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Posts Tagged ‘cuentos’

“Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”.

Juan Rulfo

 

 

 

Dicen que el que busca encuentra…

Yo hoy estaba buscando a Rulfo para conversar con él (dirían en Cuba): largo y tendido. Conversar de asuntos pendientes, de cómo releo Pedro Páramo dos veces seguidas para volver a escuchar su inconfundible: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

Para decirle que alguna vez iré a Comala, aunque allá no viva mi padre.

Lo encontré en esa hora entre el atardecer y la noche, “en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado”, en esa ahora en que ya me preguntaba: “fíjate a ver si no oyes ladrar los perros.”

Casi para reclamarle, porque: “…al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.

—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.”

Ni siquiera la esperanza, querido Rulfo, ni siquiera… Al menos –le pedí- diles que no me maten.

Y me fui quedando dormida, ya entrada la madrugada, mientras sentía que le repetía:

“-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.”

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jirafasLa mañana en que las jirafas se fugaron del zoológico para conocer el mar, se encontraron con Los tres cerditos que iban para la discoteca, y la familia de osos que dejaron a Ricitos de oro haciendo la sopa mientras ellos visitaban a la abuela de Caperucita.

Caperucita se había ido de vacaciones con Hansel y Grettel, y cuando llegaron a la playa descubrieron que faltaban las gafas de sol. Antes solo habían hecho una parada, en el zoológico, para ver a los pingüinos de Madagascar.

-¡Mira, Caperucita, ellos las tienen!

-Eh, ustedes tres, chiquillos acaso perdidos… ¿por qué nos miran fijo? ¿Tenemos algo extraño en la cara?

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Guaaaaaaaaaaaaaaaaa

Hace tiempo, me contaron la historia de la niña que era muy llorona y ni los perros la querían. “Imagínate que los perros se orinaban sobre sus pies, de tanto que la rechazaban”.

¡Vaya! Debí tener muy aturdida a mi abuela con mis gritos infantiles cuando tuvo que acudir a semejante artimaña para hacerme callar un rato. Solo un rato. A los pocos minutos, cuando yo había recobrado las energías, olvidado aquella historia y el miedo a que me sucediera como a la niña, volvía a mi guaaaaaaaaaaaa…

Hay hasta testimonio gráfico de mis berrinches: todas las fotos de mi primer añito me las hicieran mientras yo navegaba en un mar de lágrimas.

Cuentan mis víctimas que yo lloraba tanto -desde que apenas tenía unos días de vida y hasta la edad de ir a la escuela-, que resultaba insoportable estar cerca y que solo valían las intimidaciones de: “el viejo del saco va  a venir a buscarte si sigues gritando”, “se te va a salir el ombligo”, “Los vecinos nos van a pedir que nos mudemos”. Pero como nunca vino el hombre del saco, ni el ombligo se salió de su lugar, ni nos tuvimos que cambiar de casa, pues yo seguí llorando, cada vez menos por el día y más por las noches.

Mi mamá, que entonces me tuvo poca paciencia, aún exagera y me dice que mi guaaaaaaaaaaaaa aún le late en algún lugar del cerebro.

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