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Posts Tagged ‘despistes’

gente mirando un mapaQue llegue alguien, de otro país a cambiar los nombres a los héroes, a las construcciones antiguas, a las calles… es como recibir en casa a una persona que mueva de lugar todos los muebles.

Habíamos acordado un sitio de encuentro. Una de las principales avenidas de la Ciudad de México.

Llego y no la veo. Qué raro, tenía tiempo de sobra para estar aquí antes que yo.

Tras unos cuantos minutos le marco al celular: ¿Dónde estás?

— En Caguama.

— ¿Dónde?

Y volvió a repetir, nítidamente: En Caguama.

Esa calle no me la conozco, pensé. Pero dado que ninguna de las dos conoce lo suficiente esta ciudad, le pedí una descripción de lo que había a su alrededor.

Mi cerebro ya estaba a punto de rendirse cuando, a sabiendas que mis despistes son directamente proporcionales con su capricho de trastocar todos los nombres, hago un último esfuerzo:

— Oye, ¿por casualidad tú estás en avenida Cuauhtémoc?

— Ah, sí, esa misma…

¡Madre mía! –pensé. Ya yo con mis despistes tengo más que suficiente, ¿por qué no me tocará conocer a personas más normales que yo?

Y ella, para evitar que mi yo cometiera asesinado por asfixia, cuando adivinó mis ganas de atraparla por el cuello, replicó rápido: Es que eso de Cuau… Cuau… eso no me sale. ¡Yo le digo Caguama y punto!

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cienciaBusqué a ciegas el salón de clases. Comencé por la primera planta. Segunda. Tercera. Cuarta. Sabía que en alguno de esos locales se estaría hablando de periodismo de ciencia durante dos horas. Llegué antes. Me quedé a mitad de pasillo justo en el primer piso, el del acceso a los demás. Ahí, justo en el medio de todos, miré hacia los dos lados. No vi a nadie conocido.

Me fui. Mi salón era otro, más lejano y de temas metodológicos. Me apresuré, y aun así llegué tarde. Me disculpé. Pero claro, yo quería estar en aquel otro lugar, por eso volví minutos después. Aunque tuviera que seguir buscando como ciego. Otra vez comencé por la primera planta. Segunda. Tercera. Cuarta.

En cada aula solo podía ver por un cristal rectangular –no muy grande- justo en la puerta de entrada. Ahí, una vez más, traté de localizar la voz que me urgía escuchar. Pero no se oía nada. Solo rostros a medias veía en cada lugar. Rostros de otros estudiantes que sí estaban mejor ubicados que yo.

Un video sobre entrevistas. Y me quedé viendo. No, una entrevista a Jennifer Lawrence hablando de Los juegos del hambre, no. No puede ser que de esta se dispongan a hablar de entrevistas en el periodismo de ciencia. Continúo.

B-301. Me detuve, solo porque en la puerta de acceso leí la palabra Ciencia, y porque en el pizarrón estaba anotada toda una lista de temáticas relacionadas al medio ambiente: Agenda 21, biodiversidad, desarrollo sostenible, cambio climático, Protocolo de Kyoto… Me estuve casi media hora. Yo nunca me distraigo por solo unos minutos. ¡Mis despistes en verdad que son duraderos!

Salió una estudiante. Le pregunté si ahí era. Le mencioné el nombre del profesor y me respondió con el nombre de una profesora. “Es la que está dentro… ¿quieres pasar?” Y claro que yo no quería pasar. No allí. No a ese curso.

No. Me espero a agosto para volver a estas andanzas. Estoy agotada de tantas escaleras, de tanto buscar, de no hallar voces siquiera. Ahora mismo mis despistes y yo nos declaramos incompetentes, inadaptados. No podemos más con esta ceguera. Desistimos. Solo faltaba salir con una foto del profesor y unas letras en rojo intenso: “Se busca”.

Tal vez tan solo el periodismo de ciencia se ha declarado incompatible a mi déficit neuronal.

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niña-felizLe llamo para desearle feliz 21.

¿Y eso por qué? pregunta.

Pues porque no te llamé el sábado pasado para desearte feliz 14, ¿a que ese día muchos te felicitaron, eh?

Pues sí.

Ah, pues si también llamaba yo, sería una felicitación más entre tantas. Hoy es más original, porque seguramente hoy nadie te va a llamar para felicitarte.

Estás de madre ¡Qué he hecho yo para tener una amiga más loca que una cabra!

Ah, ¿Por qué conoces alguna cabra loca?

No, pero te conozco a ti, que hasta los cumpleaños los celebras fuera de fecha ¿Nunca tienes almanaque?

Almanaque sí. Lo que no tengo es sentido común. Al menos no para ir en dirección del común-mayoría-predecible-y otra vez común- de los mortales.

(Y vuelvo a mi manida respuesta para casos como estos) Recuerda que nací con fórceps.

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tiempoHoy amanecí pensando que era jueves. Desde hace días vivo con tanta rapidez que le he dado la espalda al almanaque.

“Jueves”, pensé. “Un día menos. Qué rápido se me fuga el tiempo…”

Y recordé algunos aforismos sobre el tiempo. Que si un día detrás de otro. Que si es dinero. Que si vuela…

En esas andaba cuando llegó el hermano de mi abuela y dijo que hoy miércoles…

– “¿Miércoles dijiste?”
– Sí, miércoles, y…
– No, en serio. ¿Hoy es miércoles?
– Sí
– Na, júramelo.
– Qué pasa, niña, ¿vas a hacer algo especial hoy?
– Entonces tengo un día más.

Él no entendió nada. Mucho menos mi felicidad. Para mí era como si a mi vida le acabaran de sumar otras 24 horas.

Me puso rostro serio porque dice que siempre ando en las nubes. Me puso rostro serio porque claro, él no tiene musarañas como yo, y asegura que de todas formas qué mas da un día más o un día menos…

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Ruta 20

imagesUn amigo me dice que el día de mi cumpleaños bien podrían instaurar la fecha internacional por del Día del Despistado.

Cita par de ejemplos con los que habría de convencer al más descreído de los jurados. La vez que casi llego a la azotea del cine porque entré por otra puerta a ver la película. El miércoles que trastoqué las fechas e interrumpí una reunión de escritores porque pensé que era martes de lectura de poesía. O el malecón que fue la única barrera que me detuvo de seguir caminando en busca de una dirección que quedaba en sentido contrario.

También me recuerda la tarde que en una conferencia de la universidad indiqué que “el estilo plátano”… en lugar de estilo plano. Y la mañana en que mi hermano pidió- para no variar- café. Me dispuse a complacerlo y agarré la cafetera grande de seis tazas. Demasiado tiempo después el café no acababa de colar. Mi hermano fue a comprobar y descubrió que yo no le había puesto agua a la cafetera. De milagro, por cuestión de minutos y del goloso de mi hermano, la cafetera no hizo ¡pum!

O cuando estuve en las montañas del Escambray. De lejos vi una blancura que coronaba la montaña y sin pensarlo dos veces dije: “Parece que allá arriba están cocinando, porque sale humito como de chimenea”. El fotógrafo a mi lado solo atinó a bajarme el brazo con el que yo señalaba a lo alto, para aclararme que aquel “humito” eran nubes.

Pero mi amigo cita como el cenit de mi desorientación la tarde que fui a casa de una periodista que vive cerca de la Ciudad Deportiva, y me dijo que para llegar podía ir en una ruta 20.

Caminé de la parada de 25 y G hasta el hospital Calixto García –solo porque una vez había visto una 20 pasar por ahí. Subí. La guagua retrocedió a la calle G, luego Línea, pasó el túnel de Línea… En ese trayecto iban quedándose muchos pasajeros… hasta que se detuvo en Miramar y bajaron todos. Yo, asombrada, miré al chofer y pregunté:

“Señor, ¿esta no es la 20?” Sí. “¿Y no va para la Ciudad Deportiva?” El hombre me miró con su mejor cara de desasosiego y me dijo: “quédate ahí, mija, que en cinco minutos nos vamos”. Subieron los pasajeros. Miramar, túnel de Línea, otra vez Línea, calle G… volvió a parar frente al hospital Calixto García… y en ese trayecto iban sumándose personas.

La ruta 20 hace un recorrido completo por Centro Habana, el Cerro… y hasta etcétera; y casi una hora después de haber iniciado el viaje, fue que volví a poner los pies en la acera.

Cuando al fin el chofer detuvo el ómnibus frente a la heladería World, miró hacia atrás, me buscó con la vista y dijo: “La muchachita de la Ciudad Deportiva… ¡es aquí, mi cielo!”

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Windows ExcelA veces –bueno, generalmente, debo admitirlo- mis neuronas no hacen contacto en la dirección que debieran. Seguramente por eso soy tan despistada.

Recientemente sostuve una conversación telefónica con el tutor de lo que alguna vez será mi tesis.

El primer traspiés fue no identificarlo y casi colgarle el teléfono. El segundo, sincerarme al extremo de admitir que no he adelantado la investigación porque “tengo pendientes algunas cosas que escribir para mi blog, que lo tengo abandonado”… Y mencioné un post para el bebo de Charly Morales, otro por mi hermano que se graduó…

Decididamente ya él estaba bastante abrumado, impactado (y una serie larga de participios terminados en ado) cuando sin piedad le solté lo tercero.

Él me pedía con urgencia le enviara el Excel que yo debí entregarle hace meses. Luego de explicar de veinte formas posibles de qué se trataba, porque yo no me daba por aludida, le respondí:

– ¿Ah, eso que tú me estás pidiendo es el bichito verde?

No imagino su rostro al otro lado del teléfono. Demoró en coordinar otras palabras.

– Leydi, es un Excel.

El término quedó simplificado en mi léxico a: “es una cosa verde en la computadora que se lleva mal conmigo porque sirve más para números que para letras”.

Desde el otro lado él debió utilizar una dosis de su paciencia (tal vez una sobredosis) para sobreponerse a mi terca chiquillada, e informarme de un acuerdo (casi de colaboración mutua) que yo supuestamente debo cumplir sin solicitar reformas:

1- Escribir en una sola botella todos los temas pendientes y recesar el blog por un tiempo.
2- Él no revisará otra línea de la tesis hasta que yo no envíe el Excel con toda la información.

Y para garantizar que yo había entendido, asumió poses de maestro que necesita grabar – con una última pregunta- la lección en la mente del alumno:

– “A ver… ¿Qué me debes enviar urgentemente?”

– ¡El bichito verde!

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