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Posts Tagged ‘cumpleaños’

Los huracanes me asustan al borde de las lágrimas. Desde niña, cuando el techo de mi casa se quebraba un poco más cada año y los vientos se enfurecían contra mi isla caribeña. Cada huracán me arrancaba de tajo las sonrisas. Fueron los días más infelices que recuerdo. Aun hoy, cuando el techo de mi casa resiste las ráfagas, me ensombrezco cuando anuncian que algún fenómeno de esos tocará alguna parte de Cuba.

Hoy, justamente hoy, mi familia se adelantó a la felicitación por mi cumpleaños, porque temen que Irma, ese engendro del mal previsto a pasar por Cuba, tire toda comunicación. También hoy una gran amiga se adelantó, ella vive en Miami (la otra orilla, porque Cuba vive en dos orillas). Me ha escrito el mensaje más hermoso que podría recibir hoy. Lo publico, por lo inesperado de la sorpresa, porque ambas amamos a Joaquín Sabina, y porque me desanubló el día:

“Adelantado por si Irma no me deja….

Llevo días viendo los post de tu cumple y pensando que canción de Sabina podía dedicarte, el repertorio es largo y aunque tengo algunas (muchas) que son favoritas no sabía cuál escoger. 40 y 10 que en tu caso serían 20 y 10 es excelente para la ocasión, pero por que no Rosa de Lima con Jimena que tuvo sueños rodando por peldaños de caracol, o Princesa Barbi Super Star si tú eres la supervedette de este cuento. Pensé en Bruja que está a la espera de su príncipe azul pero es mejor vestirse de la Magdalena y a veces y adentrarse en La negra noche y disfrutar del milagro de los besos robados… Como no acordarse de benditos malditos cuando tú eres una rara excepción. Te deseo hoy que no vivas en el número 7 de la calle Melancolía, que cierres los bares y que hagas excesos, que sea peor para el sol y que al final mañana lo niegues todo. Que te seques esas lágrimas de mármol y que seas por un rato una Chica Almodóvar que te pongan un whisky sin soda y que no te cierres nunca por derribo, que no sean los últimos versos los que escribes pues no voy a negarte que has marcado estilo sin despeinarte ( o más bien despeinada) por el agudísimo filo de la navaja y además tienes que escribir el “blog” más hermoso del mundo… Y aunque él (J.S.)no quiere 14 de febreros ni cumpleaños feliz yo si deseo que tus 30 bailes más que nunca el rocanrol de los idiotas y que cuando te despiertes no recuerdes nada de la noche anterior por las demasiadas cervezas ( o tequilas). Que seas como Chavela una gata valiente de piel de tigre con voz de rayo de luna llena. Y sal del boulevard de los sueños rotos a defender el pan y la alegría con esa boca que es tuya… Túmbate como Eva a tomar el sol para si te dan a elegir escojas la del Pirata Cojo con pata de palo porque si de algo estoy segura es que hay más de cien mentiras que hacen que no nos tomemos las pastillas para no soñar … Y como ves este texto está lleno de puntos suspensivos porque mismo si hay amores que pasan hay otros nuevos que llegan puesto que la vida es como el tren de Leningrado póngase sus medias negras y no permita la virgen que hayan noches de bodas sin que primero te den las 10 y las 11…. Pisa el acelerador que quien más quien menos ha robado o le han robado el mes de abril pero siempre puedes comprar septiembre en las rebajas de enero… Haz mucho ruido sin romper cristales, pásate 19 días y 500 noches de fiesta y cuando amanezca por fin bájate en Atocha o en Madrid ( que es el mejor equipo) y con más (pero mucha más) pena que gloria disfrute de los TA y que se mueran todos los peces por su boca y esta loca no escribe más por hoy…
De tanto pensar decidí regalarte todas todas las canciones de Sabina, nadie las merece más….”

Gracias, Elizabeth López Rodríguez

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Como en Juego de Tronos, pero más emocionante, porque aquella serie va por 7 temporadas, y yo por 30. Pocas veces había tenido tantas expectativas en un cumpleaños: gardenias, vino tinto, crema de zanahorias, libro, fotografía, café,  viaje, proyecto terminado, y muchos por iniciar. Muchos, muchísimos, por iniciar. Apenas serán 30…

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mar_EE.UUMirar el río hecho de tiempo y agua/ recordar que el tiempo es otro río,/ Saber que nos perdemos como el río/ Y que los rostros pasan como el agua.

Jorge Luis Borges

 

 

Cada 13 de febrero es su cumpleaños. Así desde 1983. Ella sabe que debe dejar la tarjeta de felicitación un día antes y un día después, porque un solo día no basta. A fin de cuentas él le ha regalado más que una tarjeta.

Él le regaló dos de las lecturas más imprescindibles de su vida: Hamlet, y La insoportable levedad del ser. La introdujo en Milán Kundera y ella no salió igual.

Él le regaló la sinceridad y el respeto, y las largas conversaciones sobre lo humano y lo divino. Le regaló la amistad de quienes se reconocen hasta en lo oscuro, y se aprenden a fuerza de mirarse. (De quienes saben que solo discutirán visceralmente por dos camisetas de fútbol, porque ella nunca será madridista, porque él nunca será culé).

Se comparten las fidelidades más auténticas, y aun en la distancia, sin testigos y sin alzar voces, continúan uno en defensa del otro, con el compromiso intacto de rescatarse a fuerza de verdades.

“Cumplo 24” –le dice. “24 + 10” –añade con la sonrisa irónica que lo caracteriza. La sonrisa irónica y ladeada, y le parece que esa forma de decir su edad es, como todo lo suyo, muy original.

Entonces ella cree que no lo ha felicitado lo suficiente; pone en su honor una playlist diversa, como él suele hacer, que incluya todos los géneros. Como hacía en tiempos de universidad, cuando lo conoció. Relee la Poesía de poeta y de loco que él tenía, y queda así, invocándolo, se le agolpan las letras y termina escribiendo todo esto. Para su cumpleaños.

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Septiembre

anoranzas_cumpleanosEl día de mi cumpleaños no me interesa. Las fechas señaladas no me interesan. Eso pensé mientras no me alejé de Cuba. Y así sucedía cada año. Yo, la irreverente de la familia en cuestiones de fechas, intentaba pasar por alto –y por bajo- cuanto día festivo hubiera.

Me despertaba cada vez con la misma mirada que las otras veces. Y alegaba que cada día era único, que no se repetía en el almanaque.

Pero hace un año me eché en una maleta y crucé el mar y las fronteras y la quietud de mi vida.

Me gustaría pensar ahora, como antes, que todos los días son iguales, que los cumpleaños no me interesan –mucho menos el mío. Pero no es cierto.

La lejanía duele en las entrañas solo ciertos días. Las añoranzas se rebelan solo ciertos días.

Y ahora amanezco lloviendo cada día de las madres, cada día de los padres, cada cumpleaños de alguien que quiero y no puedo abrazar.

Me gustaría pensar ahora, como antes, que todos los días son iguales. Pero no lo son. Sino no tuviera tantos altibajos desde que se anuncia septiembre. Se anuncia, comienza, termina septiembre. Y yo, más lejos de todos y más cerca de mí.

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viqui“Mira, está tu nombre en la televisión –le digo”. Y claro, su hija acaba de ganar en su juego y la palabra final es justamente su nombre. Victoria.

Y me dice que claro, todos quieren tener una victoria en su vida.

Y yo me enorgullezco de mí misma porque tengo una Victoria en mi vida.

Y doy gracias –no a Dios, sino a Victoria- por estar en mi vida. Mi vida es otra desde entonces. Soy más segura de mí misma, más sonriente, canto y hasta aprendo pasos de música mexicana, me quiero más, y me ataco menos.

Lo de despistada no. El despiste eso sí que no lo cura ninguna Victoria del mundo. Eso es un sello de nacimiento. Siempre les recuerdo a todos, cuando me fallan los argumentos de que soy mononeuronal y demás…les recuerdo que así soy porque al nacer me jalaron con un fórceps.

Una Victoria en mi vida es todo lo que necesitaba. Más bien: esta Victoria en mi vida. Ella, que es quien me dice que en vez de preocuparme debo ocuparme, que confía en que yo pueda hacer las cosas, que cree que escribo bien, y que le puedo confesar los asuntos que a veces ni a mi madre le confieso.

Ella, que ahora mismo está trabajando –desde hace días, en verdad– para que yo tenga si no el mejor cumpleaños del mundo, al menos un cumpleaños sumamente memorable. Y me está haciendo panacota. Y la amo por eso, y por más.

La amo porque me acogió como hija con todo el saco de defectos que tengo. Y sabe que me pongo egoísta, y visceral cuando me enojo, y celosa muchas veces, y que en la cocina solo me queda bien el agua fría, y que soy necia como yo sola. Y aun así deja que yo llegue a su casa a revolverlo todo con mis locuras. Y que me ponga insistente a pedirle: “¡foto, foto!”

Y luego salimos y voy a correr por toda la yerba del jardín botánico, como si fuera una de sus perritas, y corro por toda la casa también. Y digo que estoy feliz. Y me dice que estoy loquita.

Y me presta una de sus playeras de la selección mexicana para ver el futbol. Y brindamos con cerveza. Con cerveza Victoria.

Hoy es mi cumpleaños. Y no puede ser mejor. Tengo una Victoria en mi vida.

¡Victoriaaaaaaaaaaaaa!

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leydi-y-auraHoy no voy a llorar. Hoy no voy a llorar. Hoy no voy a llorar. Así me digo cada septiembre. Y me lo repito.

Y no iba a llorar. No.

Hasta me maquillé, como pocas veces hago. Y ahí la justificación más pueril y machacada: no debo llorar, o se corre el maquillaje.

Pero yo soy muy yo como para que me importe más el maquillaje que las entrañas. Y nos fuimos a comer, y a reírnos, y a celebrar. Y me pusieron delante un pastel, y una canción. Y se me olvidó el maquillaje, y la lucha interna de no llorar, y solo recordé a las personas que estaban frente a mí, felices de ponerme ese pastel delante, y esa canción. Esa canción que solo escucho por segunda vez en mi vida…

“Estas son las mañanitas…”

Y me levanté a abrazarlos, uno a uno. Seis abrazos. Y besos. Seis besos. Ellos son mi familia. Familia como la que me tuvo desde que nací. Ellos también tienen derechos reservados sobre mi cariño. Los quiero. Ellos seis y tres más que no estaban, son mi familia más próxima. Familia.

Como suele sucederme, me detengo ante Aura con sumo cuidado porque a ella no le gustan los abrazos. Y quiero darle el abrazo –no el que le daría a mi hermano hoy- sino el que le daría a ella, solo a ella, como hermana. Pero a Aura no le gusta abrazar. Así que de lejos, otra vez de lejos, le digo que no se preocupe que no me voy a acercar.

Aura me tiende los brazos y los agita llamándome. Ven. Y me abraza.

Se me rompe algo ahí dentro cada vez que ella me abraza, por lo insólito del hecho, o porque la eximo de mis abrazos para que no se moleste.

Y salgo de ese abrazo inesperado ya no con los ojos húmedos, como cuando comenzó la ronda de abrazos. Ya no recuerdo qué cosa es el maquillaje ni qué es no llorar.

Ya caigo donde su madre, mi madre, y no le toca un abrazo comedido como los anteriores, ni un beso a rostro seco como los anteriores. Ya me tiene ahí, empapada en llanto, mientras “Las mañanitas” se van extinguiendo.

Yo no iba a llorar. No. Pero es septiembre. Estoy con mi familia más cercana. Y la felicidad se me anda saliendo hasta por los ojos.

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Aura

AuraUn minuto más tarde estaba yo bailando en la cocina. Sola. Bailando en la cocina de su casa.

♪“Le- Le- Le- Leydi te odio”♫ Así me canta a veces. Y otras solo me pregunta: “¿Y si te mato, Leydi?” O me dice: “Bájale dos rayitas a tu emoción, ¿no? Me causa conflicto tu felicidad”.

Todo por mis amenazas. Porque debo reconocer que la sigo atormentando. Y ella soporta estoicamente hasta donde le alcanza la paciencia. La amenazo, sí. Con abrazarla.

Y le digo, además, que cuando me vaya me va a extrañar. Extrañarme como únicamente se extraña en México: “un chingo”. E irónicamente me responde –mirando al techo casi: “Sí, claro”.

Yo me río. Me río mucho con sus ocurrencias, no como me podría reír con una amiga, sino como me puedo reír con una hermana.

Recuerdo el día que la conocí. Yo pasé justo por delante de la tele y ella estaba viendo Avatar. Un “Holi” fue el único saludo. Pensé que me odiaría por siempre; por interrumpirle la película, por hacer que su hermano subiera mis maletas, y por instalarme en su casa.

Meses después, cuando volví a mi familia y me preguntaron por qué extrañaba tanto mi nuevo hogar, no pude evitar mencionarla.

Aura es como ese calificativo que tanto usa: “es adorable”. Así les dije. Y siempre añado: ¡Y es un genio!

Porque si algo admiro mucho en ella es, además de la madurez, la inteligencia. Y con diez años menos que yo, es más madura e inteligente.

Desde hace una semana aumenté mi amenaza y mencioné que la iba a abrazar por su cumpleaños. Hoy es su cumpleaños. Pero como sé que tiene más de cultura asiática que latina, y no gusta de tantas manifestaciones de cariño, me quedé lejos, y a metros de distancia la felicité.

“No tiene que ser de tan lejos, ¿no?” respondió. Y para mi sorpresa y sorpresa de la llama hecha de hilos que traía en mis manos –a ella le encantan las llamas- me abrazó.

Me abrazó. Un minuto más tarde estaba yo bailando en la cocina. Sola. Bailando en la cocina de su casa.

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