y casi desde la tribuna vuelve a llamarse al machete y al pronunciamiento de: “No les tenemos miedo, señores imperialistas”.

Y mi ilusión de una familia reunida al fin, se deshace. Todo porque quienes pueden pegar las dos orillas, insisten en darse golpes en el pecho y rasgarse las vestiduras. Prepotencia, creo que le dicen.

Al menos una vendita para la herida: ya mis padres pueden escuchar música en inglés.

Aunque ellos aun tengan miedo. Aunque yo aun esté rota.

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