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Posts Tagged ‘cumpleaños’

mar_EE.UUMirar el río hecho de tiempo y agua/ recordar que el tiempo es otro río,/ Saber que nos perdemos como el río/ Y que los rostros pasan como el agua.

Jorge Luis Borges

 

Cada 13 de febrero es su cumpleaños. Así desde 1983. Ella sabe que debe dejar la tarjeta de felicitación un día antes y un día después, porque un solo día no basta. A fin de cuentas él le ha regalado más que una tarjeta.

Él le regaló dos de las lecturas más imprescindibles de su vida: Hamlet, y La insoportable levedad del ser. La introdujo en Milán Kundera y ella no salió igual.

Él le regaló la sinceridad de toda buena relación, y el respeto, y las largas conversaciones sobre lo humano y lo divino. Y la posibilidad de nombrarlo primer novio. Le regaló luego la amistad de quienes se reconocen hasta en lo oscuro, y se aprenden a fuerza de mirarse. (De quienes saben que solo discutirán visceralmente por dos camisetas de fútbol, porque ella nunca será madridista, porque él nunca será culé).

Se comparten las fidelidades más auténticas, y aun en la distancia, sin testigos y sin alzar voces, continúan uno en defensa del otro, con el compromiso intacto de rescatarse a fuerza de verdades.

“Cumplo 24” –le dice. “24 + 10” –añade con la sonrisa irónica que lo caracteriza. La sonrisa irónica y ladeada que ella adora, y le parece que esa forma de decir su edad es, como todo lo suyo, muy original.

Entonces ella cree que no lo ha felicitado lo suficiente; pone en su honor una playlist diversa, como él suele hacer, que incluya todos los géneros. Como hacía en tiempos de universidad, cuando lo conoció. Relee la Poesía de poeta y de loco que él tenía, y queda así, invocándolo, se le agolpan las letras y termina escribiendo todo esto. Por él.

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Septiembre

anoranzas_cumpleanosEl día de mi cumpleaños no me interesa. Las fechas señaladas no me interesan. Eso pensé mientras no me alejé de Cuba. Y así sucedía cada año. Yo, la irreverente de la familia en cuestiones de fechas, intentaba pasar por alto –y por bajo- cuanto día festivo hubiera.

Me despertaba cada vez con la misma mirada que las otras veces. Y alegaba que cada día era único, que no se repetía en el almanaque.

Pero hace un año me eché en una maleta y crucé el mar y las fronteras y la quietud de mi vida.

Me gustaría pensar ahora, como antes, que todos los días son iguales, que los cumpleaños no me interesan –mucho menos el mío. Pero no es cierto.

La lejanía duele en las entrañas solo ciertos días. Las añoranzas se rebelan solo ciertos días.

Y ahora amanezco lloviendo cada día de las madres, cada día de los padres, cada cumpleaños de alguien que quiero y no puedo abrazar.

Me gustaría pensar ahora, como antes, que todos los días son iguales. Pero no lo son. Sino no tuviera tantos altibajos desde que se anuncia septiembre. Se anuncia, comienza, termina septiembre. Y yo, más lejos de todos y más cerca de mí.

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viqui“Mira, está tu nombre en la televisión –le digo”. Y claro, su hija acaba de ganar en su juego y la palabra final es justamente su nombre. Victoria.

Y me dice que claro, todos quieren tener una victoria en su vida.

Y yo me enorgullezco de mí misma porque tengo una Victoria en mi vida.

Y doy gracias –no a Dios, sino a Victoria- por estar en mi vida. Mi vida es otra desde entonces. Soy más segura de mí misma, más sonriente, canto y hasta aprendo pasos de música mexicana, me quiero más, y me ataco menos.

Lo de despistada no. El despiste eso sí que no lo cura ninguna Victoria del mundo. Eso es un sello de nacimiento. Siempre les recuerdo a todos, cuando me fallan los argumentos de que soy mononeuronal y demás…les recuerdo que así soy porque al nacer me jalaron con un fórceps.

Una Victoria en mi vida es todo lo que necesitaba. Más bien: esta Victoria en mi vida. Ella, que es quien me dice que en vez de preocuparme debo ocuparme, que confía en que yo pueda hacer las cosas, que cree que escribo bien, y que le puedo confesar los asuntos que a veces ni a mi madre le confieso.

Ella, que ahora mismo está trabajando –desde hace días, en verdad– para que yo tenga si no el mejor cumpleaños del mundo, al menos un cumpleaños sumamente memorable. Y me está haciendo panacota. Y la amo por eso, y por más.

La amo porque me acogió como hija con todo el saco de defectos que tengo. Y sabe que me pongo egoísta, y visceral cuando me enojo, y celosa muchas veces, y que en la cocina solo me queda bien el agua fría, y que soy necia como yo sola. Y aun así deja que yo llegue a su casa a revolverlo todo con mis locuras. Y que me ponga insistente a pedirle: “¡foto, foto!”

Y luego salimos y voy a correr por toda la yerba del jardín botánico, como si fuera una de sus perritas, y corro por toda la casa también. Y digo que estoy feliz. Y me dice que estoy loquita.

Y me presta una de sus playeras de la selección mexicana para ver el futbol. Y brindamos con cerveza. Con cerveza Victoria.

Hoy es mi cumpleaños. Y no puede ser mejor. Tengo una Victoria en mi vida.

¡Victoriaaaaaaaaaaaaa!

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leydi-y-auraHoy no voy a llorar. Hoy no voy a llorar. Hoy no voy a llorar. Así me digo cada septiembre. Y me lo repito.

Y no iba a llorar. No.

Hasta me maquillé, como pocas veces hago. Y ahí la justificación más pueril y machacada: no debo llorar, o se corre el maquillaje.

Pero yo soy muy yo como para que me importe más el maquillaje que las entrañas. Y nos fuimos a comer, y a reírnos, y a celebrar. Y me pusieron delante un pastel, y una canción. Y se me olvidó el maquillaje, y la lucha interna de no llorar, y solo recordé a las personas que estaban frente a mí, felices de ponerme ese pastel delante, y esa canción. Esa canción que solo escucho por segunda vez en mi vida…

“Estas son las mañanitas…”

Y me levanté a abrazarlos, uno a uno. Seis abrazos. Y besos. Seis besos. Ellos son mi familia. Familia como la que me tuvo desde que nací. Ellos también tienen derechos reservados sobre mi cariño. Los quiero. Ellos seis y tres más que no estaban, son mi familia más próxima. Familia.

Como suele sucederme, me detengo ante Aura con sumo cuidado porque a ella no le gustan los abrazos. Y quiero darle el abrazo –no el que le daría a mi hermano hoy- sino el que le daría a ella, solo a ella, como hermana. Pero a Aura no le gusta abrazar. Así que de lejos, otra vez de lejos, le digo que no se preocupe que no me voy a acercar.

Aura me tiende los brazos y los agita llamándome. Ven. Y me abraza.

Se me rompe algo ahí dentro cada vez que ella me abraza, por lo insólito del hecho, o porque la eximo de mis abrazos para que no se moleste.

Y salgo de ese abrazo inesperado ya no con los ojos húmedos, como cuando comenzó la ronda de abrazos. Ya no recuerdo qué cosa es el maquillaje ni qué es no llorar.

Ya caigo donde su madre, mi madre, y no le toca un abrazo comedido como los anteriores, ni un beso a rostro seco como los anteriores. Ya me tiene ahí, empapada en llanto, mientras “Las mañanitas” se van extinguiendo.

Yo no iba a llorar. No. Pero es septiembre. Estoy con mi familia más cercana. Y la felicidad se me anda saliendo hasta por los ojos.

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Aura

AuraUn minuto más tarde estaba yo bailando en la cocina. Sola. Bailando en la cocina de su casa.

♪“Le- Le- Le- Leydi te odio”♫ Así me canta a veces. Y otras solo me pregunta: “¿Y si te mato, Leydi?” O me dice: “Bájale dos rayitas a tu emoción, ¿no? Me causa conflicto tu felicidad”.

Todo por mis amenazas. Porque debo reconocer que la sigo atormentando. Y ella soporta estoicamente hasta donde le alcanza la paciencia. La amenazo, sí. Con abrazarla.

Y le digo, además, que cuando me vaya me va a extrañar. Extrañarme como únicamente se extraña en México: “un chingo”. E irónicamente me responde –mirando al techo casi: “Sí, claro”.

Yo me río. Me río mucho con sus ocurrencias, no como me podría reír con una amiga, sino como me puedo reír con una hermana.

Recuerdo el día que la conocí. Yo pasé justo por delante de la tele y ella estaba viendo Avatar. Un “Holi” fue el único saludo. Pensé que me odiaría por siempre; por interrumpirle la película, por hacer que su hermano subiera mis maletas, y por instalarme en su casa.

Meses después, cuando volví a mi familia y me preguntaron por qué extrañaba tanto mi nuevo hogar, no pude evitar mencionarla.

Aura es como ese calificativo que tanto usa: “es adorable”. Así les dije. Y siempre añado: ¡Y es un genio!

Porque si algo admiro mucho en ella es, además de la madurez, la inteligencia. Y con diez años menos que yo, es más madura e inteligente.

Desde hace una semana aumenté mi amenaza y mencioné que la iba a abrazar por su cumpleaños. Hoy es su cumpleaños. Pero como sé que tiene más de cultura asiática que latina, y no gusta de tantas manifestaciones de cariño, me quedé lejos, y a metros de distancia la felicité.

“No tiene que ser de tan lejos, ¿no?” respondió. Y para mi sorpresa y sorpresa de la llama hecha de hilos que traía en mis manos –a ella le encantan las llamas- me abrazó.

Me abrazó. Un minuto más tarde estaba yo bailando en la cocina. Sola. Bailando en la cocina de su casa.

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Dalton

DaltonPara mí, en vísperas de mi cumpleaños…

Del mismo Roque Dalton que aprendí “Hace frío sin ti/ pero se vive”, descubro un poema que mañana no podría hacer mío.

Solo hasta hoy retendré estos…

27 años

Es una cosa seria
tener veintisiete años
en realidad es una
de las cosas más serias
en derredor se mueren los amigos
de la infancia ahogada
y empieza a dudar uno
de su inmortalidad.

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carta_ letterQuerido Marcos:

Esta vez sí sabes lo que es una carta abierta. Ya hiciste que tu mamá te explicara las diferencias entre una carta abierta y una cerrada.

Hoy pretendo dejarte otra, abierta y pública. Es tu cumpleaños y estoy lejos. No tengo más regalo que un abrazo, un beso, y una carta abierta que otros también leerán.

Te quiero. Pero eso ya lo dije. Para ser más original debería decir cosas nuevas, ¿cierto?

O conseguirte un autógrafo de Messi. O el balón de la próxima Copa América.

Te adoro.

Existió un poeta español, Gustavo Adolfo Bécquer, que escribió:

— ¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul,
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Bien, yo he recordado a Bécquer, porque… ¿Te acuerdas cuando decías a tus padres que debían hacer un libro entre los dos?

Sí, porque tu mamá escribe muy bien. Ella le sabe secretos a las palabras. Y tu papá hace dibujos y diseña excelentemente.

¿Qué hagan un libro entre los dos?

Pues ya lo hicieron. ¿No te lo han dicho aún? Ah, es que son modestos, pero créeme, muy orgullosos que están de su obra. Con las mejores letras, el mejor gráfico, y un contenido que seduce desde la cubierta hasta el interior.

Sí, ya lo hicieron. Hace doce años. Tú.

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